Publicado: Lun, 4 Mar, 2013

Atlántida. Regreso a la Madre Tierra

Algunos historiadores han analizado la antigua política anexionista de Estados Unidos como una forma injusta y arbitraria de apropiarse de Cuba. Pero, ¿qué ocurriría si, al rastrear la génesis del continente americano, encontráramos poderosas razones que la pudieran justificar?  

Reconocidos cronistas de Indias, generalmente españoles, fueron los primeros en describir a la Atlántida, aquella parte aún misteriosa del continente americano, que desapareció hace diez mil años. Lo hicieron también los mayas mil años antes de Cristo, a través del Popol Vuh, al decirnos que nuestros padres habían venido de tierras que habían sufrido una gran catástrofe y su códice Tro-Cartesiano expone claramente que “… aquellas tierras se hundieron con sus 64 millones de seres humanos -llamados aztlán-, ocho mil sesenta años antes de este escrito.”

En mitos mayas, druidas, celtas, toltecas, aztecas, polinesios, en libros de sabios de la antigüedad como Solón y Platón y en la Biblia, se puede leer sobre la desaparición de una gran parte de un enorme continente situado en el Océano Atlántico, llamado también Antilia.

De ahí el nombre de Antillas dado a las tierras del mar Caribe por Cristóbal Colón, quien sabía seguramente que Atlántida y América era la misma cosa.

Platón había descrito, hace veinticuatro siglos, la belleza de la Atlántida, sus abundantes riquezas como el oricalco, metal más valioso que el oro, sus magníficos bosques y praderas y su variedad de plantas nutritivas en cantidad suficiente. Pero, ¿esta civilización se perdió en un día y una noche, hundida en el fondo oceánico por un cataclismo, como señalan los mitos?

Las hipótesis más modernas sobre el continente americano se basan en que sólo el este y casi todo el centro de sus tierras fueron tragadas por las aguas del océano y que sus partes más altas hoy son las Antillas, archipiélago de América Central al que pertenecen Cuba, Puerto Rico, Jamaica, Guadalupe, Barbados, Granada y otros países.

Recientemente, un grupo de científicos canadienses, dirigidos por Paul Weinzweig y Pauline Zalitzki, mediante el uso de un robot sumergible, aseguraron que las pirámides que contemplaron a setecientos metros de profundidad, esfinges y un idioma escrito en piedras, muy similar a la cultura teotihuacana, eran claramente diseños arquitectónicos hechos por el hombre.

Señalan además que una de las pirámides es de cristal, por su brillo y belleza. Si recordamos que Platón narra que el oricalco es un metal de la Atlántida, más valioso que el oro, es de pensar que la pirámide de cristal, fotografiada por los canadienses, puede ser en realidad de ese metal.

Según esta pareja de científicos, no fueron ellos los autores de este hallazgo, sino submarinos del Gobierno norteamericano, quienes durante la Crisis de los Misiles, en octubre de 1962, pudieron dar con el lugar exacto de los restos de la ciudad sumergida mientras investigaban la superficie terrestre y las costas de Cuba.

En 1857, el abogado demócrata James Buchanan (1791-1868) fue presidente de Estados Unidos. Su campaña electoral estuvo dirigida a lograr la compra de Cuba y a propugnar el derecho de los habitantes de cada estado a abolir la esclavitud.

James Buchanan ha sido duramente criticado por algunos historiadores cubanos de hoy, mientras que otros, más suspicaces, se dieron cuenta de los grandes problemas que Cuba se hubiera evitado con la anexión a Estados Unidos: quince años de guerra contra los españoles, golpes de estado, rebeliones sangrientas, varias dictaduras y una revolución devenida en tiranía que nos ha mantenido en la pobreza por décadas.

Es muy significativo que en el Manifiesto de Ostende, de 1854, Buchanan expusiera que Estados Unidos debía comprar a Cuba porque “pertenecía naturalmente a ese grupo de estados de los cuales la Unión era la providencial Casa de Maternidad”.

Es lógico pensar que este presidente norteamericano tuvo noticias del cataclismo de la Atlántida, puesto que, como se sabe, era un hombre muy culto. Entonces, ¿acaso tenía el criterio de que los cubanos eran descendientes de los atlantes que habían quedado rezagados en una isla, y se sentían atraídos subconscientemente ante el llamado filial de la Madre Tierra?

Si fuera así, esta pudiera ser la causa principal por lo que hace más de un siglo inmigrantes cubanos hablaran de anexar a Cuba con las tierras del Norte, donde José Martí prefirió vivir durante quince años, una gran parte de su corta vida.

No olvidemos que en 1840 ya se había fundado el Partido Anexionista, cuyos propósitos cobran fuerza años más tarde, sobre todo durante la Revolución de La Demajagua, “con un cierto trasfondo anexionista”, según señaló el historiador Manuel Moreno Fraginals, ya que en una reunión en Guáimaro se dio a conocer un texto por el cual se anuncia el envío de un documento o carta, pidiendo al presidente de Estados Unidos acepte la anexión de Cuba.

En ese grupo estaba Ignacio Agramonte, brillante jefe militar y político de ideas avanzadas, conocido como el Mayor, quien, al morir, llevaba la bandera norteamericana debajo de su camisa.

A lo largo de más de un siglo, millones de cubanos se han visto obligados a partir hacia esa Madre Tierra, como si este fuera su último destino. Cabría preguntarse si han sido atraídos por un misterioso karma, como los más sensitivos poseedores de facultades para normales o psíquicas. Pero lo cierto es que, por una razón o por otra, esas tierras americanas del Norte han recibido siempre a los cubanos con los brazos abiertos, tanto a los más ricos, como a los más pobres.

Santa Fe, febrero, 2013

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