Publicado: Mie, 12 Feb, 2014

Casuales coincidencias

A menudo brota el odio hacia los dictadores Jaimanitas, La Habana. Igual que aquellos dictadores de la Edad Media que establecieron monarquías absolutas, hoy brotan como la mala yerba, convertidos en presidentes a largo plazo, unos a través de fraudes electorales, otros por vías constitucionales que confunden al pueblo por su lenguaje populista.

Quiéranlo o no, aquellos que simpatizan con gobiernos autoritarios, tendrán que aceptar que los dictadores de hoy estén acompañados para siempre en la historia por Hitler, Mao Zedong, Luis XIV, Mussolini, Trujillo, Stalin, Ceausescu, Gaddafi, Hussein, Pol Pot y otros.

Fidel Castro y José Stalin, dos de los que más coincidieron en su política, sobre todo represiva y económica, también resultaron ser verdaderos enfermos al culto de la personalidad, término descrito en 1956 por Nikita Jrushchov, cuando denunció al difunto Stalin en el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS.

A Stalin le gustaba reproducirse en cuadros y estatuas. Llegó a tener 151 en la estación de Moscú. A Fidel, aunque expresara el 26 de marzo de 1962 que era enemigo del culto a su persona, que no llevaría estrellas de general, ni permitiría estatuas, aparece desde entonces de forma constante en la televisión, la radio y la prensa escrita. No sólo por órdenes suyas, sino también a consecuencia de quienes aún practican una desmedida devoción por él, algo esto continúa en los medios de comunicación y sus fotografías ampliadas se exponen en escuelas, oficinas, edificios, etc.

Los que alimentan el culto a Fidel, en vez de poner en una balanza los garrafales errores que ha cometido, prefieren verlo por encima de los mortales en inteligencia y sabiduría, para no perder sus privilegios y pregonan su lucidez, como si se tratara de un milagro a sus 86 años.

Fidel y Stalin, en sus años más lúcidos, se hicieron famosos por sus fracasos en proyectos muy similares, bajo el argumento de atenuar el hambre de sus pueblos.

El georgiano realizó numerosos experimentos con los cítricos en la costa del Mar Negro, se empeñó en sembrar melones durante el rudo invierno moscovita y puso en práctica planes para alterar el ciclo vital de las plantas. Por orden suya se sembró inmensos cordones de cultivos en tierras inapropiadas y en 1948, por iniciativa suya, en el Kremlin se aprobó un decreto que establecía transformar la naturaleza del país.

En Cuba, Fidel se empeñó en disecar la Ciénaga de Zapata, en convertir las aguas de la bahía de La Habana en leche, en la zafra de los diez millones, en el cordón de La Habana y en las siembras de fresas, melocotones, o la producción de faisanes, de vacas enanas, etc.

Hasta en gustos particulares coincidieron estos dos hombres que tanto daño le han hecho a sus pueblos. Si Stalin era fanático a Iván el Terrible, el zar más cruel de Rusia, Fidel lo es de Alejandro el Grande, rey macedonio que conquistó el mayor imperio del mundo antiguo y creó una reputación militar que no ha tenido escasos parangones a lo largo de la historia.

Entre tantas coincidencias, también puede pensarse que tengamos para un futuro cercano un Nikita Jrushchov en Cuba: Miguel Díaz-Canel, quien en un congreso, sea capaz de hacerle un balance a Fidel Castro, se le reconozcan sus crímenes, la irracionalidad con que dirigió el país que tanto daño ha ocasionado a su economía, el caos social y político en el que hoy están envueltos los cubanos, a través del robo, la indiferencia obrera, el unipartidismo y la doble moral.

Solo entonces, Fidel Castro dejará de ser el omnisciente, el invicto, el padre de los todos los cubanos, el hijo de las todas las mujeres de Cuba.

 

 

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