Publicado: Lun, 4 Mar, 2013

Gallego virgen

Decía José Ortega y Gasset que para un español de cepa la palabra toro no significaba cualquier macho bovino, sino precisa exclusivamente el macho bovino que tenía cuatro o cinco años y del que se proclamaba que poseyera tres virtudes: casta, poder y pies. Si no tenía cuatro años no era toro, era novilla o becerro. Si no poseía, en una u otra dosis y combinación, aquellas tres virtudes, podía llamarse “toro”, pero comprometiéndose a agregar “malo”.

Y, parafraseando al eminente filósofo y ensayista, para un cubano que siempre tiene en mente sacarle un peso a cualquier situación, gallego virgen significa un español de Galicia que aún no haya tenido relaciones sexuales.

Si no, precisa y exclusivamente el ciudadano cubano mayor de edad, y del que se proclama que posea también tres virtudes: tener pasaporte español, estar saludable para viajar y, la principal de todas, que sea su primera salida del país del año. De ahí el calificativo de virgen. Si no es su primer viaje del año, puede llamársele gallego, pero comprometiéndose a agregar “malo”. Es un gallego usado, no es virgen.

Enrique es uno de esos gallegos malos, usados. Trabaja como electrónico en el tallercito de equipos electrodomésticos de Milagro y Heredia, en el reparto la Víbora. Se hizo ciudadano español gracias a su abuelo paterno, y no solo no había salido de Cuba este año, sino que no había salido nunca.

Acaba de regresar de Cancún. “Exquisito lugar para perder la virginidad”, bromeó Enrique. Se pasó diez días en esa localidad mexicana sin que le costara un solo centavos de su bolsillo. Le pagaron el pasaje, el hospedaje y le regalaron más de 200 dólares antes de salir de Cuba. Todo lo que tuvo que hacer para ello fue servirle de mula, y cederle a su patrocinador los servicios aduanales que le pertenecían por ser su primera salida del país en el año.

Como era su primera vez, los impuestos que pagaba por toda la mercancía que le fue permitida traer, la pagaba a su llegada al aeropuerto en moneda nacional, y no en dólares como pasa con los que ya han salido en más de una ocasión. Esto abarata enormemente los costos de quienes traen mercancías para vender. Enrique no fue solo. Con él viajaron otros cinco gallegos vírgenes, con los mismos beneficios que él.

Cuenta que en esta ocasión, por ejemplo, pudo saber que quien lo patrocinaba trajo, entre otras cosas, todo el equipamiento moderno para montar un gimnasio para ejercicios con aparatos de moderna tecnología, y doce televisores de 32 pulgadas marca Samsung, que le costaron poco más de 200 dólares cada uno en México –en nuestras tiendas algunos de estos equipos sobrepasan el valor de los 800 dólares.

A ellos no les dicen ni para qué va destinada, ni para dónde va a parar toda esa mercancía. Su trabajo consiste solo en pasarla por el aeropuerto. Pero no es un secreto que las tiendas particulares de ropa, y de otras mercancías se abastecen por esta ruta, una ruta legal que el cubano con chispa ha sabido aprovechar para su beneficio, y el que deja a sus propietarios muy buenas ganancias.

La contratación de gallegos vírgenes se está volviendo un negocio lucrativo. El patrocinador de Enrique también paga una comisión de 5 dólares por que le encuentren a gallegos vírgenes dispuestos a entrar en el negocio, y servir de mulas.

A Enrique no le ha ido mal, ya ha encontrado galleguitos vírgenes para su patrocinador, y aún continúa con su trabajito de arreglar equipos de audio en el taller de la Víbora.

Él quisiera ahora viajar a Panamá, pero por el resto del año seguirá siendo un gallego malo. Tendrá que esperar el año próximo, cuando recobrara nuevamente su virginidad, ese ingrediente que, parafraseando nuevamente a Ortega y Gasset, es el ingrediente sine quibus non de la estupenda realidad actual que los cubanos llaman “gallego virgen”.

 

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