Publicado: Mar, 27 May, 2014

¿Habrá verdadera autonomía empresarial?

Feria de La Palma La Habana. Por estos días, cuando la propaganda oficialista cubana insiste en que se crean las condiciones para la promulgación de una Ley de Empresas, que otorgará más autonomía a esas entidades estatales con vistas a que funcionen con mayor eficiencia, es inevitable que nos asalte el escepticismo. Sobre todo si rememoramos anteriores intentos de autonomía empresarial que concluyeron en el fracaso. Hagamos un poco de historia.

Después de la locura idealista del Che Guevara con su Sistema de Financiamiento Presupuestario, que presuponía un nivel máximo de centralización económica, donde no existían las relaciones monetario-mercantiles entre las empresas, los gobernantes de la isla comprendieron que era necesario enmendar el rumbo económico del país. Fue entonces cuando decidieron implantar el Sistema de Cálculo Económico, que regía en las naciones comunistas de Europa oriental.

Este mecanismo de dirección se basaba en el otorgamiento de personalidad jurídica a las empresas, y que fueran capaces de ser rentables sin la tutela del presupuesto estatal; es decir, que costearan sus gastos a partir de sus ingresos. Las empresas tenían la facultad de otorgar premios, primas y distribuir entre sus trabajadores parte de la ganancia obtenida.

Sin embargo, el Cálculo Económico chocó contra el inmovilismo burocrático – y el dogma ideológico- del aparato de poder. Comenzaron a expresar que los mecanismos económicos, por sí solos, no eran suficientes para construir el socialismo, y que se estaba descuidando el trabajo político-ideológico con las masas. Y muy importante: el castrismo quería alejarse cuanto antes de las prácticas que tenían lugar en los países del “socialismo real”, donde ya penetraban las primeras luces de la perestroika gorbachoviana. Así abortó aquel experimento de autonomía empresarial, y la sociedad cubana conoció de una recentralización económica en el contexto de la “rectificación de errores y tendencias negativas”.

Ahora, además de la triste herencia del pasado, contamos con elementos objetivos que nos llevan a dudar de la viabilidad de la pretendida autonomía. La edición extraordinaria no. 21 de la Gaceta Oficial de la República de Cuba, publicada el pasado mes de abril, refiere los indicadores directivos que tendrán que cumplir las empresas estatales: las ventas netas totales, las utilidades del período, el encargo estatal, las ventas para la exportación, el aporte por el rendimiento de la inversión estatal, la rotación del capital de trabajo, y el aporte en divisas. O sea, que buena parte de la gestión de una empresa va a estar dirigida y controlada por los organismos superiores.

A semejante supervisión tampoco escapa el plan de producción o servicio de las entidades. Se estipula que este sea aprobado por el presidente de la Organización Superior de Dirección Empresarial, una instancia intermedia que sustituye en estos trajines a los ministerios ramales. Es decir, que los colectivos laborales no podrán decidir acerca del tipo y la cantidad de productos a elaborar o servicios a prestar.

En esas condiciones, aun con ciertas potestades que gozarán los empresarios -como, por ejemplo, la aplicación de los sistemas de pago-, es lógico que en la mente de trabajadores y dirigentes empresariales se mantenga firme la idea de “mirar hacia arriba” para saber cómo conducirse.

Precisamente, y como prueba de que esa anomalía no se circunscribe al marco empresarial, tenemos lo publicado por el periódico Juventud Rebelde, en su edición del pasado domingo 18 de mayo. En el reportaje “Síndrome del elefante” se concluye que una de las razones por las que las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC) no han podido aplicar satisfactoriamente las 17 medidas gubernamentales tendientes a reanimarlas -entre las que figura la autonomía-, es el síndrome de dependencia que afecta a esas entidades.

Claro, aquí el castrismo se enfrenta a una encrucijada: ellos saben que sin autonomía no hay eficiencia productiva. Pero, por otra parte, esa autonomía generaría independencia económica, y a la postre el aflojamiento del control político de la sociedad.

Orlando Freire Santana

Orlando Freire Santana es periodista independiente

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