Publicado: Lun, 4 Mar, 2013

Obligación de los pueblos

Managua, La Habana. Un amante de los símiles me aseguró que  el domingo último, 24 de febrero, del Palacio de las Convenciones brotó un humo de color indefinido, en algunos momentos era rojizo y en otro negro, como anuncio de que continuaba el mismo Presidente del Consejo de Estado.

No hubo tal humo, pero en realidad no hacía falta ninguna fumarada para indicar lo que todos en Cuba sabían, que el general  Raúl M. Castro, continuaría en el cargo.

La noticia, en la llamada octava legislatura, si es que hubo alguna, es que Castro, lo dijo él mismo, permanecerá en el cargo sólo otro mandato más.

Muy altruistas, desinteresado y humilde el general. Él nada más que lleva en asuntos estatales y gubernamentales 54 años. Y sólo tiene 82 años de edad, cuando concluya el quinquenio para el que fue nuevamente “electo”, nada más tendrá 87.

Quizás, dentro de un tiempo relativamente largo, alguien valore ese tipo de anuncio como un fragmento  de una obra bufa. Pero ahora hay que verlo como parte de la realidad que aplasta a la nación. Sobre todo cuando se echa un vistazo a la etapa republicana y se piensa en cuanto hubiéramos podido avanzar en materia ciudadana.

La Constitución de 1940 no permitía la reelección continua. Es decir, el mandatario estaba un periodo de cuatro años, y tenía que esperar que transcurriera igual cantidad de tiempo después de haber dejado el cargo, para aspirar nuevamente a la presidencia.

De 1959, año en que llegaron los Castro al poder, a la fecha, el Palacio Presidencial hubiera albergado, contando al que en estos momentos estaría en funciones, a 14 Presidentes.

No es difícil imaginar, teniendo en cuenta que tanto en la época colonial como la republicana hubo en Cuba hombres de pre clara inteligencia y valía cívica, la cantidad de políticos lúcidos que hubieran formado parte de esos gobiernos.

Los Castro y sus más cercanos adeptos, le han robado a generaciones de cubanos esa posibilidad. Y a su vez, le robaron a Cuba la posibilidad de que muchos de sus hijos le entregaran sus virtudes.

Sin lugar a dudas que uno de los mayores crímenes que ha cometido el pequeño grupo que trajo a la isla una ideología extranjera, para que una potencia extraterritorial les avalara en el poder, ha sido la humillación generalizada a millones de cubanos.

Esa élite, que al ejercer el poder de manera amplia y prolongada se convirtió en casta, ha hecho patente el mensaje, de todas las formas que ha entendido conveniente, que ellos y nadie más son los máximos y únicos representantes de la nación cubana.

Los integrantes de la gran población, incluidos los cerca de dos millones que han tenido que salir de la isla y establecerse en otros países, han sido vistos y tratados por la casta, como  seres que afean la especie humana, y por lo tanto totalmente incapaces e incapacitados  para dirigir la nación.

El punto es que todas las tiranías del mundo, a través de la historia, han tenido, más o menos, esos mismos conceptos. Pero los pueblos, de una u otra manera, tienen la obligación de exterminar a las tiranías.

fornarisjo@yahoo.com

José Antonio Fornaris

Periodista independiente. Presidente de la Asociación Pro Libertad de Prensa (APLP)

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