Publicado: Mie, 15 Ene, 2014

La mano extendida de Obama y el mito del “Enemigo”

Marcha por los cinco espías Miami. Durante las honras fúnebres de Nelson Mandela, el breve intercambio de saludos entre el Presidente Obama y el gobernante Raúl Castro se convirtió en la nota mediática más destacada dentro del evento que la propiciaba.

Las imágenes de un Obama sonriente, saludando a Castro, y las palabras intercambiadas en buen tono fueron ampliamente difundidas por las principales agencias de prensa a nivel internacional.

En Cuba, los medios oficiales reseñaron a su manera este hecho. Granma publicó la foto del saludo y destacó algunos fragmentos del discurso pronunciado por Obama. Para no perder la costumbre, en su referencia al mandatario norteamericano agregaron la coletilla de “controvertido premio Nobel de la Paz”.

Mucho más amplio en su información adversa, el periódico Juventud Rebelde resaltó recientes acciones sancionadoras por parte de Estados Unidos hacia la Isla, señalando que el bloqueo norteamericano se ha recrudecido bajo el mandato del presidente demócrata.

En lo que sí coincidieron los medios cubanos fue en pasar por alto aquellas partes del discurso donde Obama aludió directamente a quienes dicen respetar el legado de Mandela, pero no lo cumplen. Sin mencionar ejemplos, el toque diplomático aportado por Obama puso en evidencia, entre 90 delegaciones extranjeras, a varios de los presentes a los que bien servía el sayo. Las indiscretas cámaras se encargaron de fijar sus objetivos en los rostros de Raúl Castro y Robert Mugabe, poniendo nombre de alguna manera a la directa de Obama.

Opiniones divididas en el exilio cubano comparten la atención sobre este hecho singular, al que desde Washington restaron importancia, describiéndolo como un acto de cortesía. Otro tanto hizo desde Cuba su gobernante, quien afirmó que todo se debió a una actitud de personas civilizadas.

Pero más allá del revuelo noticioso, el saludo y el breve diálogo establecido entre partes en conflicto político desde hace medio siglo puede encerrar un signo de flexibilización y un tibio paso hacia el diálogo.

De acuerdo a algunos analistas, Obama estaría buscando la manera de abrir una puerta que sirva de salida al ciudadano norteamericano Alan Gross, condenado en Cuba a quince años de prisión. De conseguirlo, para el gobernante sería un importante tanto a título personal, y un aval para el candidato sucesor en la puja por mantener al Partido Demócrata como inquilino de la Casa Blanca.

Para Raúl Castro, el sorpresivo saludo puede representar un guiño favorable hacia el limitado libreto de su política de reformas, y además un indicio de que estas son observadas con algún interés desde la otra orilla.

Durante un reciente encuentro con disidentes cubanos en Miami, el pronunciamiento de Obama refuerza un criterio que adquiere mayor apoyo en círculos políticos norteamericanos, en el significativo grupo de exiliados cubano- americanos y en otros gobiernos en el mundo que apuestan por un cambio en las relaciones entre ambos países.

En esa misma clave están las declaraciones del presidente colombiano Juan Manuel Santos en su visita a Estados Unidos y hasta el mismo detalle de que los oradores internacionales escogidos para la despedida de Mandela hayan sido precisamente Obama, Castro y la presidenta de Brasil, a la que algunos ya señalan como artífice de un encuentro en lo que poco ha sido dejado a la casualidad.

No obstante las especulaciones, el saludo de Obama a Castro es consecuente con la postura del presidente norteamericano. Desde su asenso al poder no dudó en declarar su disposición al diálogo abierto con gobiernos tan poco amistosos como el de Irán o tan distantes como el de Cuba. Los pasos dados en esa dirección para resolver el conflicto nuclear iraní durante la llamada telefónica que descongeló una larga ruptura entre Teherán y Washington, ponen de manifiesto que Obama cree seriamente en las soluciones dialogadas. Hacerlo con La Habana no sería una anomalía.

A los que apuntan al carácter anti democrático del gobierno castrista y a sus maneras poco amables con las libertades y derechos políticos, ratificadas durante los actos represivos ocurridos a lo largo de la Isla el pasado 10 de diciembre, se ofrece una arista que bascula más al encuentro que al desencuentro. Esta consiste en que, con todo lo que adolece en justicia para sus ciudadanos, la dictadura cubana no es la única ni la peor de las que abundan en el planeta. Gobiernos y regímenes violadores de los Derechos Humanos más elementales sin mucho resquemor reciben el saludo y el beneficio de las relaciones con el mundo defensor de esas libertades.

Pero si algo bueno obtuvo el gesto franco y refrescante de Obama hacia Castro hay que buscarlo en la propia Cuba, donde millones de ciudadanos sencillos vieron de una buena vez que el enemigo real de la Isla no es necesariamente Estados Unidos. La acción del presidente norteamericano, sin grandes aspavientos o palabras grandilocuentes, puso en apuros la mítica moldura de enemistad erigida como un muro siniestro durante cinco décadas para separar dos naciones cercanas.

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