Publicado: Vie, 5 Abr, 2013

Escribir en la boca del lobo

Los primeros poemas de Jorge Olivera Castillo asumieron el reto de abordar desde el verso “una conciencia de la trivialidad y las tribulaciones de la vida de los demás para humanizar el canto”, como dejara escrito en su “Tratado de Poesía” el novelista, poeta y ensayista polaco Czeslaw Milosz, Premio Nobel de Literatura 1980.

En los diálogos con la realidad que establece Olivera en su libro inicial “Confesiones antes del crepúsculo” (Miami, 2005), ya se vislumbran, junto a la humanización del verso, la densidad conceptual, la riqueza lírica y la diversidad temática hoy presentes en su poesía.

Si bien en estos primeros tanteos de sus confesiones íntimas la realidad desborda un verso aún sin las herramientas para conseguir la solidez expresiva, la contención, y la eficacia en el dominio del poema, se muestran destellos que en su devenir poético conformarían el cosmos propio de Olivera.

La irrupción en interrogaciones éticas que moldearían las huellas posteriores del poeta, asoman sin afeites metafóricos o trascendencias semánticas en versos que, no obstante a su aparente sencillez, revelan un mundo interior lleno de matices, y una mirada abierta hacia la vida en todas sus tribulaciones.

Otra peculiaridad de los versos que aparecen en “Confesiones antes del crepúsculo”, y en su posterior poemario, “En cuerpo y alma” (Pen Club República Checa, 2008; Galén, Francia, 2010), es que fueron escritos desde la prisión a la que había sido enviado el poeta, en marzo del 2003, a cumplir dieciocho años de condena por sus ideas políticas.

Si bien la experiencia carcelaria ha sido cantada desde la antigüedad, en Cuba asume singulares características en el denominado período revolucionario, que se inició en el año 1959 y aún no culmina. Los poetas condenados a la cárcel por razones políticas, no pueden publicar en el país.

En la isla, figuras con bien ganadas credenciales por el alcance temático y estético de su obra poética, como Ángel Cuadra, Ernesto Díaz Rodríguez, Heberto Padilla, Raúl Rivero, María Elena Cruz Varela, entre otros, fueron marginados de las editoriales cubanas o enviados al exilio luego de cumplir sus sanciones. Jorge Olivera Castillo no ha sido la excepción, aunque se negó a dejar el país.

Por eso no es extraño encontrar en el poemario “En cuerpo y alma” similitudes temáticas y una visión poética adquirida desde el desgarramiento que provoca la prisión, hecho que no anula los valores estéticos de una obra tejida contra el tiempo desde la rabia y el dolor, pero sin rencores.

En este poemario, como en el de alguno de los citados poetas, el tiempo asume un papel protagónico a partir de la imposibilidad de verlo transcurrir desde su encierro, aunque lo sientan pasar con una intensidad opresiva.

Y el libro “En cuerpo y alma” es eso: un inventario de sensaciones perdidas y reinventadas en el enclaustramiento. Un canto desde el no ser que fructifica en versos escritos para encontrar las fuentes vivenciales que más desean los humanos: La libertad y el amor.

Ya con el dominio de metáforas y símiles, Olivera se adentra en su tercer libro, “Cenizas alumbradas” (Polonia, 2010), que marca la madurez conceptual del poeta, sin alejarlo de la intención primera de llevar a todos, desde un corpus temático y formal (ahora con un estilo definido), los presupuestos estéticos de su poesía.

“Cenizas alumbradas” en un libro sereno más allá de las tempestades emotivas que provocan sus poemas en el lector. Si bien no es un punto y aparte en el recorrido temático del poeta, delimita un antes y un después cognoscitivo desde un sitio más alto para la poesía.

El vigor del estilo y el regodeo armonioso en cuanto tema sea de importancia para el más insignificante de los seres humanos, si existiera, nacen desde una voz íntima con alcance coral y nos revela la eficacia de la poesía para tender puentes entre la sensibilidad y la razón.

En el libro de poemas que nos ocupa, “Sobrevivir en la boca del lobo”, no sólo se demuestra la coherencia argumental de sus proposiciones poéticas, sino también una poesía que no deja de crecer y alumbrar desde las interioridades del poeta, la angustia existencial que atenaza a los seres humanos en el decursar del tiempo.

Dividido en tres secciones que agrupan cuarentaicuatro poemas sobre temas universales como el amor, la muerte, y la vida en general, “Sobrevivir en la boca del lobo” anuncia un nivel superior y la mayoría de edad en la cosmovisión del poeta.

A Jorge Olivera Castillo no le ha tocado ni la buena suerte de Arthur Rimbaud de no escribir poemas por debajo de las “Iluminaciones” recopiladas por Verlaine, ni la mala ventura de Edgar Lee Masters de no superar jamás su “Antología de Spoon River”.

El poeta, con paciencia de orfebre y talento sostenido, ha ido formando un mundo verso a verso hasta alcanzar el equilibrio creativo que muestra este conjunto de poemas, donde las interrogantes, las interpretaciones y toda esa materia que nos da la vida para amasar la auténtica poesía, se mezclan y entrecruzan en ese señorío umbroso que llamamos acto de creación.

En el poemario “Sobrevivir en la boca del lobo”, nada escapa a la visión del poeta. A veces con acento conversacional, en ocasiones con intimismo lírico, en otras con notoria crudeza, pero siempre desde una visión poética comprometida con la realidad en sus diversos matices, Olivera hace entrega de una poesía a tono con la sensibilidad de todo tipo de lectores.

En la primera sección del libro, los poemas “Conjeturas”, “Instrucciones para un asalto”, y “Viaje al infinito”, Olivera refleja en diversidad de tonos la esencia de un país que asfixia con sus contradicciones éticas y desgarramientos sociales, a través de interrogantes y acciones cuando dice: “Aún nos preguntamos/si somos la sutura o la herida./Desde hace cinco décadas/todos tratando de descubrir el misterio/ mientras crece el caudal de la sangre” (“Conjeturas”).

Sin embargo, en las “Instrucciones para un asalto”, la esperanza es un manto al que acude el poeta en su afán de revertir las decepciones, y sobre todo, enfrentar los retos de una vida estancada que, si no ayudamos a mover, nos pasa por el lado sin detenerse.

 

Instrucciones para el asalto

 

Desgárrale la piel al horizonte.

No uses cuchillos

Ni verbos de acero acabados de amolar

Afina tu estrategia

Resume las variantes

Para sortear los empedrados caminos

Del fracaso

(…) Convéncete de que la esperanza

No es un retazo de fábula

Ni una sombra que se pierde

Entre las mandíbulas del viento.

La esperanza

Vive

Retoza

Y canta

 

Bajo la piel del horizonte.

Pero en “Viaje al infinito”, el escape de la sordidez es imaginario, una vía que si bien alivia al que se siente acorralado, no es la solución para lograr un cambio definitivo. El poema es algo así como un alto en el camino, un breve descansar, no una opción definitiva. Sólo un poco de solaz en medio de las tribulaciones. Canto válido para refrescar el alma: “Tengo la fórmula para tocar el cielo/cuando se me antoje (…) Basta pulsar la tecla/para que despegue la nave/piloteada por Louis Amstrong. / La trompeta suena/el blues inunda la sala/y sus rincones. / Cierro los ojos/y comienzo a palpar el cielo.”

El contrapunteo poético que Olivera establece entre la reflexión y la sensibilidad, más que una antítesis entre la vida y la muerte, es una conjunción de la libertad y el amor, en una carrera donde la poesía es la meta para que el lector se identifique con el reflejo de su realidad.

En dos de los poemas de la segunda sección, transcurre el escarceo entre la desconfianza razonada y el amor, como en un mar surcado por el verso de ola en ola, de una orilla a otra orilla, en un viaje infinito que, de no saber sortear las mareas de las tribulaciones, nos hará naufragar en playas distantes de la vida. Leamos si no estos fragmentos: “Dentro de esa sonrisa/puede haber un lobo al acecho/que disimula” (Enigma). O, “Estoy aquí,/atrapado en las redes de mi inconformidad,/midiendo las alturas/imaginando que mis dedos comienzan a caminar/por el borde de tus sueños” (Imaginándote).

La tercera y última sección del poemario nos depara un encuentro con esa zona de la vida circunscripta al poder, donde escribir poesía suele ser ese campo minado en el que vuela el poeta hecho pedazos por las esquirlas intolerantes del sistema.

Por escribir libertad, cambios, derechos, puede ir a la cárcel el poeta. Sin embargo, se arriesga, reclama para sí el concepto de Patria raptado por los gobernantes de la isla. Tensa la palabra, prepara el verso, y dispara el poema: “Mi patria es la familia/los buenos amigos/es tener voz propia/capacidad para darle un puntapié al miedo./ La patria no puede ser/un cuarto alquilado/una palabra hueca/una sombra sin fin/una moneda falsa./ (…) Mi patria es todavía el lugar inhóspito/donde el más común de los sonidos/es el grotesco rugir de los tiranos.” (¿Qué es la Patria?)

En medio de este contexto la obra del poeta alcanza su más honda resonancia ontológica. El cuestionamiento de la legitimidad del poder desde la poesía, las concepciones éticas que a través del poema se adentran en la conciencia de los atribulados, de esos “nómadas del valle” a los que pedía cantar Milosw por ser los más desfavorecidos, son el mayor reconocimiento para un poeta comprometido con la vida. Y Jorge Olivera lo está. Basta con leer este poema:

 

Del Manual para la supervivencia.

 

Prefiero no pensar

Que soy un objetivo fácil

En el colimador.

Un número cualquiera

Dentro de la aritmética

De la barbarie.

El ser humano que identifican

En el árbol genealógico

De los invertebrados.

Camino por la ciudad

Como si fuera un hombre libre

Como si nadie tuviese intenciones

De quitarme la vida

Como aquel muchacho ingenuo

De hace cuarenta años.

He aprendido a morir

Viviendo cada día

Como un hombre feliz

En medio de los cañones sedientos

Los ojos grises de la delación

Y las alas tremebundas del fanatismo.

Así existo

Pienso

Escribo poemas

Sobrevivo en la boca del lobo

Hasta que Dios quiera.

 

Esa combinación de sobriedad y desembarazo en el tono y el ritmo, que nos recuerda aquello que la poesía tiene, y debe tener, de azar y de equilibrio, muestra las vivencias que se entrecruzan entre la sabiduría y la experiencia de un hombre como Jorge Olivera, quien más que pretender impresionar con sus versos, prefiere compartirlos a la manera de Walt Whitman:

(…) “Yo soy para ti y tú eres para mí

No sólo por amor a nosotros mismos

Sino por amor a los demás”

 

Un recorrido por las tribulaciones que marcan al ser humano. Un reflejo creativo de un entorno demoledor, transparentado por Olivera desde su cosmovisión en poemas como “Feria de ilusiones”, “Convocatoria”, “Antídoto contra los naufragios”, y “Anhelos”, entre otros, eso y mucho más, es “Sobrevivir en la boca del lobo”.

 

El lector está invitado a entrar.

 

 

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