Publicado: Mie, 19 Feb, 2014

Eduardo Facciolo, un mártir de las ideas

Publicación cubana del siglo XVIII Santa Clara. El 7 de febrero de 1829 nació Eduardo Facciolo, primer periodista cubano asesinado por combatir una de las tantas tiranías entronizadas que hemos padecido.

Este mártir de las ideas vio la luz en el pueblo de Regla, al otro lado de la Bahía de la Habana, y lo poco que le recuerda en el presente es que su nombre aun designa la  calle donde naciera,  antes denominada San Agustín.

Fruto del matrimonio entre el español Carlos Facciolo Picardo y una cubana cuyo nombre este torpe escribidor aún no ha logrado develar, el empírico periodista creció en una época de conspiraciones, arrestos, pesquisas y reuniones a escondidas.

Ayudante en la imprenta del periódico Faro Industrial de La Habana, escuchó a grandes de nuestras letras discutir sobre autonomía, libertad y revolución. Por tanto, no es de extrañar que luego de conocer los secretos del oficio, el 12 de junio de 1852 diera a conocer el primer número de La Voz del Pueblo Cubano, publicación donde estos términos aparecían reiteradamente.

El por entonces capitán general, Valentín Cañedo, luego de leer el ardiente contenido de la osada y precursora hoja de la prensa independiente cubana, acentuó los arrestos contra criollos desafectos. Provocaba su ira que cada uno de los 2000 ejemplares  del inflamador impreso instaba a los cubanos a luchar por derrocar el gobierno tiránico que España les imponía.

Los cubanos avivaban sus deseos independentistas a través de la Junta Revolucionaria, mas se requería de una publicación donde responder a los airados ataques que asiduamente la prensa oficial vertía sobre dicha organización anticolonial. De ahí que La Voz del Pueblo Cubano se levantara como estandarte de lucha contra el dominio español en la Isla. El solo hecho de que La Voz circulara por las calles de La Habana y de otras ciudades del país hizo que se saldara en buena parte esa deuda con la Junta.

Por demás está decir que a las masivas detenciones se sumaron esas habituales delaciones que revelan la perversidad que transforma a las personas cuando viven bajo un régimen de terror e intolerancia. Por causa de esa amenaza, y como ya no era un  sitio seguro el cuarto  de Ramón Fonseca, el que fungía como “redacción y talleres”  justo al frente del Palacio de los Capitanes Generales, Facciolo mudó la imprenta  a otro sitio.

Ubicada ahora en casa de un amigo residente en su natal Regla, el 4 de julio del propio año salió el número dos de aquel irreverente impreso. En el mismo tildaban de “General Salchicha” al Capitán General e incluían una poesía en honor a Narciso López, el que hacía apenas un año  fuera ejecutado en La Habana. Era todo un atrevimiento, pero justamente lo que necesitaban los criollos para mantener en alto el ideal independentista.

Pese al control que las autoridades coloniales ejercían sobre la población, y cuando aun no habían  podido dar con los autores de la atrevida página, acrecentó su zozobra la salida a la calle del tercer número el 26 de julio. Esto  provocó nuevos revuelos entre los colonialistas y renovados bríos en el bando insular, mas también graves riesgos para Facciolo y los suyos, quienes por entonces habían trasladado otra vez la imprenta, esta vez a una vivienda de la céntrica calle Galiano.

Pasadas las tres semanas que separaban un número del siguiente, quienes esperaban la menuda y vibrante hoja presenciaron con dolor como el lunes 23 de agosto la policía irrumpía  en la habitación 44 de la calle Obispo, último local donde se refugiara La Voz. Facciolo y sus dos ayudantes fueron detenidos e incautados los ejemplares del ya concluido número cuatro de La Voz. El joven periodista fue enviado al Castillo de la Punta, donde un Consejo de Guerra lo condenó a la muerte en el garrote vil, pena que se ejecutó el 28 de septiembre de 1852.

Aquel proceso judicial siguió los usuales rumbos de otros tantos originados en la delación. Poco más de un siglo después, el mismo día y mes que asesinaron al primer periodista independiente cubano, Fidel Castro instituyó una organización llamada Comité de Defensa de la Revolución, e irónicamente su principal misión fue, y es, estimular la delación.

Por anhelar la libertad para su patria y los suyos, pero más que nada por atreverse a publicar un periódico donde proponía ideas libertarias, en oprobio el régimen colonial español ejecutó a Eduardo Facciolo. Mas con su trágica partida,el joven de sólo 23 años dejó tras de sí un ideal digno de seguir por quienes en Cuba ansiamos una libertad plena.

 

 

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