Publicado: Mie, 12 Feb, 2014

Las campañas del 2014 nos traen nuevas ilusiones

ALPHA 66 Miami. El año 2014 acaba de empinarse por el horizonte. Para los que no perdemos la fe, comienza un nuevo ciclo de esperanza. Ninguna dictadura puede ser eterna. Unas caen temprano, y otras demoran en su derrocamiento, como es el caso de la que le ha tocado sufrir al infeliz pueblo de Cuba. Sí, demoran infinitamente en caer, pero al final, de una u otra forma todas se desmoronan. Convertidas en polvo y ceniza, el viento de la libertad las envuelve y en espirales las arrastra hacia el basurero de la historia.

La dictadura de nuestro país no va a ser una excepción. Cuando ocurra el colapso, quedarán al descubierto todas las mentiras, las sucias artimañas que a través de los años se han valido quienes privaron a la población cubana de su libertad y sus sueños y distorsionaron la realidad para en diversas partes del mundo conseguir la indulgencia de instituciones y gobiernos, de intelectuales y artistas. Y habrá llegado entonces el momento de desenmascarar la hipocresía, la falta de sensibilidad humana que ha existido ante la tragedia que nos ha tocado vivir en la isla caribeña durante la diabólica existencia del régimen comunista.

Para nadie debería ser un secreto que además de la imposición del terror, la “revolución” de los Castro está fundamentada en la falsedad y la falta de escrúpulos. Se dio a la tarea de exportar una imagen sublime, astutamente maquillada, distorsionadora de la doliente realidad que con saña y cobardía nos fue impuesta.

Desde luego, no se trata de una práctica novedosa. Mucho antes lo pusieron en práctica Adolfo Hitler y el camarada Joseph Stalin, tanto en la época del masivo aniquilamiento de personas indefensas en las tristemente recordadas cámaras de gas de Auschwitz y Treblinka, como en los campos de trabajo forzado del horrendo Gulag. Entonces una parte importante de la comunidad internacional hizo silencio cómplice. Sin embargo, ambos fueron mentores en el ideario ideológico y político para enmascarar atropellos y crímenes que conformaron la personalidad de los esclavizadores de Cuba. Y desde 1959, quienes detentan el poder en mi país utilizaron ese método con habilidad, dándoles buenos frutos.

Es lo que los Castro han logrado con éxito al penetrar las frágiles mentes de un mundo donde, al parecer, para muchos tienen más importancia las hamburguesas y la Coca-Cola que el prolongado sufrimiento de un pueblo, no importa que sea Cuba, Venezuela, Corea del Norte, Siria o cualquier otro país oprimido. Se identifican fácilmente con la mentira si esta conviene a sus intereses económicos o de cualquier otra índole. Poco importan los valores fundamentales de la persona humana y sus sufrimientos.

Son ya más de cinco décadas de imposiciones arbitrarias y de falsedades en nuestro país, consciente o inconscientemente ignoradas por no pocos políticos, intelectuales e incluso por religiosos de todos los niveles. Entre ellos, el controversial Cardenal Jaime Ortega Alamino, quien tanto gustó de bailar al compás de la música oficialista y ser sumisamente complaciente con los hermanos Castro.

También más de cinco décadas de silente complicidad por parte de ese mundo multifacético, compuesto por artistas, músicos, cantantes, poetas y locos, y hasta por amplias comunidades de frustrados en personalidad y débiles de espíritu. Personas de mediocres sentimientos que en todos los rincones del planeta se sienten aparentemente ofendidos por el progreso y las amplias libertades que, como país libre y civilizado, ha llegado a alcanzar desde su independencia los Estados Unidos de América. Seres humanos a quienes les faltan los mejores ingredientes de sensibilidad porque viven atrapados en las redes del rencor y la envidia.

Y no es que sientan verdaderas simpatías, o les motive lástima la personalidad de un barbudo engreído, y en la actualidad decrépito y en pleno umbral del purgatorio. O que les inspira la más mínima fe los anunciados “cambios” del heredero del trono comunista, porque bajo la asfixiante tiranía el presente no cuenta y el futuro no existe. Es otra la razón que los mueve: el veneno de sus propias frustraciones.

Es el resentimiento contra esa raza de cubanos exitosos a pesar del destierro, invencibles en su espíritu democrático y en su fe de triunfar en la lucha por la libertad de Cuba, a quienes perversamente tratan de vincularnos con los intereses de los Estados Unidos. No son capaces de reconocer la grandeza de una nación que ha sacrificado a decenas de miles de sus mejores hijos por llevar la libertad a otros países brutalmente oprimidos.

No, definitivamente no los inspiran los Castro y su andrajoso sistema totalitario. Es simplemente el puente, la máscara carnavalesca con que la que esa comunidad de hipócritas cubre su rostro cuando todavía andan gritando y rezando padrenuestros por la salud de un diabólico tirano que debía ser la vergüenza de la Humanidad.

El triunfo sobre la maldad, sin claudicaciones y sin componendas viles, por el que tanto hemos luchado los cubanos dignos, es un proceso irreversible que está próximo a culminar. La dictadura comunista en nuestro país esta acorralada y al borde del precipicio. Nada, absolutamente nada puede salvarla. Sus raíces están sustentadas en la temblorosa fragilidad de un pantano. Así también están las endebles rodillas de quienes por mucho tiempo se creyeron dueños del sol y las estrellas, de montañas, valles y las apacibles olas que bañan las costas de esa tierra santa que en cada amanecer reverdece y se agiganta en nuestras arterias.

En presagio de esa tormenta nacional que se les viene encima, ya hemos visto cómo las ratas nauseabundas han comenzado a abandonar sus madrigueras y a saltar por la borda, conscientes de que la nave de la “revolución invencible” empezó a hacer aguas en el preludio de ese naufragio estrepitoso y aleccionador que inevitablemente se le viene encima.

Cuando llegue el instante de la redención y las víctimas de la tiranía hayan conquistado su derecho a ser libres; cuando la justicia pueda abrirse paso entre los torturados y los muertos y la estrella solitaria de nuestra bandera vuelva a resplandecer de luz, muchos nos sentiremos felices de no haber claudicado, de haber sido intransigentes en el amor a la patria y en su fiel defensa.

 

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