Publicado: Mie, 26 Feb, 2014

Parnaso carcelario

La Moderna Poesía La Habana. En su libro Poemas del tamaño de una naranja (1979), el escritor argentino Jorge Boccanera señala en su Ensayo sobre la honestidad poética: “No es que los poetas mientan/es que los mentirosos/quieren hacer poesía”. Y eso sucede en todas las latitudes. Se mata la auténtica poesía. Se usa como trapo de cocina cultural. La convierten en wáter de sucias vanidades.

Y en Cuba no es la excepción. Aquí cualquier zascandil con ínfulas de versificador que logre parear con alma y talento de pregonero “toma un limón/mi corazón” se autodenomina poeta. O, lo que es peor, si tiene amigos o amantes en una editorial, mecenas en el exterior, o se declara fiel a la revolución (o contra), y estuvo preso por una causa u otra, se publica.

No importa si el fabricante de versos a granel los construye en una poltrona de la Casa de las Américas, pipa en mano, ceño fruncido, bufanda alrededor del cuello porque hay frío en Holanda, o en un calabozo del Combinado del Este o Nieves Morejón, con un mocho de lápiz, agachado sobre un baño turco, en guardia contra el vigilante y otras ratas: se publica.

Pero más allá de que todos tengan el derecho de querer  dar a conocer sus estudios filológicos o sacrificios humanos a través de la musa que creían dormida en su interior, a los lectores hay que respetarlos. Sin querer que muestren la exquisitez de un  Rimbaud o un Neruda, o el horror de un Hikmet o un Vallejo, al menos  den algo de poesía y no basura.

Basta ya de llenar los anaqueles de las librerías con algo que nadie lee (sólo el autor en sus ínfulas), compra o logra aprender ni siquiera un verso, pues teme poner en peligro su vida espiritual con esas embriagueces seudoliterarias. Como dijo el gran Apeles: “Zapatero a tus zapatos”, y dejen en paz ese “modo de comunicar algo indecible”, según Martínez Bonati.

Qué lejos están los poetastros seudolibres o excarcelados cubanos del concepto acuñado por Wolfgan Káiser en su manual de interpretación y análisis de la obra literaria, donde señaló sobre la poesía: “en lo lírico se funden el mundo y el yo, se compenetran. Lo anímico impregna la objetividad y esta se interioriza”. Pero aquí no es justo  pedir peras al olmo.

Sin embargo, hay que ser más humildes y desterrar esa arrogancia de hacedor de poesía con su carga de ridiculez. También ser más sensato y pedir a los amigos, amantes editores, o cofrades en el guateque del comunismo, y a los patrocinadores en el extranjero, que no se presten a difundir la peste poética por interés político, pues están enterrando la poesía.

Una muestra de lo mal que andan por el reino de Polimnia nuestros “bardidos” (bardos heridos de autosuficiencia) son las (Des) Articulaciones, antología de los Premios de Poesía otorgados por la Gaceta de Cuba 2000 – 2010. O también el Nicolás Guillén. Todos serán pastos del olvido. Se precisa cuidado al publicar. Hay que salvar los árboles y la ecología.

Poetas cubanos encarcelados por razones políticas en diversas épocas, como Ángel Cuadra, Tania D. Castro, Raúl Rivero, María Elena Cruz Varela y Jorge Olivera,  ya eran poetas o luego demostraron serlos por la calidad de sus obras escritas. Pero si Antonio Guerrero no es poeta por estar preso, tampoco lo es Néstor Rodríguez Lobaina porque lo estuvo.

Ser licenciado en filosofía y español o caer preso por matar una vaca o gritar abajo la revolución, no son atributos suficientes para escribir poemas. Se necesita talento, ese don que a diario obvian fabricando versos como se ponen ladrillos en una pared, esos falsos poetas que, libro bajo el brazo, y presentación ruidosa bañada con alcohol, matan la poesía.

Si en el prólogo al libro  Los poetas de la guerra (Patria, Nueva York, 1893), José Martí señaló: “Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían, rimaban mal a veces, pero sólo pedantes y bribones se lo echarían en cara: porque morían bien”, hoy  no hace falta ese heroísmo, y si lo hiciera,  ningún “peota”  cubano pondría en juego su vidita.

Por esa y muchas otras causas  es que los espurios versificadores cubanos jamás obtendrán la bendición de unos lectores que, en  coincidencia con lo escrito por Jorge Boccanera en su Del oficio de la poesía, piden a gritos y con más que suficiente razón:

“Hay que incendiar la poesía

Y cantar luego

Con las cenizas útiles”.

vicmadomingues@gmail.com

 

 

 

 

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