Publicado: Mie, 26 Jun, 2013

Péndulo de prejuicios

Péndulo_de_Foucault-20110815-125224-2191-1000d-a2b2Hay una dolorosa escena en ese clásico que es el Séptimo sello, en que el bufón es amedren¬tado y ridiculizado por un indeseable personaje. Entre amenazas, cuchillo en mano, lo obliga a bailar sobre una mesa hasta el desmayo delante de los asistentes a la taberna que ríen y se divierten con el ros¬tro aterrado de un hombre que antes los había hecho reír, de otra manera con su arte.

Estamos en el Medioevo y, gracias a Bergman, en todos los tiempos. A mí, que me encanta interpretar el mundo desde las oscilaciones del movimiento pendular, el pasaje me hizo pensar nueva¬mente en la complicada relación de la sociedad con sus artistas, atizado mi pensa-miento, con seguridad, por una serie de acusaciones, conflictos y discusiones que, a lo largo de este 2013, han tocado a nuestra intelectualidad.

Justo en el año del centenario de Virgilio Piñera, quien tanto padeció “los horrores del mundo moral”, aparecen por centésima vez los amargos sabores de malentendidos y denuncias, cuando menos equivocas, sobre el campo intelectual cubano, brotes que arrastran siglos de prejuicios anti intelectuales y cerradas oposiciones a las critica provenientes de este sector; prejuicios en realidad diseminados, con distintos niveles de elaboración, en algunos segmentos sociales.

¿Y porque, si damos los antes dicho por cierto, se generan tantas controversias cuando aflora en la superficie publica un criterio que antes compartimos en todo o en parte? Será que tenemos a la imagen reflejada en el espejo, como cuando un seno o un pubis aparecen en nuestra televisión.

La aseveración de Cintio Vitier de que “Fundar algo entre nosotros, desde la más humilde a lo más ambicioso, ha sido siempre una faena incierta”, por igual puede aplicarse a cualquier pueblo y cualquier época-. A pesar de nuestra costumbre de mirar¬nos demasiado el ombligo, es innegable que, transcurrido más de medio siglo de las profundas, intensas y también desgarradoras, transformaciones operadas en Cuba por su fracasada revolución, podemos decir que hemos fundado algo, a que algo nos refe¬rimos.

Pero frente a esa posible verdad, se alza por igual la burla, el desprecio cubano a la condición intelectual, expresado con tanta precisión y dolor por Virgilio Piñera en Aire frio, esa obra cenital devuelta con lozanía por la puesta en escena de Carlos Celdran y Argos Teatro. Enrique se ríe de los versos de su hermano Oscar que, mas allá de la dis¬cusión de si son buenos o pésimos, demuestran el cínico tratamiento a otra sensibili¬dad, al diferente, al otro. Mientras, Ángel, el padre, se pregunta por qué un vecino lo¬graba todas las gallinas y el ninguna, y en lo que quiere ser una pregunta casi filosófica asoma la oreja del resentimiento.

Extirpar cualquier doblez, ese oportunismo de la sonrisa por delante con su respectiva palmadita en el hombro y la obcecada “preocupación” por detrás, es tarea ur¬gente. El reconocimiento y el aplauso deben seguir siendo el gran acontecimiento del artista, si, por un arte de altos valores humanos y estéticos que incluye los de la re¬flexión y el cuestionamiento. Otros pagos también son merecidos, recuérdese la obviedad en ocasiones pasada por alto de que el arte es el resultado de un trabajo.

No se trata de tener miedo. Contrario a lo que tanto se repite o se dice, y mucho menos ahora. Vale la pena advertir, sin embargo, que afloran preocupaciones y temores, en medio de las justas y atrevidas transformaciones diría yo entre comillas que vive Cuba, en torno a la cultura como un segmento perdedor de esta agenda de cam¬bios. Tal vez ese contexto haya sido la causa más honda de las discusiones, las luchas y las manifestaciones que han tenido lugar en muchos lugares del país. La cultura y la participación cultural e intelectual, individual y colectiva, tienen que ser siempre beneplácito, gozo, jolgorio del pensamiento y del cuerpo, disfrute. Como el también huevo de la serpiente bergmaniano, el prejuicio anti intelectual se renueva y nos vi¬sita. No retrocedamos nunca ante lo conquistado. No dejemos jamás que la risa, privilegio de lo humano y del arte como también supo y postulo Virgilio Piñera, se nos convierta en mueca.

Por Alfredo Nicolás Lorenzo

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