Publicado: Mie, 29 May, 2013

Registro policial

Jaimanitas, La Habana. La llamada del confidente debió efectuarse alrededor del mediodía, porque cerca de las 2 de la tarde el dispositivo policial compuesto por cuatro autos patrulleros, dos motos y un Lada con matrícula civil donde viajaba el Mayor Lahera, a cargo del operativo, cerraron la calle Tercera entre 230 y 232, en Jaimanitas, La Habana, para el aparatoso registro efectuado en la vivienda del anciano Federico.

Hacía tiempo llovían las denuncias telefónicas del confidente contra Federico Rodríguez Méndez, un anciano que fue hace años bodeguero y ahora está retirado, sospechoso de los delitos de actividad económica ilícita y vida ostentosa, a pesar de vivir solo en su vivienda de una sola habitación sin ningún tipo de grandiosidad.

Como elementos de lujo el viejo solamente exhibe una cama personal, un escaparate con algunos trajes de dril cien, del tiempo de la corneta, un sillón y la vieja cocina de gas donde se prepara sus alimentos.

Pero esa tarde, de repente, su casa se halló colmada de agentes policiales que tropezaban unos contra otros en el afán de hallar evidencias. El anciano estaba en su horario de almuerzo. Sostenía en la mano un plato de arroz blanco y un pedazo de tortilla, que era toda la vida ostentosa que podía permitirse con su exiguo salario de bodeguero retirado. Miraba con desdén el noticiero del mediodía en el televisor, donde casualmente se informaba al pueblo la lucha sin cuartel que desplegaban los órganos policiales contra el delito del mercado negro, cuando llegó la horda de sedientos, que requisaron hasta debajo de la cama.

No dejaron ningún sitio sin hurgar o virar al revés, registraron la casa de arriba abajo, pero no encontraron nada que lo inculpara. El mayor Lahera abrió el refrigerador y además de pomos de agua encontró una tres decenas de huevos.

–Son más huevos de los que te corresponden por la libreta –insinuó el oficial buscando complicarlo.

–Algunos vecinos no comen huevos y me ceden sus cuota –dijo el anciano sin dejar de mirar el noticiero.

En la calle se habían reunido un grupo de curiosos para observar el registro. Entre ellos se encontraba el confidente, deseoso que se llevaran preso a Federico, pero se quedó con las ganas cuando vio marcharse al Mayor Lahera y su tropa con las manos vacías.

El anciano Federico terminó su almuerzo, sin apartar los ojos del televisor y las redadas contra la actividad económica ilícita y el acaparamiento. Luego salió al portal y preguntó a los curiosos que quedaban rondando en los alrededores, ¿para qué tal despliegue policial y ese alarde de fuerza, contra un viejo bodeguero retirado, con más huevos de la cuenta?

 

Por Frank Correa

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