Publicado: Mar, 19 Mar, 2013

El arte de mirar

En el libro “Contar la realidad. El drama como eje del periodismo literario” se lee que el periodismo narrativo se construye, más que sobre el arte de hacer preguntas, sobre el arte de mirar

La forma en que la gente da órdenes, consulta un precio, llena un carro de supermercado, atiende el teléfono, elige su ropa, hace su trabajo, y dispone las cosas en su casa, dice, de la gente, mucho más de lo que la gente está dispuesta a decir de sí. En la fecha escogida para que el pueblo cubano le rindiera tributo al fallecido presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías, fuimos a la plaza tres periodistas independientes. Queríamos ver in situ cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Obviamente, la táctica de preguntas y respuestas en ese día, y en ese ambiente controlado nos llevaría por una senda de una sola vía. “¿Mi opinión de Chávez? Él es uno de esos imprescindibles, de los que hablaba Bertolt Brecht”. Contestaba una cubana, que salía de rendir tributo al líder venezolano.

Nos percatamos que había no sólo una masa de gente que esperaba en cola frente a la única vía de acceso para dirigirse a la plaza, sino que también había otra masa de gente que se dirigía en dirección contraria, hacia las calles G, 35, y Salvador Allende.

Si sólo existía una vía de entrada, entonces los que lo hacían en dirección contraria se estaban dando a la fuga. “¡Hola!, ¿No van a rendirle tributo al presidente Hugo Chávez?”, le preguntamos a dos mujeres que se alejaban por la calle 35. “No, es que ella no se siente bien”. Nos respondió una de ellas señalando a su compañera, como justificándose, y con visible nerviosismo. Quizás pensó que estábamos controlando la tarea partidista o algo así.

Otra vez la táctica de las preguntas directas fracasaba. Incluso aquellos que ya estaban decididos a no rendir tributo, no querían verse obligados a dar explicaciones. Fue entonces cuando nos acordamos de la famosa frase de José Martí “en silencio ha tenido que ser”.

Entonces una cosa llevó a la otra, y nos convertimos en reporteros espías. No era una forma tradicional de hacer periodismo, pero era la mejor forma de poner en práctica “el arte de mirar”, que enseñaba el libro de marras, y del que habíamos hecho una interpretación muy personal.

Guardamos las cámaras fotográficas y las grabadoras. Nos insertamos cerca de los grupos de personas que se marchaban, y nos fingimos también en retirada. Nuestra complicidad en la huida nos dio también el derecho a escuchar frases como estas:

“Esto está muy mal organizado. Llevo más de una hora en esa cola, y ni se mueve. Que va, no estoy pa’ esto”.

“En el trabajo nos dijeron que teníamos que venir a lo del tributo, y después regresar a trabajar. Eso no se lo cree nadie. Yo voy para mi casa”.

“Sin Chávez lo del petróleo no está seguro. Porque si gana Capriles vamos a pasar el desierto sin cantimplora”.

“Dale, viejo, vamos para mi casa para ver la pelota en el plasma. Chávez no se va a poner bravo por eso”.

“Me dijo mi hermano, que está en Venezuela, que las obras en la que el gobierno venezolano invirtió aquí están paralizadas por falta de dinero. Los bancos van a esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos”.

Estas son frases irreproducibles en cualquier órgano de información oficial, pero quizás las más sinceras porque nada ni nadie las condicionó.

Para conocer a los cubanos es necesario mirar más y preguntar menos. Mirando aprendí también que muchos cubanos respetaban y querían a Chávez, no porque lo creían un libertador de la talla de Simón Bolívar, “porque al fin y al cabo él no ha peleado en ningún lado”, como me decía un amigo. Sino simple y llanamente porque creían que este carismático presidente le había puesto fin a uno de los peores enemigos del pueblo cubano: los apagones.

 

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