Publicado: Vie, 5 Abr, 2013

Décimo aniversario

Esposas de los arrestados en aquella ola represiva.

Hay tragedias inmunes al olvido. Aún está fresco en mi memoria aquel 18 de marzo de 2003, cuando una tropa de policías vestidos de civil asaltó mi casa. Eran aproximadamente las dos de la tarde. Recuerdo en detalles la minuciosidad del registro. Entre el botín amontonado en el centro de la sala figuraban todos mis libros y una destartalada máquina de escribir.

No sabía de qué se trataba. Más tarde supe que mi nombre estaba en la lista de los 75 opositores y líderes de la sociedad civil alternativa que serían llevados a juicio por su lucha a favor de la instauración de un Estado de Derecho. En horas de la noche llegué a Villa Marista, el cuartel general de la Seguridad del Estado. Estuve treintaiséis días en una celda tapiada junto a tres delincuentes comunes. La luz fría alumbraba las 24 horas aquel espacio de apenas dos metros cuadrados. La ventilación era mínima. Por las ladeadas rendijas de las persianas de concreto apenas fluía el aire. Para colmo, los que compartían el espacio conmigo eran fumadores empedernidos.

El juicio se realizó el 4 de abril. El tribunal estaba copado por personas que jamás había visto. Solo permitieron la entrada de dos familiares por cada uno de los cuatro periodistas independientes que estábamos a merced del fiscal, un abogado que a duras penas hacía su papel en el circo romano, agentes destapados para la ocasión y los policías del pensamiento que no disimulaban su alegría desde diferentes sitios de la sala.

Después de una larga vista oral, el caso quedó concluso para sentencia. La mía ascendía a quince años de privación de libertad, finalmente se extendió a dieciocho. A principios del mes de mayo me depositaron en la prisión de Guantánamo, a más de 900 kilómetros de La Habana, mi lugar de residencia. Allí estuve cerca de nueve meses en una celda de aislamiento. Posteriormente me colocaron junto a criminales de alta peligrosidad y dementes. En múltiples ocasiones llegué a pensar que no saldría vivo de aquel infierno.

A poco más de un año de permanecer en el referido centro penitenciario, fui trasladado a la cárcel de Agüica, situada a unos 100 kilómetros al este de la capital, en el municipio Colón de la provincia Matanzas. Los veinte meses y dieciocho días que estuve tras las rejas fueron como estar permanentemente dentro de una galería del horror: Presos que se cosían los labios, otros que se inyectaban excrementos bajo la piel o se perforaban el abdomen con una cuchara, en fin, algo dantesco que se repetía con una frecuencia inquietante.

En mi memoria sobresale el día en que me otorgaron la licencia extrapenal por motivos de salud. Una coartada jurídica que no prescribe la sanción. Fue el 6 de diciembre de 2004 que retorné a mi hogar. A los pocos meses, decidí continuar escribiendo a riesgo de ser devuelto a prisión. A diez años de aquel infausto suceso, reitero el compromiso de no irme de Cuba. Entre mis irrevocables decisiones también figura el hecho de continuar en mis labores periodísticas al margen de las instituciones oficiales. La historia, tarde o temprano, pondrá las cosas en su lugar. Al menos, los que hemos decidido alzar nuestras voces contra el totalitarismo -no importa si hoy estamos en Cuba o en el exilio- no tendremos de qué arrepentirnos.

En mi caso solo lamento no haberme integrado antes a las filas prodemocráticas. Comencé en estas lides en marzo de 1993. En veinte años he domesticado el temor y afianzado mis convicciones de que Cuba merece un futuro sin caudillos ni partido único.

oliverajorge75@yahoo.com

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