Publicado: Lun, 21 Oct, 2013

Paco de Lucía se lució en la Habana

Paco_de_Lucía_4El guitarrista español Paco de Lucía volvió a tocar en un escenario cubano, al cabo de más de cinco lustros. Su concierto único fue anunciado por la televisión nacional, y además, en un plegable, que resumía el programa del V Festival de Música de Cámara “Leo Brouwer”, se destacó como el evento más importante. La respuesta fue la esperada. Sobre las nueve de la noche del 2 de octubre, el público habanero había ocupado hasta la última fila de asientos del teatro Carlos Marx.

Como es habitual, salió Brouwer a la escena, para introducir el concierto. Dos grandes pantallas de video, elevadas a cada lado del teatro, mostraban los detalles que sucedían en vivo sobre el escenario. En su preámbulo, Brouwer clasificó a los músicos como buenos, talentosos y genios, y ubicó a De Lucía en éste último grupo.

Paco de Lucía fue recibido con una ovación de pie. Interpretó un solo para guitarra, de tono cálido. Luego, se le fueron sumando el percusionista, los cantaores y el bailaor, la guitarra acústica, el bajo eléctrico y la armónica.

Los cantaores, Rubio de Pruna y David de Jacoba, crearon esa atmósfera vibrante del cante jondo, que pinta cielos grises, montañas, fiestas gitanas, enlaza proverbios y consejos, y se crispa por los amores rotos, y sus pasiones.

La armónica de Antonio Serrano era más traviesa que un niño. Sus brillantes fraseos como solista daban la impresión de que asistíamos a un concierto para armónica y grupo de flamenco. Hermosa, segura, y festiva, era como una flauta, o como un pájaro saltarín.

A medida que progresaba la música, el flamenco se fue liberando de sus impulsos, para ir acercándose más al jazz. El cajón, el bajo y la armónica, fueron turnando sus improvisaciones. Después, las guitarras de Paco y de Antonio Sánchez hicieron un contrapunto, lleno de gracia y frescura.

¡Y qué decir de Farru, el ardiente bailaor! Vestido de negro, con el pelo largo suelto, era la estampa viva del furor. Zapateaba con ritmos fuertes, las manos altivas, daba palmas en su cuerpo y giraba de súbito, con jactancia, al concluir cada baile. Los aplausos alentaban su orgullo, y parecía repechar, una y otra vez, hacia un clímax de euforia. Su ritmo, de taconeo y de gestos, solía buscar el crescendo.

Las lecciones de Paco de Lucía

Paco de Lucía deleitó al público de Cuba, con un “maridaje perfecto” de modestia y virtuosismo. Su primera lección fue ésa, la del virtuosismo. No era difícil percibir la fluidez y la maestría de un artista, que ha coronado su arte. Se notaba concentrado, y a la vez tranquilo. Parecía serio, aunque le brotaba una suave alegría.

Quizás, su silencio fue la mayor lección de todas. Dedicó sus únicas palabras a la presentación de sus músicos, y le hizo un elogio a Alain Pérez, el bajista cubano. No hubo “declaraciones de amor” al pueblo de Cuba; no hubo confesiones de nostalgia, de alegrías colmadas, ni recuentos por los años de ausencia. Mucho menos, mencionó la palabra “revolución”, o agradeció esta oportunidad, que tal vez sea su última en escenarios cubanos. Paco vino, tocó, y se fue.

Eso sí, fue complaciente con el público. Tras una larga ovación para que regresara de nuevo al escenario, volvió con su grupo, y continúo regalando esa dicha flamenca, un poco más. Al escuchar que el público le gritaba con insistencia “¡Entre dos aguas!, ¡Entre dos aguas!”, interpretó la pieza, acompañado por el talento de sus músicos.

 

Por David Canela

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