Publicado: Mie, 20 Nov, 2013

Otras víctimas del castrismo

espias-cubanos Santa Fe, La Habana. La muerte de los jóvenes Jesús Cejas Arias y Crescencio Galañena Hernández, muertos en agosto de 1976 en Argentina a los 21 y 26 años de edad respectivamente, y traídos sus restos mortales a Cuba en junio pasado, me hacen recordar una historia que jamás he podido olvidar.

En 1961 el Ministerio del Interior de Cuba solicitó la participación de numerosos jóvenes para realizar tareas de espionaje en países latinoamericanos. Se entregaron planillas que debían de llenar los aspirantes. Los que eran aprobados pasarían un curso, cuya duración era de tres meses, en una instalación fuera de la capital del propio Ministerio.

El que era mi esposo entonces, Guillermo Rivas Porta -1939-1999-, aprobó el examen de ingreso y yo, quien también había llenado la planilla, fui rechazada según pude saber mucho después, porque mi carácter no era el mejor para realizar aquellas tareas.

A muchos del grupo los conocí. Finalizado el precipitado e improvisado curso, casi todos aquellos muchachos marcharon a varios países, aparentemente como funcionarios diplomáticos. Nunca más tuve noticias de ellos.

Pero Rivas, mi esposo, fue enviado a la Embajada de Cuba en Río de Janeiro. Al regresar a La Habana se mostraba muy inconforme con lo que sucedía: se destruía el comercio, la economía y ya podía verse cómo retrocedíamos años luz con el llamado socialismo castrista.

Él había vivido durante largos meses en Brasil y según pudo comprobar, sólo la competencia capitalista hace rica y desarrolla a una nación. Ya roto nuestro matrimonio, resultó condenado a 30 años de prisión por alta traición política y luego de cumplir 22 años como preso plantado en celdas tapiadas en La Cabaña de La Habana, salió al exilio, donde murió a los pocos años.

Es de suponer que el Ministerio del Interior continuó con su programa de captar jóvenes afines al proceso revolucionario para enviarlos al extranjero y allí, al amparo de las embajadas cubanas, realizar actividades clandestinas a favor del comunismo y contra los gobiernos de esos países.

La muerte de Jesús Cejas y Crescencio Galañena, así como de numerosos argentinos y familiares que trabajaban o mantenían algún vínculo con la embajada cubana en Buenos Aires, los que según la prensa nacional, también fueron desaparecidos, demuestra que el gobierno cubano utilizaba sus sedes diplomáticas como cuarteles militares, para tareas que no eran las apropiadas.

Cejas y Galañena y muchos otros jóvenes, debían enfrentarse, seguramente sin experiencia, sin amplios conocimientos, sin condiciones, a fuertes dictaduras y sobre todo al llamado Plan Cóndor, una violenta organización creada por varios países latinoamericanos para luchar contra los movimientos de izquierda que alentaba desde Cuba Fidel Castro.

Fue aquella una dura lucha entre ambas partes, porque también el gobierno castrista combatió a sus enemigos políticos internos y externos, no siempre con el uso de la violencia, sino también a base de estrategias maquiavélicas. Miles de enemigos políticos cubanos sufrieron la crueldad de sobrevivir en celdas tapiadas durante décadas, en espera de morir o llegar algún día al destierro.

Recordemos a Hubert Matos y Mario Chánez de Armas, condenados a 30 años de cárcel solamente por no aceptar el giro comunista que tomaba la Revolución Cubana.

Todavía no se conoce el número de víctimas de Fidel Castro. Jesús Cejas y su compañero Galañena pueden contarse entre ellas.

 

 

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