Publicado: Mie, 8 Ene, 2014

Alan Gross, los “Cinco” y la buena pipa

La Habana. El caso Gross parece haber tomado nuevos aires en las cancillerías norteamericana y cubana. El reclamo de su inmediata liberación, expresado en términos conminadores por el Senado de la nación norteña, deja poco espacio para las usuales cazurras maniobras de la contraparte cubana. Así, parece no encontrar firme la remachada contrapropuesta del intercambio del emaciado contratista por los denominados “Cinco” espías, dos de ellos además acusados y condenados por homicidio.

Y ya en este asunto, el caso del contratista independiente Alan Gross llama la atención más por lo que no se ha abordado del mismo que por lo remachado por las autoridades cubanas. Al igual que el mencionado affaire de los “Cinco” (que ya son Cuatro) encerrados en prisiones federales de USA, pese a toda la alharaca de años al respecto, de hecho en nuestro país se conoce bien poco sobre las singularidades de ambos procesos judiciales.

Es sólo perplejidad lo que deja imaginar a este diligente Gross, sin dudas adornado de un desenfado envidiable, venir a meterse en un país totalitario, con todos los dones de control sobre el ciudadano que esto implica, a repartir tres teléfonos satelitales que, por definición tecnológica, facilitan llamadas indetectables para la policía política de la isla. De haber recibido el encargo de sus empleadores de conducir un conteiner de whisky hasta la ciudad sagrada de La Meca, en Arabia Saudita, y una vez allí, repartir botellas del espirituoso, ¿Alan Gross no se habría preguntado prudentemente si esa misión no sería peligrosa para la integridad de su físico, sobre todo en un país donde reina una rígida sharia, o código musulmán, que prohíbe severamente la importación, y no digamos el consumo, de alcohol?

Otro aspecto que llama la atención de ambos procesos es la diferencia de tiempo con la que contó la justicia para actuar. Dejando aparte los breves encuentros previos con los que contó el contratista norteamericano para consultar a su abogado, el proceso y condena que le cayó encima se determinó en la usual y siempre sospechosa velocidad expedita con la que actúa corrientemente la jurisprudencia en la isla para enviar a la gente a la cárcel o al fusilamiento. En cambio, los abogados de los “Cinco (o Cuatro)” contaron con más de dos años para preparar sus defensas, con la capacidad de selección de un jurado y más de seis meses de proceso. Llegados a este punto, no está de más sacar a colación que las jugosas minutas que presentaron, y aun presentan, estos picapleitos de postín que los defendieron los continúa pagando el pueblo cubano de su magro bolsillo inconsulto.

¿Habrá preguntado el abogado de Gross sobre la ausencia de los debidos coacusados de su defendido? ¿Por qué no estaban allí los aduaneros que dejaron pasar los teléfonos malditos? ¿Acaso no eran cómplices del contratista, o no habían sido sobornados? ¿O a Alan Gross la CIA le lanzó los culposos auriculares en el Parque Central con la ayuda de un paracaídas? ¿O sencillamente las autoridades cubanas le hicieron una “cama?

También uno se pregunta cómo, luego de tantos años de fatigoso bullicio y toneladas de papel y palabras sobre la inocencia de los espías y la bochornosa injustica de su largo proceso arrojadas encima del aturrullado pueblo cubano, la junta militar isleña no se haya molestado en ir publicando poco a poco todas las actas del  “amañado” proceso, información de dominio público en los Estados Unidos, para que los cubanos juzgaran fehacientemente la “injusticia” que se ha cometido con esos inocentes segurosos, pese a lo paradójico de ambos términos.

Y no vamos a decir lo mismo sobre el proceso de Gross porque “hay cosas que para que se den, han de andar a ocultas”. Y como aquí todo es oculto, obligatorio o prohibido, sus simpatizantes deben deducir que se cumple a cabalidad, ¿no es cierto?

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