Publicado: Mie, 11 Jun, 2014

Un viejo dictador al volante

Almendrón en Habana Santa Fe, La Habana. No, no se trata de un general cualquiera que botea un taxi en busca de chavitos, moneda que sirve en Cuba para comprar productos extranjeros en las llamadas “shopping”. Se trata del general de Ejército Raúl Castro, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

Si es verdad o no, claro que no tengo como comprobarlo. Pero miré a los ojos de quien me lo aseguró y vi sinceridad en él, un empleado de una paladar de Santa Fe, pueblo costero del oeste de La Habana, que vende cajitas de comida criolla: masas de puerco frita, arroz congrí y boniato hervido.

-Era Raúl, él mismito. Se lo juro, abuela, por mi madre que está en su tumba. Llevaba una camisa de color azul marino y unas gafas oscuras para el sol. Íbamos cinco en el viejo almendrón norteamericano, un almendrón recién pintado de verde claro, con asientos tapizados en vinil gris. Yo iba detrás, entre dos señoras. Una blanca y otra negra y lo reconocí, lo reconocí, lo juro. Era Raúl haciéndose pasar por un chofer de almendrón.

Por mucho que traté, no aceptó que pusiera su nombre en este relato suyo para Internet. Abrió los ojos espantado y me contó que tiene causa pendiente con la Justicia por vender de forma ilícita unos pomos de perfume en la calle, que ya conoció las galeras de la prisión Combinado del Este y que no vuelve “pal tanque” ni muerto.

La historia de Raúl disfrazado no me convenció del todo.

¿Para qué hacerse pasar por un taxista? ¿Para conocer qué piensa la gente de su nuevo mandato en el gobierno? ¿Acaso no tiene para eso a experimentados agentes que cada semana le reportan el estado de opinión del pueblo, ese pueblo indisciplinado, renuente a trabajar para el socialismo?

Pero ¿y si Raúl -tan pragmático y desconfiado como dicen que es- quería constatar esas opiniones de primera mano? ¿Si necesitaba escucharlas de forma espontánea, sin miedo ni reservas, fuera de reuniones o asambleas parlamentarias y mucho menos ante el impresionante espectáculo del Palacio de las Convenciones?

Un taxi, en cambio, es el lugar más propicio para dar rienda suelta a la lengua de las masas.

El empleado del paladar terminó diciéndome que el chofer de las gafas oscuras, o sea, Raúl Castro, se mantenía callado mientras sus cinco pasajeros hablaban de la situación que vive el país: la mujer vieja y negra, se quejaba de que ella había vuelto al oficio de su abuela para sobrevivir: lavar para la calle, como tenían que hacer las negras en el capitalismo; que Raúl, o sea, el chofer de las gafas oscuras, no decía ni pío. Ni siquiera cuando el joven que iba a su lado exclamó en voz baja: “Señores, cuidado, que pueden haber micrófonos en este carro y llegar a oídos de Fidel”.

Por último que él, a punto de bajarse, sobre todo para ver qué cara ponía Raúl debajo de sus gafas oscuras, exclamó:

-Esperemos que se acaben de morir estos dos viejos cagalistrosos, para que esto comience a mejorar.

¿Qué cara puso?, le pregunté.

Nada, no movió ni un músculo de su rostro. Manejaba con la vista fija al frente, inalterable, como todo un general. Era Raúl, él mismito. Se lo juro, abuela, por mi madrecita que está en su tumba.

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