Publicado: Vie, 5 Abr, 2013

La violencia que nos acompaña

Comedor social para ancianos

Comedor social para ancianos

Lawton, La Habana. Los cubanos vivimos en una sociedad violenta. Y no es solo la violencia familiar la mayor calamidad que padecemos. Mientras los medios pretenden presentar nuestra sociedad como “sencillamente humana”, la realidad cotidiana es muy diferente.

El Gobierno se empeña en exhibir a Cuba como ejemplo para el mundo en la atención al adulto mayor, pero la violencia que estos enfrentan día a día está muy lejos de esa vida llena de satisfacciones que intentan demostrar.

Josefa tiene setentaiún años de edad, y vive sola. Padece de artrosis generalizada, pero a pesar de sus dificultades para caminar, no le queda más remedio que salir de su casa cuando necesita comprar comida u otros artículos de primera necesidad. Hace unos días bajaba a la calle, debido al mal estado de la acera, cuando por su lado pasó un carro a exceso de velocidad. El chofer le gritó: “¡Vieja comemierda, coja la acera, que si la mato la tengo que pagar como nueva!”.

Frente al agro-mercado de Dolores entre 14 y 15, en Lawton, municipio Diez de Octubre, intentan sobrevivir muchos vendedores sin licencia. Francisco, conocido por Panchón, es uno de ellos. Este anciano vive con su esposa, y se ve obligado a buscarse la vida revendiendo vegetales a espaldas de la policía porque es uno de los tantos jubilados que cobran una pensión de 200 pesos -el equivalente a 8 CUC- con la cual es imposible subsistir en Cuba.

Panchón ha sido detenido y multado varias veces por agentes policiales. Hace pocos días, uno de estos agentes y una inspectora le arrebataron su mercancía, mientras rudamente le decían que aquella no era la primera vez que lo encontraban allí. El anciano, en voz baja, trató de explicar algo, pero el agente vociferó: “¡Arriba, que vas pa’allá!”, mientras lo metía en la perseguidora, a pesar de las protestas de los presentes.

Tristemente, estos no son casos aislados. Muchos ancianos sufren innumerables limitaciones económicas y carencias de todo tipo, debido a las reducidas pensiones que reciben luego de largos años de trabajo. El abandono y la desesperanza son sus asiduos acompañantes.

 

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