Publicado: Lun, 21 Oct, 2013

La intervención estatal destruye la agricultuta

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Tractor_at_Escambray_MauntainsLa Habana. Dicen que el peor ciego es aquel que no quiere ver. Eso mismo podríamos expresar de la manera en que el gobierno cubano dirige el sector agropecuario en la isla. Porque, en el fondo, hasta las propias autoridades deben de estar convencidas de que, mientras menos participen los mecanismos estatales, más avanzará la agricultura, y mayor será la oferta de productos del agro a disposición de los consumidores.

Ejemplos de lo anterior lo tuvimos en 1981, durante la primera versión de los mercados libres campesinos; o a partir de 1994, cuando los mercados agropecuarios de oferta-demanda permanecían mucho más abastecidos que los mercados estatales de precios topados; y también con la mejoría que ha experimentado la llegada de productos agrícolas a los centros turísticos, una vez que los productores los envían directamente a los hoteles y otras instalaciones de ese sector. No obstante esas evidencias, el Estado se ha obstinado, desde hace más de cinco décadas, en mantener un rol protagónico en el decurso de la agricultura cubana.

A pesar de recientes medidas que tienden a fortalecer el papel de otros actores, como las personas que han adquirido tierras ociosas en usufructo, o la pretendida “revitalización” de las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC), los engranajes estatales aún interfieren en la producción y la comercialización de los renglones del agro. En el caso de la producción, la intromisión se ha manifestado al comunicarles a los productores lo que deben sembrar y hasta en qué cantidades hacerlo. También cuando se les fijan arbitrariamente— casi siempre por debajo de lo que indica el mercado— sus precios mayoristas de venta. Todo ello, por supuesto, con el consiguiente disgusto de los hombres que trabajan la tierra.

Capítulo aparte para la esfera de la comercialización. A mi modo de ver, es aquí donde más se ha presentado— y todavía subsisten— las trabas burocráticas del aparato gubernamental. Primero fue la empresa estatal de acopio, que no recogía las producciones por desidia, carencia de envases o fallas en la transportación; y las frutas y otros cultivos se pudrían en los campos, en momentos en que la población carecía de ellos; después la comercialización le fue encomendada al sistema empresarial del Ministerio de Comercio Interior (MINCIN), el que tampoco logró desenredar la madeja; y por último la dirigencia castrista ha confiado el destino de la gestión comercializadora en la famosa contratación, el mecanismo con que se pretende resolver todos los problemas de la economía cubana, una especie de conejo brotado del sombrero de un prestidigitador. Pues bien, un reciente reportaje de la televisión nacional (estatal) mostró cómo se perdían cuatro mil quintales de boniato producidos por una cooperativa de créditos y servicios (CCS). ¿El motivo? Ya la CCS le había vendido a la comercializadora estatal todo el volumen de producción contemplado en el contrato. Por tanto, la comercializadora no podía recibir más producciones. ¡Insólito!

No hace mucho se celebró el denominado “Encuentro Nacional de Productores Agropecuarios”. Un proceso asambleario que transitó desde los niveles de base, en municipios y provincias, hasta arribar al cónclave nacional, que contó con la presencia de las principales figuras de la nomenclatura castrista, además de productores estatales y privados. Allí el zar de las “reformas”, Marino Murillo, dio a conocer dos noticias preocupantes: la agricultura solo le aporta al producto interno bruto (PIB) el tres por ciento; y que más de la tercera parte de los trabajadores del sector agropecuario son indirectos. O sea, burócratas que nada tienen que ver con la tierra y el campo. Según la información aparecida en el periódico Juventud Rebelde (edición del 15 de septiembre), el señor Murillo llamó a desatar las fuerzas productivas de este sector. Y más adelante agregó: “Pero si a cada traba no se le ponen nombres y apellidos, entonces todo queda en el discurso”.

Claro, señor Murillo, no se devanee tanto los sesos. Porque la principal traba tiene bien definidos su nombre y apellido: el Estado cubano. Dejen que los productores siembren lo que deseen, que lo vendan a precios de mercado, y que la cantidad de intermediarios entre ellos y los consumidores se reduzca a la mínima expresión. ¿Acaso no recuerdan— o nadie se lo ha dicho— que antes de la revolución castrista, en todas las esquinas había puestos de frutas y viandas con precios asequibles a todas las personas?

Orlando Freire Santana

Orlando Freire Santana es periodista independiente

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