Publicado: Mie, 29 May, 2013

Unidos en la tragedia

Cuba_market1 (1)Era un domingo de esos que las altas temperaturas tostaba la piel sin tener que asistir necesariamente a la playa, pero aun así la muchedumbre se dirigía al mercado del Buen Viaje. Quizá el insoportable calor de aquella mañana propició que varias personas se sumaran a una larga fila donde se vendía refresco “gaseado”. Lo extenso de esta hizo que floreciera un diálogo entre desconocidos, donde las temáticas relacionadas con los precios y las carencias copaban el ambiente estival.

Entonces un joven de profusa calvicie se acercó al gentío y, como conducía la patrimonial bicicleta que acompaña a los cubanos de a pie desde aquel “enero glorioso” cuando el nuevo gobierno invalidó la entrada de 10 000 autos estadounidenses anuales, optó por no descender de esta aunque en ello le fuera el no poder degustar el refrigerio. El temor a que le robaran su “transporte” mientras se adentrara en el tumulto lo condujo a esto.

Decidió alejarse cuando un conocido se le ofreció para cuidarle el ciclo, algo que aceptó con agrado. Se incorporó a la hilera y en breve oyó una conversación que lo atrajo un tanto, mas, solo participó de oyente pues sabía muy bien que los cubanos cambian de opinión constantemente. Además, como era el último de la cola tendría tiempo suficiente de insertarse en un tema si este le interesara.

El alto precio de las cebollas hizo que una señora entrada en años demostrara, tras una enredada operación matemática, que estas costaban más que los ajos. Otra mujer, dentro en un traje de miliciana que le hacía sudar a borbotones se sumó al vital asunto de los precios, pero desde una óptica menos crítica, para ella toda la culpa era del “Imperialismo, la O.P.E.P y del Mercado Mundial”. Tras escuchar estas dos opiniones nuestro hombre frunció el seño, mientras una leve risa le brotó, pero siguió callado.

La falta de unas monedas en el cambio de un anciano provocó que el curso normal de la venta se paralizara, algo que molestó a parte de la multitud pero que motivó al ser de aspecto errante y hablar flemático plantear: “Pareceré un ruin, pero sin esas monedas no puedo comprar el pan de mañana, y aquí todo el mundo sabe que el Estado no regala nada”. Un silencio general cundió en los cerca de 30 personas hasta que un jovenzuelo manifestó: “Eso si es verdad, si vas a una tienda de dólares (CUC) faltándote un centavo no te venden”.

Estas honestas y profundas palabras fueron el detonante preciso para que estallaran las reprendas más duras a un sistema económico arruinado. El primero en opinar fue un coetáneo del octogenario, quien expuso: “Antes (de 1959) los negocios eran privados y el dueño podía regalar o darte plazos para que le pagaras…”, débil voz fue ahogada por una superior: “¡Ahora todos roban tras los mostradores, es lo que han aprendido en los últimos 54 años!”. “Eso lo hacen porque el salario no les alcanza”, explicó un agente de seguridad que estaba ya próximo a comprar. Entonces la mujer de las cebollas y los ajos miró con cierto temor a la de “verde olivo” y segura en sus palabras declaró: “El principal ladrón aquí es el gobierno, hace unos días no había jabón de baño, y cuando reapareció el Floresta le habían reducido 14 gramos y seguía costando lo mismo”.

A medida que las declaraciones eran más ardientes, y también el mediodía, ocurrió lo temido por todos, del surtidor donde se mezclaba dióxido de carbono, sirope de limón y agua, emanó un burbujeo espumoso que significaba “se acabó el refresco”. La ira tomó forma de expresión y entre aquellos seres sedientos y anónimos brotaron frases que este escribidor jamás había imaginado, una de estas proponía lo siguiente: “aquí lo que hay que hacer es coger sal (tirarse al mar) y largarse pal´ Yuma (Estados Unidos)”.

Tras estos desahogos espontáneos el alopécico emitió señales de vida con estos vocablos: “¿Por qué antes de marcharnos no expulsamos a quienes nos gobiernan”? Entre tanto, lo que quedaba del extenso grupo de sedientos desconocidos, que intentaron mitigar el calor dominguero a base de una bebida no alcohólica, se fue disgregando entre maldiciones nacidas por las penurias y los costos.

Por Feliberto Pérez del Sol

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