Publicado: Mie, 29 May, 2013

Las ataduras del humor cubano

imagesEl humor cubano goza de buena salud. Sin embargo, los censores le han aplicado una camisa de fuerza. Como debe limitar sus burlas a los cornudos, guajiros, burócratas y gordos, poco puede alejarse de la banalidad de que se le acusa. Aunque si bien programas televisivos como “A otro con ese cuento”, “El salón de la fama”, “Salir por el techo” y otras propuestas exceden la banalidad y la grisura por su ausencia de comicidad, esto no es por falta de situaciones humorísticas que provoquen una risa relajante, crítica o inteligente, sino por el temor de los censores a la burla pública contra el Gobierno.

El humor debe ser el reflejo de la sociedad en pleno y no sólo de una parte. Debe cambiar con las circunstancias, aunque manteniendo su sello. Restringir los contenidos a tratar en la televisión y otros medios artísticos, atenta contra la diversidad de temas que a todos harían reír y meditar.

Pero lamentablemente, los funcionarios cubanos, supeditados al interés de la ideología oficial, abortan cuanto proyecto se atreva a criticar el sistema.

Por eso me espanta que a estas alturas alguien califique el humor de hipercrítico, discordante o banal de acuerdo al tema que refleje. ¿Fueron hipercríticos Los Tadeos cuando los sancionaron por decir que “el colmo de un presidente era matar a un pueblo de hambre y darle los ataúdes gratis”?

Lo único que necesita el humor cubano es libertad. Nadie puede negar que piensa y se desternilla de risa con el personaje humorístico más famoso y socorrido desde el triunfo de la revolución: Pepito (Por favor, no confundir con ese vestido de pionero y miliciano de aquel anti-humorístico programa “Los amigos de Pepito”).

Me refiero al auténtico, al que por su osadía al tratar cualquier tema, especialmente los relacionados con los problemas sociales engendrados desde el poder, se ha ganado un lugar en la tradición oral cubana, pues aparece lo mismo en una playa que en un P, una cola o una reunión de militantes comunistas.

Preguntarse con qué se ríen los cubanos es una burla a la auténtica sonrisa, y a nuestro don de reírnos hasta de nuestras propias desgracias. El cubano se ríe tanto de los poderosos, los corruptos y las injusticias, como de los borrachos, la mala vida y el qué dirán. En una réplica a la serie de artículos “¿Con qué se ríen los cubanos?”, aparecida en la prensa nacional, Iván Camejo, ex director del Centro Promotor del Humor, asegura que “así como el resultado del humorismo es la realidad filtrada a través de un prisma que distorsiona, agranda, empequeñece, que sublima lo terrenal y divide y mezcla los colores de la vida convirtiéndola en arte, hay que acercarse al humor desde todas las aristas”.

Y para lograr esto, las autoridades y quienes califican de hipercrítico y discordante el humorismo cubano de hoy deben enterrar la censura y quitarse la careta antes de carcajearse en la oscuridad.

Cuando algún Severo Seriote (SS), crítico del humor cubano actual se pregunta con qué se ríen los cubanos, el verdadero humor corre peligro, se oculta -o se desborda- por la calle, y sólo asoma la cabeza en la televisión cubana (víctima de la censura), disfrazado de pujos y banalidades. Que hay que cuidar al humor, es cierto. Pero que se encuentra en crisis: a otro con ese cuento. El humor en parodia, sketch, sátira, unipersonal, en grupo, profesional o callejero, es lo único auténtico que aún conservamos los cubanos.

No lo dejemos morir por el miedo de un funcionario que seguro se desternilla en privado con lo que censura en público.

 

vicmadomingues55@gmail.com

Por Víctor Manuel Domínguez

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