Publicado: Vie, 5 Abr, 2013

La cabaña de muchas caras

CABAÑA-1Nunca es tarde si la palabra es buena. Por eso, vale la pena meditar sobre la fortaleza de La Cabaña, que durante quince años consecutivos ha sido el ateneo efímero de las ferias internacionales del libro, y es un caso reiterado de subversión histórica, con el cual puede ilustrarse el esquema psicológico de este gobierno para abordar la historia de Cuba, y concebir sus políticas culturales, usando la herencia constructiva que ha llegado de etapas anteriores, y con frecuencia, ha ido menguando hasta las ruinas, y los despojos.

Ese esquema es muy simple: la historia de Cuba existe (o merece ser evocada), sólo si sirve para colocarnos en el pináculo, glorificar nuestras hazañas y nuestras “bondades”, o si podemos sacarle dinero, aislando la pieza de su contexto, y drenando su contenido. En otras palabras, este es un pueblo sin historia (en cuanto no es una conciencia socialmente viva, que indaga por los signos del presente, e interpreta sin cesar los valores de su pasado), y cada intento por acercarse a ella, es en términos de rescate, o sea, reviste un carácter de arqueología.

Este proceso radical de resignificación de la historia comenzó a partir de 1959.Un ejemplo fue el cuartel de Columbia, en La Habana, que fue convertido en un centro escolar, llamado Ciudad Libertad. Esta resemantización de los focos militares de la dictadura fue muy aclamada, pues le daba un halo de trasmutación alquímica al proceso revolucionario: la fiereza se volvía alegría, a la violencia le seguía el amor, y la muerte se hacía vida. Así, el gobierno revolucionario daba una imagen de esperanza, y de paso, de civilismo. Por supuesto, fue un paso demagógico, ya que la nueva militarización de la sociedad apenas estaba comenzando.

En Santiago de Cuba, algo similar sucedió con el cuartel Moncada: allí se creó una escuela pública, y además, un museo. Pero ese museo estaría dedicado a contar un solo acontecimiento: el asalto que ejecutara un grupo de hombres en 1953. Y hasta hoy, ese ha sido uno de los templos de adoración en los que se venera a Fidel Castro en vida. ¿Y por qué cambiarle el nombre a Columbia, y no al Moncada? Porque el cuartel Moncada sería (según la nueva mitología histórica) el altar de iniciación revolucionaria de los Castro, y uno de sus símbolos favoritos.

¿Y por qué no hacer un museo en Ciudad Libertad? Porque Columbia estaba asociado a Batista, quien había protagonizado allí sus dos golpes militares, el del 4 de septiembre de 1933, que fue un golpe oportunista para afianzar el poder castrense, tras el vacío que dejó Machado, y el del 10 de marzo de 1952, para instaurar un gobierno de facto. Otro ejemplo es el Museo de la Revolución, que fue la antigua sede del poder ejecutivo de la República.

En esa saga de reciclar los símbolos de las viejas instituciones políticas y militares, a fin de brindarles una apariencia noble, como sitios de florecimiento educativo, cultural y turístico, ha caído la fortaleza de La Cabaña. Pero de una forma burlesca, y esperpéntica. No se me ocurre un contraste semiótico más descabellado, que volver una fortaleza tremebunda, que durante la Colonia y la Revolución fue una de las prisiones más aterradoras de Cuba, en un parque de diversiones, y una feria de vanidades. Y todo, como si aquí nada hubiese pasado.

La fortaleza de San Carlos de La Cabaña funcionó como prisión hasta mediados de los años 80, y después de una remodelación total, fue abierta al público en 1991, junto al Castillo de los Tres Reyes del Morro, el cual ya había cesado de sus funciones como galera, aproximadamente un decenio antes que La Cabaña. Y ambos se integraron para formar un complejo turístico, cuyo nombre oficial es Parque Histórico Militar Morro-Cabaña. De hecho, sigue siendo administrado por los militares, que han revivido la tradición de disparar una salva de artillería, todas las noches a las nueve, para recordar el cierre de las extintas murallas de La Habana.

Además, ellos celebran desde La Cabaña, con una solemnidad de cañonazos, cada nuevo aniversario del triunfo de la Revolución, y a veces, hasta con fuegos artificiales, la entrada de Fidel Castro a la capital, el 8 de enero de 1959. La denominación de Parquees, tal vez la más absurda, si alguien se imagina un prado, lleno de jardines para hacer picnics en familia. Es preferible llamarlo Complejo Histórico Cultural Morro-Cabaña, o Zona Fortificada Morro-Cabaña, que es una forma neutra y descriptiva.

Hasta hoy, lo de histórico ha sido un formalismo, sencillamente porque La Cabaña es vieja, “de cuando la época de la colonia”. Sin embargo, debido a sus culpas no declaradas, este gobierno ha querido borrarle su historia; pero todavía está allí, como me confesó un día una espiritista, que tras haber visitado el baluarte, por una de esas ferias del libro, me dijo que al caminar entre las naves, y atravesar sus corredores, se sintió muy mal, porque escuchó gritos, lamentos, y disparos.

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