Publicado: Lun, 6 May, 2013

Negro y de romerillo, aquí no entra

Cuando me lo contaron, claro que lo creí. Es el pan de cada día, la herencia que arrastramos gracias a los conquistadores y sobre todo, al propio gobierno castrista, compuesto siempre por blancos, aunque confiese que el Parlamento cubano, después de medio siglo, esté representado hoy por el 37 por ciento de negros y mestizos, en una sociedad mayoritariamente negra y que ahora su presidente es un negro grande, especialista en el corte de la caña durante su juventud.

La historia de Yulimin ocurrió en el municipio Playa, exactamente en el reparto Flores, al oeste de La Habana, compuesto de buenas viviendas y un mejor nivel de vida que sus repartos aledaños: Jaimanitas y Santa Fe. Allí vive un matrimonio con sus tres hijas, mayores de 15 años. La menor de ellas, Yulimin, estudiante del Pre universitario de la zona, ya tiene una triste historia que contar en su vida. Hace un año se hizo novia de un chico de su edad, inteligente, simpático, conversador, muy sociable y afectuoso con todos, pero con dos problemas: su piel es de color negro y vive en el barrio marginal El Romerillo, muy cerca de Flores, donde sus pobladores, unos catorce mil aproximadamente, viven en extrema pobreza, hacinados entre pasillos, callejuelas y viviendas improvisadas a punto de caerse.

En la escuela no tuvo problemas. Su noviazgo transcurría de forma normal, hasta que su padre, militante del Partido Comunista, supo de esas relaciones y le dijo a gritos: Negro, aquí no entra y mucho menos si es de Romerillo.

Entonces ardió Troya en la vivienda de Yulimin. Las discusiones no paraban. Por nada de la vida el jefe del hogar quería nietos que no fueran blancos como él, de ojos azules y rubios, como sus padres, abuelos, tatarabuelos y así hasta aclarar que todos, sin excepción, nacieron en tierras españolas, en Galicia.

Los primeros días le prohibieron a la chica continuar las clases, hasta lograr un traslado de escuela. Ni siquiera le dieron permiso para salir a la calle.

Narra una amiga suya, quien la visitó y a escondidas le llevó una cartica del novio, que lloraba día y noche, y que llegó a confesarle que el padre le pegó, cuando supo de su noviazgo con un negro, “de familia muerta de hambre”, como dijo.

En la cartica que recibió Yulimin, el novio le decía que si no lograba verla más, prefería morir. Y eso fue lo que hizo el muchacho. Intentó suicidarse y hoy está ingresado muy grave, en un hospital de Playa.

Mientras, en la casa de Yulimin, continúa su curso habitual. Ella estudia en otra escuela, muy lejana de su barrio. Su padre sigue diciéndole que tiene que olvidarlo, porque quiere lo mejor para ella, que jamás había visto a un negro enamorando a una de la mujeres de su familia y que le importaba un pito que le dijeran que no era un buen comunista.

Santa Fe, abril, 2013

 

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