Publicado: Vie, 15 Feb, 2013

Pedrito fue a votar

eleccionesPor lo general, en los países de mayor tradición democrática, los adolescentes recién salidos de la infancia no tienen por qué participar con su voto en los procesos electorales.

En Cuba castrista, ocurre todo lo contrario: los jóvenes casi niños están obligados a votar.

Pero no siempre fue así. Durante los primeros casi veinte años del triunfo revolucionario, las elecciones carecieron de importancia. El 2 de abril de 1959 el propio Fidel Castro y jefe de estado comenzó a posponer las elecciones, alegando que primero había que erradicar el desempleo y el analfabetismo. Al año siguiente, precisamente el 1 de mayo, y ante una gran multitud de cubanos, Fidel Castro lanzó por primera vez la consigna: ¿Elecciones para qué?

De esa forma se estableció en Cuba una dictadura totalitaria, donde brillaba por su ausencia la Constitución de 1940, considerada una de las más progresistas de la época. Sin embargo, con el fin de darle un mejor color a la dictadura castrista, dieciséis años después se promulga una nueva constitución que deroga la de 1940, a conveniencia del grupo de poder y sujeta a una dependencia absoluta a la URSS. Comienza de este modo el proceso de elección de los representantes del poder popular, con una candidatura única, apoyada en un solo partido, el Partido Comunista y como es de suponer, Fidel Castro es elegido por su camarilla acompañante como Presidente del Consejo de Estado.

Las actuales campañas carnavalescas electorales de Cuba, donde cada año se eligen delegados y cada cinco los diputados al Parlamento, así como los delegados a las Asambleas Municipales del Poder Popular, son vistas como farsas en muchos países del mundo, en primer lugar, porque son los delegados, manipulados por el régimen, los que eligen y no el pueblo. En segundo lugar, porque los partidos políticos de la oposición son obligados al silencio, eliminados del escenario social y por último, porque no se puede elegir al jefe máximo del país, mediante el voto secreto y directo de las mayorías, como lo requieren las leyes más democráticas del mundo.

Según la prensa, controlada por la dictadura, por estos días de febrero más de ocho millones de habitantes –la población es de once y medio- tendrá derecho al sufragio. Este país sui generis que es Cuba, surrealista como lo calificó el intelectual Julio Cortázar, una isla donde jamás cae la nieve, pero importa frutas y vegetales frescos desde República Dominicana y se mantiene gracias a la ayuda venezolana y a las remesas enviadas por los emigrados cubanos, cuenta, eso sí, con millones de niños que van a votar, aunque muchos de ellos viven de espaldas a la política.

Pedrito es un niño de 16 años que vive en una de esas callejuelas de Luz Brillante, uno de los barrios de más extrema pobreza del oeste de Santa Fe, provincia Habana, donde muchas familias carecen de medios adecuados de subsistencia, por ejemplo, subsidios estatales para el mantenimiento de una numerosa prole, una casa segura, higiene ambiental, etc. Como su padre no quiere marcarse como gusano para no tener problemas con la policía. Pedrito irá con él a votar. Apenas alcanzó el sexto grado en la escuela porque padece de un ligero retardo mental, lo que no es motivo, según las leyes castrista, para que no pueda poner una cruz o varias en la boleta del domingo 3 de febrero.

Con este jovencito de ejemplo, cualquiera se puede preguntar si el gobierno ha analizado el cociente intelectual de los adolescentes mayores de 16 años y su nivel escolar, a la hora de convertirlos en electores, si ha tenido en cuenta que la adolescencia, con su transición física y mental muy compleja, puede prolongarse en edad, de acuerdo a cada individuo. Aunque algunos mudaran antes que otro de acuerdo a factores influyentes como una buena alimentación, condiciones de vivienda, oportunidades de trabajo o estudios, un buen ambiente familiar, etc., a los 16 años aún no han encontrado su identidad, ni están aptos para ahondar en la alta política de la nación.

Como Pedrito, hay cientos de niños que asistirán a las urnas de manera muy despreocupada, casi festiva, lo más rápido posible, para luego irse a jugar. Si les pregunta por quienes votaron, se alzan de hombros extrañados, porque jamás recordarán los nombres de los delegados o sencillamente, anularon las boletas, incapaces de ver el asunto con responsabilidad.

Eso me ocurrió a mí. Le pregunté a Pedrito por quien había votado, y me dijo que no se acordaba. Luego le pregunté quién era el presidente del Parlamento cubano y abrió los ojos, me enseño los dientes y se mandó a correr.

Entonces recordé a Mark Twain, el célebre escritor norteamericano, quien al referirse al tema de las elecciones, lamentó que la “invención curiosa e interesante que es el hombre, tenga que legitimar por la fuerza de la costumbre los más abominables engendros políticos”.

 

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