Publicado: Mie, 11 Jun, 2014

Tumulto y lesiones en fiesta religiosa infantil

Iglesia católica La Habana. Varios niños resultaron heridos con lesiones leves el sábado 10 de mayo pasado en la parroquia católica habanera de La Medalla Milagrosa, en el barrio de Santos Suárez, municipio 10 de Octubre. Al ordenar el párroco arrojar golosinas desde el campanario a una multitud que se aglomeró en la calle, la fiesta infantil terminó en violento tumulto.

Según vecinos, el padre Paúl Jesús Ma. Luzarreta convidó a mil niños del barrio para la misa y fiesta, y los concentró ante el pórtico del templo para que les fueran arrojados los dulces. Durante la misa fue visible una piñata en el templo y que los adultos no podían controlar tamaña multitud de infantes. Mas el párroco había planeado la lluvia de golosinas desde el campanario, pese a que en reunión previa una catequista le aconsejara dividir a los niños por grupos en torno a varias piñatas.

En Cuba las golosinas las vende el Estado en sus tiendas dolarizadas, y un chocolate bien puede costar $1.20 dólares, más que el salario diario de un cubano, por lo que estos dulces resultan un lujo fuera del alcance de muchos.
Por eso, al producirse el incidente, según expuso un testigo:

-La multitud de niños era demasiado grande para piñata alguna. Se desparramó delante del templo, por la calle Santos Suárez, obstruyendo el tránsito y expuesta al atropello de algún ómnibus o auto que viniera por la calle Paz y doblara la esquina. Desde el campanario, tres jóvenes les arrojaron gran cantidad de chocolates, caramelos, galletas, y abajo todos se empujaron y muchos pelearon a puño. Hasta algunos adultos se mezclaron con los niños en la rebatiña. Vi a una niña que la condujeron cargada a la iglesia, alguien dijo que desmayada, no lo sé; a otra la vi llorando, con la cara arañada. Desde la acera de enfrente, el padre Luzarreta con un megáfono ordenaba a los jóvenes de la torre hacia donde debían arrojar los dulces.

Una católica opinó sobre el hecho:

-¿Qué le impedía al padre organizar la entrega ordenada de esas golosinas y ponérselas en la mano a cada niño? ¿O colgar varias piñatas, como han hecho en la vecina parroquia de Jesús del Monte donde apenas reúnen cuarenta niños? Además, desde la altura de un campanario un caramelo o un paquetico de galletas pueden pegar como una pedrada. Eso de arrojarles comida como a los animales nunca debió ocurrir y creo que el padre lo hizo a propósito, como un acto de desprecio.

Otra fiel, ya anciana, expresa algo parecido. Se declara ofendida: “¡Indignada como patriota y revolucionaria!” Pero no se atreve a decírselo al padre.

Y por exageradas que parezcan tales acusaciones, se basan en el hecho de que el padre Luzarreta, pese a su intenso activismo caritativo en el barrio y entre sus mismos feligreses, acumuló mala fama de déspota que se goza en humillar intempestivamente a las personas, particularmente a los ancianos.

Es una conducta de agresividad – verbal y hasta física – que muchos explican por alguna perturbación mental. Ya le costó la bofetada de una mujer durante un bautizo, insultos en otras ocasiones, amenazas por parte de hombres que se dijeron calumniados por él y – al menos dos veces – desafíos a pelear.

Una señora que llevó varios niños, declara:

-Fue angustioso verme atrapada con los niños en ese desorden; los mayorcitos no me hicieron caso y se metieron. Con mi cuerpo contra la pared cubrí a las más pequeñitas. Una de cuatro años se me quería escapar y entrar en el molote. Luego que aquello acabó, no encontraba a los niños que llevé.

El periodista autor de este trabajo verificó que durante el desorden una niña de 5 años recibió un puñetazo en un ojo; otra sufrió tirones del cabello y arañazos en la cara, y que hubo una niña que entraron cargada a la iglesia, al parecer desvanecida. Además, se rumora sobre un niño con la cabeza rota.

Nadie coordinó con las autoridades para que se desviara el tránsito de la esquina de Santos Suárez y Paz, por lo que cualquier chofer que doblara a la derecha habría tropezado de improviso con la multitud. Tampoco hubo policías que guardaran el orden.

El párroco, de 77 años de edad, pasó por alto los peligros pese a advertencias y malas experiencias precedentes, como la ocurrida hace un par de años, y también con una piñata. En aquella ocasión la multitud de niños derribó a la catequista Mariela Tijero, quien se partió un brazo en la caída.

 

 

 

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