Publicado: Vie, 5 Abr, 2013

Cultura del debate

Vedado, La Habana. De vez en cuando aparece en los medios cubanos la exhortación al debate: dirigentes, periodistas, intelectuales y demás prototipos de la fauna oficialista cubana, insisten con desfachatez en que los ciudadanos tienen que discutir, expresar sus inquietudes, quejarse ante las autoridades, en fin, hacer uso del derecho a expresarse libremente como cualquier mortal.

Se olvidan estas personas preocupadas por la falta de debate, de que esta situación se debe a más de medio siglo de mutismo forzado, en un país donde el que se expresa en contra de la opinión oficial puede ser considerado contrarrevolucionario, apátrida, asalariado del imperio, traidor, víctima de alguna desviación ideológica o, en el mejor de los casos, es un infeliz confundido cuya opinión no es digna de ser tomada en cuenta.

En Cuba se consideran sacrosantas las palabras del máximo líder, a pesar de haber sido el único autorizado a equivocarse, rectificar y volverse a equivocar ininterrumpidamente durante más de medio siglo, sin permitir críticas a su gestión ni a sus protegidos.

Gorbachov permitió el debate en la extinta URSS, y el sistema no sobrevivió. El comunismo y el debate se excluyen, porque lo único que sostiene a un sistema tan antinatural es la penalización de la discrepancia.

Después de cincuenta y cuatro años de dictadura férrea, es una desvergüenza aparecerse con que la culpa de que los ciudadanos no se expresen es de los amordazados, y no de los que aprietan la mordaza para gobernar a su capricho.

Lo peor de todo no es el desastre que vemos a diario en cada plan incumplido -que son muchos-, ni en los recursos malgastados en utopías que hubieran podido evitarse de haber sido discutidas.

Lo verdaderamente malo es el daño causado a las conciencias de los cubanos que cuando disienten lo hacen en susurros, o no lo hacen en absoluto, que manifiestan en alta voz lo contrario de lo que piensan, que van a votar cuando preferirían quedarse en la cama, solo por no señalarse, y pagan la cuota mensual a los Comités de Defensa de la Revolución, a la Federación de Mujeres Cubanas y a los sindicatos, aunque ninguna de estas organizaciones los represente.

Hablar de cultura del debate cuando en la Quinta Avenida de la barriada de Miramar acosan cada domingo a un grupo de mujeres que quieren ser oídas, cuando Pánfilo, un cubano pintoresco, fue preso por decir que lo que necesitamos es “jama”, es una burla a la decencia más elemental.

Los que promueven ahora el debate, son los mismos que asistieron sin inmutarse al desmantelamiento de setentaiún centrales azucareros, a la prohibición de sembrar malanga por ser un cultivo de lento desarrollo, ni maíz, por necesitar grandes extensiones de tierra que Cuba no poseía, mientras se llenaban de marabú las tierras sin cultivar pertenecientes al Estado. Estos mismos “amigos” del debate, fueron testigos de destituciones súbitas de algún ministro atrevido que creyó podía contradecir al omnisapiente comandante. En Cuba no podrá hablarse de cultura del debate mientras en la Constitución existan artículos que limitan los derechos de expresión, reunión y asociación, y el Código Penal prevea como delitos el derecho de todos los ciudadanos a expresarse por cualquier medio, asociarse o reunirse de forma libre y pacífica.

De igual modo, mientras el acceso a la información y a la comunicación por Internet sea considerado un acto peligroso contra los intereses del Estado socialista, ¿de qué debate se puede hablar?

Los gobernantes cubanos temen a la discrepancia, a la diversidad de ideas, por eso se equivocan con tanta frecuencia y necesitan de más tiempo para volverse a equivocar hasta el infinito. Las dictaduras no son conocidas precisamente por su tolerancia al diálogo.

hchaviano5@gmail.com

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