Publicado: Mie, 24 Abr, 2013

Lo que vamos perdiendo

Iyawos en Carlos III y Belascoaín, La Habana. Guillermo OrdoñezLa Habana. El pueblo cubano es intensamente creyente, su religiosidad hunde las raíces en lo más antiguo del surgimiento de nuestra convivencia, conformada con los componentes de un mosaico cultural que se fue entrelazando en un muy particular trasiego de identidades y que se manifiesta de acuerdo a las circunstancias de cada momento histórico

A través de nuestra historia las religiones de origen africano han tenido que enfrentar enormes retos y obstáculos para sobrevivir y prevalecer como uno de los esenciales componentes de nuestra cultura.

La realidad de lo que fue una religión centrada en la comunidad de africanos y sus descendientes, el modo en que el supremacismo de los representantes de la hegemónica “raza blanca” estigmatizó nuestras creencias, que por cierto necesitaban de muy pocos recursos para su manifestación litúrgica, la marginalización que acompañó la imagen de la misma y la manera en que el gobierno revolucionario ha desconoció y persiguió durante años esta expresión religiosa, jamás nos apartaron de nuestros sueños de respeto a los ancestros que arrastramos en el pensamiento y la memoria desde África, entidades de nuestro panteón que no expiraron ante la religión de los colonialistas españoles, que no sucumbieron ante el catolicismo impuesto, se sincretizaron con todo respeto a la verdadera memoria histórica, adquirieron personalidad haciendo ante los mártires, apóstoles y santos católicos prevalecer la esencia de las entidades de la comunidad afro que no permitió jamás muriera lo mítico de sus raíces.

Las grandes migraciones a las que fuimos sometidos con toda la fuerza y violencia que caracterizan las conquistas y colonizaciones, el desgarramiento y desmembramiento de las familias, los linchamientos y desmanes no nos separaron de nuestros hábitos religiosos, no nos dejaron huérfanos de nuestros dioses. Sincretizamos el panteón religioso del otro con nuestra identidad religiosa, introdujimos a sus hábitos hasta nuestros modos alimenticios, no permitimos que la amnesia nos prostituyera en el carácter piadoso ni de valores que nos legaron los abuelos y las costas que se quedaron escondidas con la historia que nos arrancaron, que nos ocultaron y nos ocultan.

El patrón de belleza desde su perspectiva, la forma sutil y enajenante con que nos educaron, arrancaron nuestro orgullo dejándonos como única posibilidad la búsqueda de la “desnegrización” o blanqueamiento desde nosotros mismos, fuimos bombardeados desde la primera edad con un sinfín de príncipes y princesas de belleza europeizada, tanto que nos convertimos en amantes del patrón impuesto, imitadores de quien blandía el látigo.

¿Qué y quien ha llevado ahora a los blanqueados en este país, a tomar las riendas de nuestra religión que además jamás dejamos de compartir? La respuesta no se hace esperar, las desventajas económicas nos han sumido en la triste realidad de vernos relegados también en nuestro tradicional espacio religioso.

El terror que se hizo presente en los primeros días de la Revolución cubana, para conseguir la identificación, en particular de los negros con tal proceso, sobre la base del enemigo racista y la personificación del negro como ente social gracias y por gracias a la revolución, nos dejo prácticamente sin acceso a un exilio que nos salvara del desastre que hoy representa la economía cubana, todos cuanto tuvieron posibilidad y visión encontraron la salida adecuada al momento y esperaron consientes el descalabro por venir , más del 90% de los emigrados fueron de la supuesta raza blanca, mas de ese 90% eran los beneficiados hijos y nietos de colonialistas y descendientes de la corona.

Seguía el látigo sonando y restañando a la misma altura, el negro no tenía el protagonismo para su propia historia, tuvo que aceptar ceder el espacio ganado milímetro a milímetro con todo su sacrificio, tuvo que aceptar perder sus conquistas y en pos de la nueva libertad ir perdiendo su libertad, agradecer a quien le volvía a atar las manos a la espalda.

Las sociedades fraternales y de recreo que se cerraron o suprimieron a principios de los años sesenta fueron las de los afrodescendientes, jamás la intervención revolucionaria llegó hasta las puertas de una sociedad de origen español, árabe, china o de otro tipo.

Nuestras religiones fueron las más satanizadas de todas y por todos. Mientras resulta normal la exhibición de los atributos cristianos, es rechazada y mal vista la exposición pública de los símbolos de la religiones africanas. En los años setenta un congreso de “educación y cultura” dictó disposiciones extremas contra estas manifestaciones culturales.

Volvimos al trauma de esconder nuestros ídolos y esperar, pero ahora con la desventaja de la dependencia a una economía muerta, sostenida solo en gran medida por los aportes del cubano de la diáspora. El resultado de esto se está haciendo ver, las remesas recibidas desde el exterior, han abierto las puertas de nuestras religiones encarecidas a los que se les hace económicamente posible practicarla de un modo bastante lucrativo y ostentoso, lo que fue una religión humilde de gente sencilla se ha convertido en un juego de ostentación cada vez más caro y lucrativo, al punto que el gobierno que ayer satanizo y persiguió la religión “de los negros” hoy la ha convertido en un prospero negocio que le reporta no pocos dividendos.

La mucha religiosidad sin fe del cubano ha puesto en venta y en las manos del otro a nuestros santos e ídolos, los babalawos, tatas, mocongos y otros empiezan a ser de la raza blanca, por supuesto los precios a pagar para la consagración se han disparado y comienzan a ser astronómicos. Una vez más los descendientes de los sufridos esclavos, de la mayoría del ejercito libertador volvemos a quedar en desventajas.

Basta caminar por nuestra ciudad para apreciar que el más alto por ciento de iniciados en las religiones africanas son personas de piel blanca ataviados con suntuosas vestimentas en una especie de pasarela de ostentación que nada tiene que ver con el espíritu y esencia original de esas religiones.

Como en las imágenes simbólicas y comerciales, como en las estadísticas oficiales, también en nuestras ancestrales religiones comenzamos a ser invisibles y a perder de vista esa esencia de nuestro acervo cultural. A los afrodescendientes hoy se nos hace más barato y viable practicar los cultos evangélicos y protestantes que los yorubas, el palo monte, el Abakua, etc. etc. Nos resultan más asequibles el bautismo cristiano que cualquiera de las iniciaciones afros.

Con visión objetiva, sin enojo, reflexivamente cabe preguntarse: ¿Estamos o no perdiendo algo más?

lizama1961@gmail.com

 

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