Publicado: Lun, 6 May, 2013

Vender libros

librosEn la Cuba socialista la venta de libros de uso se convirtió en un negocio con la llegada del período especial.

Los libros más caros son las ediciones príncipes y los textos raros. También los de oscurantismo, remedios cubanos tradicionales y las reglas de Ocha de la religión Yoruba, secretos guardados por siglos que ahora salen a la luz y se venden como pan caliente.

Entre los textos políticos, Cien horas con Fidel y Escritos y discursos de Ernesto Guevara, son los más cotizados por los turistas extranjeros.

La situación precaria de la economía ha obligado en cierto momento a muchos, a echar mano a sus bibliotecas personales, deshacerse de más de un clásico y sacrificarlo para comer. Conozco el caso de un amigo, miembro de la Unión de Escritores, que soñaba con vender libros en ferias y librerías de todo el mundo y vivir de eso. Tenía escrito cinco novelas, un largo poemario y dos libros de cuentos, pero no había podido publicar ninguno. Mucho menos venderlos.

Cuenta que hace poco, al borde del paroxismo existencial, sin comida ni dinero para mantener a su familia, cogió un saco y echó todos sus libros, amigos que lo acompañaban por la vida desde hacía dos décadas. Y se fue con ellos hasta La Habana Vieja.

Pagó la guagua con la edición de El Principito. Tomó un café con el tomo de Dante en el Infierno. Arrastraba sus libros por las calles, de tendero en tenderos. Y todos respondían lo mismo.

–Ya lo tenemos.

El hambre le doblaba las rodillas, cambió un par de frituras por Quevedo. ¿Un refresco gaseado por Cortázar? ¿Un prú oriental por Julio Verne?

–Preferimos el peso –les dijeron.

En la Plaza de Armas un policía hurgó su impedimenta. Le hizo virar su contenido sobre la acera y casi lloró cuando vio a sus amigos en el suelo. El policía lo dejó continuar. El escritor y casi se arrepentía de su locura de vender los libros, cuando en la intersección de Zanja y Manrique descubrió un cartel en una casa que anunciaba:

“Se compran libros viejos”.

Lo atendió un anciano, que dijo estar saturado de libros. El escritor plantó resueltamente el saco en el suelo y le hizo una oferta irrechazable:

–Doscientos, todos a diez centavos, veinte pesos.

–¿Veinte fulas?

–No… Dinero cubano.

–¡Ah…! –dijo el anciano y se maravilló de unos clásicos a tan bajo precio. Sonrió como diciéndose: en la vida no hay que apurarse… todo llega…

El escritor nunca más fue feliz desde aquel día. No por la soledad que ahora su biblioteca encierra. Sino porque la ira, el hambre, el desespero, lo obligaron vender en un triste remate al mismo precio, a Shakespeare, a Cervantes, con Padura y con Lisandro Otero.

frankcorrea4@gmail.com

 

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