Publicado: Mie, 24 Abr, 2013

Hacerse viejo en La Habana

Marcelino García, septuagenario ciego, se abría camino lentamente con su viejo bastón por la avenida Santa Catalina, en el reparto la Víbora. Nadie lo auxiliaba. Las personas en la parada de ómnibus sólo se apartaban para dejarlo pasar. Lo miraban con curiosidad, como si se preguntaran si el viejo ciego lograría llegar a su destino a ese paso de tortuga.

Dos jóvenes, uno con un celular en la mano, audífonos en los oídos, y pantalones de uniforme escolar “a la cadera” se reían con total impunidad del anciano. Se mofaban de los movimientos lentos e inseguros de Marcelino: “dale, puro, dale, que ya estás llegando”.

El anciano iba rumbo a la Oficina de Atención a la Población del Gobierno del municipio 10 de octubre, en la capital cubana. Ha perdido la cuenta de las veces que ha ido allí para reclamar mejoras en sus condiciones de vida, y las de su hijo.

Vive hace años albergado con su hijo, que tiene retraso mental. La vivienda donde vivían se derrumbó parcialmente, y quedó inhabitable. Fueron trasladados hacia el albergue Sexto Congreso, en el propio municipio, donde viven en condiciones precarias.

“No teníamos colchón para dormir, y casi ni mobiliario. El albergue donde vivimos es un desastre. Allí impera la ley del más fuerte. Nos han robado casi todo. Por orden del Gobierno municipal nos dieron un colchón y una mesa, pero el colchón tenía chinches y la mesa comején. En un ataque de rabia, mi hijo les prendió fuego”.

Marcelino está muy disgustado con la revolución. Cree que merece un mejor trato por parte del Gobierno, ahora que no le queda ningún familiar que pueda ocuparse de su discapacidad. Según él, perteneció a la Marina de Guerra Revolucionaria. También opina que se quedó ciego porque los médicos no le brindaron la mejor atención posible. Las dos cirugías que le practicaron hace seis años no tuvieron éxito. Padecía de glaucoma. En la Oficina de Atención a la población ya lo conocen por las tantas veces que ha ido a quejarse. El custodio del lugar le pide que se siente tranquilo, y que espere a que lo atiendan. Cuando al fin sale de la oficina de la funcionaria, Marcelino amenaza con dejar de comer si no resuelven su situación.

Con palmaditas en la espalda la funcionaria la dice que no se preocupe, que tenga paciencia, que dentro de poco todo se va a resolver. Dice que siempre le dan la misma respuesta, pero no ve ninguna mejoría. Por su discapacidad emplea mucho tiempo en desplazarse hacia dicha oficina. En ocasiones no ha podido llegar a tiempo al comedor para ancianos, y se ha quedado sin almorzar.

A pesar de los 450 policlínicos, 11 486 consultorios médicos, 156 hogares de ancianos, 229 casas de abuelos, y 161 hospitales con sus 34 servicios de Geriatría, con que cuenta Cuba, casos como el de Marcelino se ven a diario. No es raro ver en las calles a discapacitados, sentados en los portales con imágenes de santos pidiendo limosnas. En las colas de las tiendas y quioscos también se ven en ocasiones a ancianos tratando de subsistir de la caridad ajena.

La respuesta del Gobierno a esta problemática ha sido la recogida temporal de estos ancianos y vagabundos hacia locales de tránsito habilitados para ello. Al no contar con una solución definitiva para esta situación, la estrategia se ha limitado a sacar temporalmente de las calles a este grupo de personas, que en muchos casos carecen de un soporte familiar. Según investigadores cubanos, en el año 2021 habrá más personas pidiendo la jubilación, que las que demanden un empleo en el mercado laboral.

Si eso es así lo más seguro es que se resienta aún más la infraestructura de seguridad social, y aumenten los casos de desamparados. Pero tan importante es el empuje económico, como el amor del prójimo. De nada servirían los millones, ni los programas gubernamentales, si escenas como la de los jóvenes estudiantes, sin respeto y compasión alguna por los ancianos, prevalecieran.

Julio César Álvarez

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