Publicado: Mie, 5 Feb, 2014

Aroma de café que perdimos

La Habana. El café se convirtió en una moda que se perpetuó en Cuba gracias a los franceses que arribaron a la isla luego de la rebelión de esclavos en Haití. Según Francisco Pérez de la Riva, la fórmula para preparar la bebida se publicó en el año 1790, en el primer número de El Papel Periódico de la Havana, el primer periódico fundado por Don Luis de las Casas en la colonia. Aunque costumbre importada –como lo sería el béisbol a mitad del siglo XIX- la realidad fue que el exótico aromático se arraigó en la cultura cubana.

En los diversos testimonios de viajeros que visitaron la “Llave del Nuevo Mundo”, aparecía la constante referencia al consumo de café. Y tanto fue así que terminó por desplazar la predilección por el españolizado chocolate. La nueva infusión no solo se adaptaba mejor a nuestro clima, sino que era considerada parte de los cambios asumidos por los criollos, distinguiéndoles de lo peninsular.

En su libro “Viaje a La Habana”, la Condesa de Merlín comenta sobre el gusto por la cocina francesa de las aristocráticas familias habaneras. Incluía al café, por entonces, un ritual al cierre de la mesa criolla. Y por su parte Hazard, en “Cuba a pluma y lápiz”, describe la costumbre de desayunar café con leche, y no solo en la casa opulenta sino en hoteles, fondas y otros espacios públicos.

El gusto por el café fue tan popular que multiplicó el surgimiento de lugares en que el espirituoso se vendía al público. Los locales para café se convirtieron es espacios de esparcimiento y ocio, donde era común conversar y discutir los acontecimientos de actualidad.

El primero de estos establecimientos apareció a finales del siglo XVIII en la esquina de la calle Mercaderes, en la Plaza Vieja. Fue conocido como Café de la Taberna. Luego, a comienzos del siglo XIX, comenzaron a inaugurarse otros cafés: el Café de los Franceses, en el Campo de Marte, y el Café de las Copas, en la calle de los Oficios. Este último fue uno de los establecimientos más famosos por nuclear a los defensores de las ideas constitucionalistas y liberales que llegaban de España.

Entre los más concurridos estaba el Café de la Dominica, en la calle Obispo, frecuentado por los isleños partidarios del reformismo ilustrado. Los comerciantes y viajeros americanos se daban cita en el Café Paloma, y los ricos negociantes peninsulares en El León de Oro, ubicado en la Plaza de San Francisco de Asís, cercano a la bahía. La clase pobre, sobre todo la vinculada a las labores del puerto, se reunía en el Café del Comercio.

En el Café La Lonja los jóvenes se concentraban alrededor de un nuevo entretenimiento, el juego de billar, y el café de la acera del Louvre, en la esquina del Paseo de Extramuros, en Paseo del Prado y San Rafael, era donde las reuniones conspirativas y separatistas se daban cita. Esta zona citadina fue privilegiada además por la aparición de una nueva tipología arquitectónica, el hotel, además de las principales sedes de las Sociedades Regionales Españolas.

Ya en mayoría, a comienzos del siglo XX los populares cafés terminaron integrándose a otros servicios que de manera paulatina se fueron añadiendo a la ciudad. En ese período, la influencia de patrones culturales norteamericanos incidió decididamente en el perfil de las nuevas modas.

Los Cafés Literarios, el Café El Escorial, el Café Habana, el Café La Luz o La Casa del Café en la actualidad –la mayor parte de ellos asentados en la zona turística del Centro Histórico habanero- constituyen puentes que hoy nos trasladan hacia un pasado donde el ocio y el entretenimiento giraban alrededor del aroma de una buena taza de café.

 

 

 

 

 

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