Publicado: Mar, 6 May, 2014

La masa cubana va por buen camino

Los convocados odian en silencio Santa Fe, La Habana. La masa cubana nunca se caracterizó por derrocar un gobierno indeseable. Lo prueba nuestra historia, sobre todo la más reciente, cuando jamás llevó a cabo las huelgas generales ordenadas por Fidel Castro para el 5 de agosto de 1957 y el 9 de abril de 1958, con el fin de acelerar la caída del dictador Fulgencio Batista y poner fin a la lucha terrorista urbana y la guerra de guerrillas.

En el Manifiesto de 21 puntos, escrito por Fidel Castro en febrero de 1957, aparece el recurso de la huelga general. El futuro dictador decía confiar en la acción de las masas, a pesar de que sólo existía tradición de heroísmo en sus minorías.

De adolescente, fui testigo de las primeras manifestaciones habaneras de repulsa a Batista, en abril de 1952, integradas por estudiantes universitarios. Vivía a tres cuadras de la Universidad y muchas veces contemplé bien de cerca a Luis Blanca Fernández, José A. Echeverría y Juan Nuiry, al frente de veinte o treinta jóvenes. Por la calle San Lázaro, por donde desfilaban, vecinos y transeúntes los observaban en silencio, mientras la policía se mantenía a la expectativa.

De esa forma, se vieron aquellos primeros brotes de oposición estudiantil, hasta que comenzó a aumentar su nivel de agresividad, lanzando piedras contra la policía, los que con fuertes surtidores de agua, trataban de disolver las protestas. Meses después se enfrentaban a tiros, ya armados los estudiantes.

El 15 de enero de 1953, cayó muerto el estudiante Rubén Batista, el primer mártir, fueron arrestados 175 universitarios y por último, ante el clima de violencia imperante, la Universidad decidió su clausura.

Pero, ¿qué hacía la población cubana, con sus seis millones de habitantes? Nada. Los trabajadores acudían a sus labores, los padres enviaban a sus hijos a las escuelas y la juventud no dejaba de divertirse en los centros recreativos.

Ya en 1956, dos de las organizaciones más radicales, se habían convertido  en un movimiento de acciones terroristas, que jamás la masa secundó. Se sabía incluso que numerosos revolucionarios morían a consecuencia de sus propias bombas, como son Urselia Díaz Báez, Enrique Hart Dávalos, Carlos García Gil y muchos otros.

No fue cierto que el saldo de aquella etapa insurreccional fuera de veinte mil mártires, invento del periodista de la Revista Bohemia, Enrique de la Osa, falsedad que el gobierno castrista ha mantenido durante décadas como real. Apenas cien o ciento y pico de terroristas cayeron en choques con la Policía, más unos quince o veinte torturados y asesinados por último.

Esta puede ser la razón por lo que la masa no obedeció a Fidel Castro, cuando éste ordenó huelgas generales. El pueblo lo veía como el jefe de una guerra violenta, tanto en las lomas, como en la calle.

Pero, ¿qué ocurre hoy a la masa cubana, en presencia de la dictadura más larga y cruel de Cuba? ¿Por qué no hace lo mismo que los venezolanos o los sirios?

Para esta pregunta hay una sola respuesta: La masa cubana actúa en consecuencia con la forma de lucha pacífica que la oposición mantiene desde 1987.

Esa masa, que depende salarialmente del amo-estado -3.5 millones de trabajadores estatales-, que ha sufrido las represalias del gobierno ante todo aquel que disiente de la política oficial, es hoy una masa inteligente, que ha optado por una lucha no violenta, tenaz y perseverante contra el comunismo, consciente además de que es responsable de los males del gobierno y no el Embargo Comercial de Estados Unidos, al que llaman Bloqueo. -Fue también impuesto en China hasta 1972 y no fue obstáculo para que ese país asiático se convirtiera en una potencia económica-.

¿Acaso esa masa pone en práctica una estrategia de la oposición? No. El gobierno sabe perfectamente que se trata de una reacción popular voluntaria, inédita en nuestro quehacer histórico y en franco desacuerdo con el régimen.

Raúl Castro lo dijo en julio de 2011: “El mayor obstáculo que enfrentan las Reformas aprobadas es la barrera psicológica formada por la inercia, el inmovilismo, la doble moral, la indiferencia”. Y agregó: “A lo largo de los últimos veinte años, se ha acrecentado el deterioro de los valores morales y cívicos de la población, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás”.

Se refería a los que no producen o producen mal, a los que atentan contra el ornato público, a los que copian modas norteamericanas, a los que roban el pan para sus hijos, a los que no interesa ser obreros de vanguardia, a los que hablan mal del gobierno por los pasillos, a los que venden por las calles, a los que dicen palabras obscenas porque se les acabó el miserable salario y tienen hambre, a los que evaden las reuniones políticas, etc., etc., etc.

Estamos pues ante un estilo de lucha popular contra el castrismo, que la dictadura no ha podido controlar y que ha ido en aumento en los últimos ocho años de dinastía raulista.

 

 

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