Publicado: Mie, 19 Feb, 2014

En busca de un techo

Yulieski Gouriel La Habana. La cadena de descalabros hilvanados por la selección nacional de béisbol en la arena internacional hizo sonar las alarmas de autoridades y entendidos de la materia. Cerca de una década pasó ya desde que el equipo Cuba levantó su última corona en la Copa del Mundo Taipei de China 2005, una sequía de triunfos demasiado prolongada para una nación donde la pasión beisbolera no perdona más resultados que primeros lugares.

A pesar de anclar en el tercer puesto del ranking mundial (5to después del III Clásico Mundial de Béisbol), el criterio de que el béisbol cubano frisa el más alto nivel poco a poco desaparece y da paso a una incertidumbre sobre la jerarquía actual. En pronósticos precompetencia ni siquiera la prensa nacional se aventura a vaticinar a la escuadra del patio entre los favoritos al título de una lid, aunque en varias competencias sus contendientes asisten con representaciones sin primeras figuras.

En las presentaciones más recientes, en julio pasado la escuadra principal de la isla sucumbió cinco partidos por cero en un tope bilateral ante una selección universitaria de los EUA. Mientras, en lo que marcó el regreso de Cuba a las Series del Caribe, el Azucareros de Villa Clara, campeón nacional en 2013, se marchó por la puerta estrecha con forja de tres fracasos y una derrota, eliminados en la primera vuelta de un campeonato que, por las nóminas de los contrincantes, se esperaba pudieran avanzar a semifinales.

La decepcionante actuación, al menos, sirvió para reabrir con mayor ímpetu el debate en torno a la decadencia de la disciplina pues, es un hecho que el deporte nacional atraviesa la peor crisis de los últimos cincuenta años.

Al parecer, según han reconocido autoridades de la Dirección Nacional de Béisbol (DNB) y gran parte del periodismo especializado del país, la escasez de triunfos en confrontaciones foráneas pudiera ser una derivación del déficit de calidad. La decadencia está presente en las últimas ediciones del torneo doméstico, donde se desarrollan la totalidad de los atletas criollos, combinado con la creciente participación en eventos internacionales de jugadores profesionales, cuyo oficio dentro del terreno incrementa el techo competitivo.

Desde la Serie Nacional anterior, algunas medidas entraron a “fortalecer” la primera categoría del béisbol, dividiendo el campeonato en una fase de 45 desafíos con 16 equipos. En la segunda, de 42 encuentros, los primeros ocho clasificados de la tabla general de posiciones pugnan por el título de Campeón Nacional.

Precisamente, en la segunda etapa se concentra la expectativa de elevar el techo para nuestros jugadores aglutinando a los mejores “peloteros” de la justa, toda vez que los equipos clasificados están obligados a seleccionar un draft cinco atletas.

Cuando todos esperan cambios estructurales que abarquen el sistema competitivo y económico de la llamada pirámide de alto rendimiento, los cambios efectuados se quedan en propuestas a medias tintas que poco o nada resuelven.

Parece improbable que 40 jugadores de la misma liga repartidos en ocho equipos, puedan apuntalar el salto de calidad esperado y es que, durante la segunda vuelta de la actual Serie, importantes indicadores colectivos como pitcheo y defensa empeoran las medias establecidas en la primera vuelta.

Del mismo modo, torneos de base donde se desarrollan los jugadores del futuro, muchas veces no se juegan por carencias logísticas y de implementos deportivos. Con la supresión de la Liga de Desarrollo se rompió el eslabón necesario entre los campeonatos provinciales y juveniles hacia la primera categoría, máxime cuando las Academias Provinciales de Béisbol, escuelas a cargo de pulir los detalles técnico-tácticos de los peloteros antes de ingresar a la Serie Nacional (SNB), no funcionan al cien por ciento en todos los territorios. En las provincias de Las Tunas y Camaguey en estos momentos se encuentran cerradas.

En más alternativas dispuestas por la DNB, a partir de julio próximo iniciará un campeonato sub. 23 con la incursión de ocho equipos en representación de las diferentes regiones del país. En este participarán jugadores considerados prospectos, provenientes de cualquiera de las categorías existentes.

También se autoriza la contratación de jugadores cubanos en activo para la plataforma profesional en el periodo comprendido entre la finalización e inicios de las Series Nacionales, recibiendo según han dicho las autoridades, todos los beneficios monetarios, aunque deberán regirse por cláusulas estipuladas por el Instituto Nacional de Educación Física y Recreación (INDER), destinadas a “proteger” a los atletas de cualquier forma de mercantilismo.

En 2012 las estrellas cubanas Michel Enríquez, Alfredo Despaigne y Yordanis Samón, vistieron la camiseta de los Piratas de Campeche en la Liga Profesional Mexicana, donde solo Despaigne pudo descollar en el cajón de bateo. Con anterioridad, retirado del béisbol nacional, Omar Linares, quien es considerado quizás el mejor exponente de todos los tiempos del béisbol cubano, formó parte del equipo profesional japonés Dragones de Chunichi.

Para la opinión pública nacional, los permisos para que jugadores cubanos participen en ligas rentadas subyacen irónicamente sin cuota de ética. Eliminada la Liga Profesional Cubana (LPC), el 14 de enero de 1962, durante la inauguración de la primera SNB, el entonces presidente Fidel Castro proclamó que el acontecimiento significaba “el triunfo de la pelota libre sobre la pelota esclava”.

El anti profesionalismo alcanzó matices tan altos que ex peloteros de la extinta Liga Profesional que colaboraban como entrenadores y managers en las nacientes series, tenían prohibido pisar la grama del terreno de juego mientras se desarrollaba un partido oficial.

Cincuenta y dos años más tarde entonces vendría como anillo al dedo un razonamiento, ¿sería este el triunfo de la pelota esclava sobre la pelota libre?

 

 

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