Publicado: Mie, 26 Jun, 2013

Mi encuentro con el Embajador

Varadero_beach1Con el mote de “El embajador”, se conoce a un ciudadano de Romerillo que trabaja en sedes diplomáticas por cuenta propia de cocinero y preparador de tragos. Vive en una casucha destartalada en una callejuela, con su mujer y dos hijas. Todo lo que gana lo invierte en la comida de la casa, ropa y calzado para la familia. Su único tesoro es su valiosa colección numismática.

Lo conocí mientras intentaba vender unas monedas americanas imposibles de cambiar en el banco. “El embajador” me impartió una verdadera conferencia sobre la naturaleza real de la numismática, fantasía creada por los estados democráticos en la dirección de impregnar valor real a las cosas. Y entonces comenzó a arremeter contra Cuba, como un país muerto y desnaturalizado. La comparó con un dedo que se arranca a una mano y muere podrido por independencia. Definió al pueblo cubano como un cilindro de aplanar la tierra, que no posee motor propio pero es empujado y arrasa todo lo que se le ponga delante.

Me impresionó su gran poder de síntesis para explicar lo que ha muchos les lleva toda una vida comprender. Su aversión contra el sistema socialista que lo ha subyugado por 50 años roza el furor. Dice que ha sido disidente toda su vida, en silencio. Y que nunca ha arreglado su casa por un sentido de rebeldía nato.

El estado no entrega materiales de construcción –dice-, entonces hay que comprarlo todo en la bolsa negra. Ahí es donde te conviertes en “dependiente y comprometido” y ya te tienen “agarrado”. ¿Tú crees que los ladrillos, el cemento, la arena, la piedra y el acero que venden ilegalmente son sólo robados? No. Ahí funciona un efecto de carambola. Jamás entraré en ese juego. Que vean como vivo, con el techo destartalado y durmiendo todos en un mismo cuarto. Con esa miseria me defiendo y puedo encarar al Jefe de Sector y al Delegado del Poder Popular, sin tener que quedarme callado por comprar materiales ilegales y construir sin autorización.

Me contó que ha estado escribiendo un libro por más de 30 años, titulado: “Respuesta a los discursos de Fidel Castro”.

-He guardado todos sus discursos –dice-. Me dediqué a contestarlos. A rebatir cada tesis y afirmación de sus logros sociales y metas cumplidas, con el fundamento que me asiste como producto de un sistema inoperante y fallido. Detuve el libro cuando enfermó y dejó de hablar. Tal vez nunca pueda publicarlo, pero fue mi contribución personal a la réplica, aunque sea encerrado desde mi cuarto.

Ahora “El embajador” está enfrascado en otra pequeña batalla: Demostrar el daño que provoca en los niños el juego de pelota en la calle. Ha enviado a la Asamblea Nacional de Poder Popular cartas donde explica ampliamente la indisciplina cultural y social, así como sus consecuencias nocivas. Las tejas rotas, el escándalo, las malas palabras, los accidentes de tránsito, la improcedencia de no asumir los terrenos deportivos como áreas expresas de recreación y esparcimiento.

Mientras conversábamos en la sala de su casucha, en la calle se escuchan improperios y de pronto una pelota cayó con un estruendo sobre una teja y nos hizo saltar en las butacas.

-También cualquiera puede morirse infarto producto a un susto –dijo.

Mis monedas americanas no valieron un centavo, pero descubrí en “El embajador” una especie de diplomático frustrado, con la vejez tocándole las puertas y sus proyectos consulares sin respuestas inmediatas.

 

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