Publicado: Mie, 12 Jun, 2013

Lenguaje popular

La Habana. La noticia corrió de boca en boca por el pueblo: el carnicero del único establecimiento estatal que vende carne de puerco en Jaimanitas había explotado.

Unos meses antes, el estado prohibió la venta de esta carne a particulares y construyó un kiosco por donde debían pasar obligatoriamente los jaimanitenses. Al parecer el carnicero le cogió el gustillo a ser imprescindible y comenzó a robar a la cara, frase utilizada en Cuba para ilustrar la acción punitiva de los empleados descarados.

A un puerco le sacaba la salsa, es decir, le extraía el máximo de ganancias. Vendía la mejor carne en bisteces, a un precio muy alto por ser carne limpia y la grasa la vendía aparte. También la cabeza, la lengua, el hígado, el corazón, los pulmones y hasta el bofe, que vendía camuflado entre tejidos cárnicos. Con la recortería se beneficiaba entremezclándolas con el pellejo.

Este carnicero era un mago también en robar por la pesa. Y en el vuelto siempre estafaba, sobre todo cuando los usuarios pagaban en divisas, donde imponía una cuota de canje menor que la estipulada por el estado y ahí sacaba ventaja.

Otros de sus artificios era el encubrimiento de la carne de menor calidad dentro de la más cara y así duplicaba la usura. Incluso por la tarde, cuando ya no quedaban sino rastrojos, vendía los huesos para caldos y potajes. Y las tripas las ofertaba como comida de perros.

Ayer lo vi pasar apurado. Su rostro ya no era el animoso de siempre. Una nube oscura surcaba su rostro. Noté que llevaba la mano derecha vendada, con manchas de sangre, como si se hubiese cortado.

En Cuba a un explote siempre lo acompaña una reacción de júbilo en la gente. Tan acostumbrado al inmovilismo, el posible movimiento o cambio de un funcionario o de algo, acciona en la psiquis colectiva como un hálito de esperanza. Los jaimanitenses creen que ahora vendrá otro carnicero menos avaro, menos ladrón, más humano.

Cuando el canciller Felipe Pérez Roque y el secretario del Consejo de Estado y de Ministros Carlos Lage explotaron, la gente primero se extrañó, pero después transitaron por una fase alborozada. Pensaron que al fin la cosa se movía. Luego las noticias oficiales informaron que eran unos indignos y engolosinados con las mieles del poder y devinieron en un par de pobres diablos, sobre todo el ex ministro de Relaciones Exteriores, al que han visto donando sangre por su Comité de Defensa de la Revolución.

Hace poco el ex secretario Carlos Lage subió a un ómnibus en Alta Habana y dicen que varias personas, incluso mujeres, se pusieron de pie y cedieron el asiento a tan alto ex cuadro del partido comunista.

Carlos Valenciaga, otro que explotó de manera radical, ex jefe de despacho del comandante en jefe, trabaja ahora en la Biblioteca Nacional y otro miembro del Buró Político explotado, antiguo primer secretario de la Unión de Jóvenes Comunista, Otto Rivero, cuentan que es el administrador del parque Almendares.

El presidente del Banco Central de Cuba, Francisco Soberón, no explotó textualmente porque todos los billetes que circulaban en Cuba llevaban su firma, cambiarlos exigiría un gasto gigantesco, innecesario. Su consigna “Ahorro o Muerte” y su protagonismo en la política monetaria que estableció un gravamen sobre el canje con el dólar, unida a su cooperación fundamental que propugnó el dualismo de las monedas circulantes, fueron su patente de corso que le permitió abandonar la escena a un retiro honroso para según él, cumplir un viejo sueño: escribir sobre economía e investigaciones de las finanzas.

Muchos dirigentes y funcionarios públicos viven hoy en Cuba con el temor latente de explotar de un momento a otro. El detonador pueden ser propinar unos puñetazos sobre la mesa, como aquel aspaviento de Iroel Sánchez, Presidente del Instituto Cubano del Libro, destituido de su cargo cuando en una reunión del Ministerio de Cultura perdió la tabla, que es la locución conque se dibuja en la jerga popular perder la paciencia.

Otras expresiones que definen la desaparición intempestiva del contexto social por la aplicación de una medida disciplinaria fuerte, además de explotar son: salir por el techo, irse del parque, salir del aire. La mecha casi siempre es una serie de eventos clásicos, casi invisibles, que van tendiendo la cama, frase que define la preparación del teatro de operaciones por parte de los superiores para que suceda la explosión, como ha sido en este caso del carnicero de Jaimanitas, que de tanto meter la mano en la masa terminaron cortándosela.

Por Frank Correa

 

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