Publicado: Jue, 3 Oct, 2013

Las campañas inútiles

La Habana. Por enésima vez en su largo mandato de más de medio siglo, el castrismo se ata el pañuelo a la cabeza y anuncia limpieza en la casa arruinada. Esta vez arremete con su retorcido plumero contra los vehículos del parque estatal. Grita a voz de cuello que ahora sí que se va a acabar el relajito con el tráfico de combustible.

Se necesitaría todo un compendio de psiquiatría gerontológica para llegar a comprender este urgido impulso de orden, en unos individuos que lo único que han acumulado en medio siglo es justo lo contrario. Pero meterse en eso sería un ejercicio de análisis tan escabroso como inútil. Es evidente que ni siquiera ellos comprenden bien cómo funciona este voraz estatismo al que han rempujado a los cubanos. Porque, ¿cuántas veces no hemos oído instrumentar esta trova del control estricto con el uso de los vehículos estatales? ¡Y ni siquiera han logrado parquearlos los fines de semana!

Es un rasgo compulsivo de cualquier régimen totalitario imponer una apariencia forzosa de orden y uniformidad a la sociedad de la que se hacen dueños. Así crean la ilusión de que marchan hacia algún sitio que va a resultar magnífico para todos. Pero es algo engañoso. Hitler impuso una imagen de este tipo y los alemanes se la creyeron. En realidad, el desorden, la multiplicidad de funciones, el burocratismo y el caos eran lo que primaba en el Tercer Reich. Así, leemos en la prensa nacional que nuestros vetustos gobernantes hasta intentan retomar en serio los excéntricos planes de control del desequilibrado Comandante en Jefe pasado a retiro: instalarle a cada vehículo estatal un equipo de ubicación geoestacionaria, o GPS.

Ninguno de estos señores parece preguntarse dónde están todos aquellos Volgas, Zhigulis, Tatras, etc. del fenecido Campo Socialista que pedorreaban ennegreciendo el hábitat con sus gases tóxicos. O los más nuevos Ford y Dodges suministrados por sus hermanos de la dictadura militar argentina, y por cierto nunca cobrados. Sin embargo, los vehículos particulares, esos viejos camiones y autos americanos de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, aún circulan dando servicio. ¿Qué curioso, no? ¿No fueron los execrables propiedad e interés privados los que lo mantuvieron funcionando, gracias a Dios, como execrables pústulas del pasado en la tierra del Hombre Nuevo?

Asombra descubrir que nuestras inamovibles autoridades todavía no han comprendido que precisamente lo que mantiene en movimiento a los presentes vehículos estatales es el beneficio que subrepticia y ladinamente, hasta en una parte mayoritaria de su explotación, estos transportes le otorgan a quienes los conducen por las vías nacionales. Y tampoco les ha entrado en la cabeza que si para explotar dichos transportes se dependiera de la Emulación Socialista y los magros recursos y servicios que reciben del mismo Estado todo-propietario, hace mucho que habrían ya desaparecido del paisaje como los mencionados tarecos del Socialismo Real.

Porque si algo han consolidado estos señores, a su pesar por lo incontrolable, es lo subrepticio, lo ladino y disimulado en cada ciudadano encerrado en la isla en el afán de sobrevivir esta “Revolución”. El estatismo como solución de los problemas materiales y palanca de control eterna del poder se ha ido deteriorando en su engranaje más delicado y menos considerado: el factor humano. Y ese débil, pero pertinaz elemento, en toda la escala social ha ido buscando su vía para poder respirar en el asfixiante establo castrista. Tanto ha sido así, que se puede afirmar que no puede existir el deficiente modelo estatista-militarizado cubano sin la existencia del mercado negro que lo paraleliza, el que engendrara como hijo bastardo y no reconocido.

Durante decenas de años la lotería clandestina (aunque este calificativo realmente es un eufemismo. Nada es más voceado en las esquinas a diario que los números premiados de la charada) ha reinado como esperanza enfermiza en los destartalados hogares cubanos. Por igual, la venta de carne de res, algo prohibido a rajatabla por las autoridades para el consumo del pueblo desde que el Máximo Líder acabara con la cabaña nacional, abunda en barrios y poblados si se tiene con qué pagarla. Y el combustible robado de las arcas estatales se encuentra a precios bastante estables pese a las acometidas sorpresivas del Estado para sorprender a los ladrones y luego de subir desproporcionalmente su precio. Y así ha sido desde hace decenas de años.

¿Más cómo es posible que durante todo ese tiempo este pequeño grupo de ancianos octogenarios “parapetados” en el poder no se hayan enterado de que esto está ocurriendo? ¿Y cómo pretenden esforzarse en creer que algo así pueda estar funcionando durante tanto tiempo sólo a nivel de transportadores y expendedores de combustible? ¿O qué la lotería se trague tanto dinero de anhelantes cubanos y ni siquiera la policía se entere en un país donde cada ciudadano está controlado por múltiples mecanismos represivos?

¿Y hasta dónde puede llegar ese escrutinio estatal, ordenador de las cuentas, que hace tiempo se anuncia emprende con celo la Contraloría Nacional, sin que las ramazones de complicidad en tales delitos quiebren las mismas bases del poder que controlan estos envilecidos por el poder y su grupo de factótums?

Así que toda esta cruzada de limpieza contable se puede vaticinar que, como en aburridas, molestas y costosas ediciones anteriores de persecución ciudadana, va a concluir de propio agotamiento o conveniencia. Aunque no sólo en un rotundo fracaso de campaña. Al final, va a ocurrir precisamente lo contrario: se incrementará el “desvío de recursos”, o simplemente robo, hacia esa bestia negra del Mercado Negro.

Como sea, éste es mucho más real que la fantasía estatista de productos y servicios que cada vez resuelve menos las necesidades. Si no se pertenece a la exigua cantidad de privilegiados del poder subvencionado o a las nuevas delgadas capas de clase media que han encontrado la manera de crecer en sus propios pastos, todos los ciudadanos de la isla lentamente van girando su timón personal hacia ese Norte magnético, gigantesco vórtice de pura oferta-demanda donde no caben los discursos patrioteros o falsas promesas. Esa es la única verdad que va a quedar varada en la cada vez más seca ensenada propiedad de los Castro.

 

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