Publicado: Mie, 8 Ene, 2014

La triste misión de los Reyes Magos en Cuba

CPL-Tienda de juguetes Carlos III La Habana. Joel, es un botero de Santiago de las Vegas (chofer de alquiler) traumatizado desde niño porque no pudo disfrutar de un carrito a control remoto. Ahora con 30 años continúa con su anhelo de tener el cochecito teledirigido.

Lo que el joven taxista no puede recordar es que los que nacieron en la década del 60 –los años más crudos de la Revolución de Fidel Castro-, tenían sólo seis días al año para comprar juguetes, con una lista normada que los ubicaba con un número del primero al sexto día, y que cada día llevaba otra numeración de menor a mayor.

Los chicos veían frustrados sus intereses según retiraban los juguetes de las vidrieras, pues los mejores y más sofisticados se agotaban los primeros días. Ver tras el cristal la juguetería era emocionante, antes de que se iniciara la venta. Sueños y anhelos los mantenían contentos y expectantes.

Existía una escala, el juguete básico, no básico y dirigido, de mayor a menor calidad y precio. Solo tres juguetes al año por niño vendían en los primeros días del mes de enero. La gran mayoría optaba por la bicicleta, que costaba de 120 a 130 pesos (hoy unos 5 dólares), época en que circulaba una sola moneda. Aunque el sorteo aparecía en una lista que parecía interminable y no todos podían pagar la bicicleta, en el primer día de Reyes todas se agotaban.

Los salarios de esa etapa eran bajos, de 75 a 350 pesos mensuales, algunos de 420. Muchos padres, aunque les tocase el primer día y el primer número, no podían comprar juguetes de 50 pesos. Víctor Aguirre, prefería no ver los escaparates. Él, que de día y noche vestía el uniforme escolar y zapatos remendados que le regalaban, prefería cazar pajaritos para vender, siempre con su tira-piedra en el bolsillo. Nunca pasó del juguete dirigido, que consistía generalmente en una caja con cien bolas. Relató que tenía un criadero de ranas toro para comer sus ancas. Madres como la de Víctor vendían su turno del primer día de Reyes.

Siempre hubo niños privilegiados, eran pocos, pero eran los que mostraban sus pistolas con fulminantes, automóviles con luces, muñecas parlantes y ambulantes, el tren con su pista ferroviaria y otros. Infantes que sus padres viajaban al extranjero, eran reconocidos por sus zapatos vistosos o los chicles que casi nadie podía probar.

En 1978 llegó la comunidad de exiliados, y como los críos son inocentes, resultaba cruel para los pioneros ver regalos modernos, entre ellos juguetería de última generación; nada parecido a los juguetes de madera chinos y rusos, estáticos como el vigilante Tío Estiopa (personaje de animado ruso).

La juguetería en Cuba alcanzó precios astronómicos a partir del siglo XXI. Un juguete importado por el Estado podía -y aún puede- representar el salario de un mes para un empleado estatal. Las tiendas exclusivas de juguetes parecen museos de la posmodernidad, con juguetes que solo pueden pagar la élite privilegiada o los cubanos que reciben remesas desde exterior.

En algunas tiendas se ofertan pelotas, cochecitos plásticos o pistolas de pequeño formato y mala calidad, sobre todo importados desde China. En tiendas del municipio capitalino Centro Habana, están las mencionadas bicicletas que en los años 70 se ofertaban como juguete básico, desde luego más sofisticadas y aún precio de 130 pesos convertibles (cuc), unos 117 dólares.

Los Reyes Magos del “socialismo” se angustian por no conceder los deseos de la mayoría de los niños cubanos. El ritual en cada principio de enero es para el Estado la oportunidad de recaudar dólares a costa de llantos y sueños frustrados.

Hace más de treinta años existe el juguete controlado a distancia, aéreo, terrestre y de diferentes tamaños, inalcanzable para el 95 por ciento de los infantes en la Isla.

Joel es hoy un taxista privado que conduce un auto norteamericano propiedad de otra persona, un empleo que le deja buenos dividendos. Finalmente se pudo comprar el coche teledirigido que tanto anhelo, a un precio de 15 cuc (13.50 dólares). No le duró una semana, las baterías del mando se sulfataron y el ácido le destruyó el circuito integrado.

Ahora sueña con viajar a EE.UU. y poder enviarle a su hermanito un camión de volteo y un helicóptero, ambos con control remoto a distancia. La historia se repite enero tras enero, las cartas a Gaspar, Melchor, Baltasar quedan asfixiadas bajo la almohada de niños que algún día comprenderán la triste misión de los Reyes Magos en Cuba.

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