Publicado: Mie, 17 Sep, 2014

Escasas opciones de trabajo para los ancianos

Imagen 009 La Habana. Los tiempos actuales se caracterizan por las novedades tecnológicas que constantemente cambian todo lo creado hasta el presente. Y los seres humanos se suman a este afán de novedad en un intento de mantenerse jóvenes y capaces, intentando evitar caer de golpe en el grupo de los ancianos.

En la vida laboral, la juventud tiende a ser cada día más efímera. Para ciertos trabajos se requiere de una imagen lozana, y no se puede rebasar los 35 años. No importa si la persona con mayor edad tiene buena presencia, muchas veces, pese a la experiencia laboral o el conocimiento adquirido por la práctica que tengan, su fecha de nacimiento se convierte en un obstáculo a menudo insalvable.

Por eso, se vuelve en extremo azaroso buscar empleo pasados los cuarenta años, o con más de 50. Es este un momento del presente en el que, a pesar de quedarle el período de una década o más de trabajo útil a la persona aspirante a empleo, es difícil contar con la disposición a aceptarle por parte de los que ofertan ocupación.

La Habana es la capital de un país envejecido, en el cual por decenios no se creó la infraestructura necesaria para sostener a una población compuesta en su mayoría por ciudadanos que, aunque tienen padecimientos, están aún lúcidos y se sienten fuertes para continuar buscándose la vida con un empleo. Sin embargo, no tienen oportunidades de vincularse a la vida laboral porque no se ha pensado y contado con ellos para esta finalidad.

Tengo mis achaques y ya no puedo valerme con la rapidez de antes. En mi trabajo me quisieron contratar, necesito el dinero, pero queda muy lejos de mi casa y prefiero no comprometerme con un empleo que después no pueda cumplir”, asevera una oficinista jubilada.

Y otra persona, que laboró en una empresa capitalina por más de tres décadas, nos dice: “Si hubiera donde trabajar cerca de la casa, o un transporte seguro que nos llevara y trajera, muchos pudiéramos ser útiles”, afirma.

En Cuba las mujeres se jubilan a los 60 y los hombres a los 65. Dichas edades están dentro del rango internacional pero muchos hombres se quejan porque han tenido que trabajar bajo condiciones laborales desfavorables. Así sucede con los obreros cuyas ocupaciones se apoyan mucho en la energía física, y que mayormente por esa causa arriban a los 60 años con enfermedades profesionales que limitan su eficiencia.

Algunos temas de estudios, las prácticas deportivas como las del Tai Chi y la artesanía son actividades que se han encasillado para los miembros de la tercera edad, sin darles la oportunidad de que puedan sugerir otras en las que también pueden trabajar, ahora que se amplían las ofertas de empleo no estatal.

Con los graves problemas que presenta el transporte y el burocratismo desmedido para otorgar locales de una entidad a otra privada o cooperativa, los ancianos se ven limitados para desempeñarse en oficios y profesiones. De no ser así, percibirían un incentivo económico y no tendrían que vagar por las calles como buhoneros, vendiendo cigarrillos o bagatelas, lo que para colmo los expone a tener que pagar multas o a que les decomisen las mercancías.

Queda mucho por hacer todavía. Un jubilado promedio recibe de pensión mensual alrededor de 230 pesos, los que equivalen a menos de 10 CUC (Moneda Nacional fuerte o convertible). Y tiene que pagar cuentas, a veces onerosas como las del fluido eléctrico, el teléfono o el plazo correspondiente a útiles del hogar adquiridos a crédito, además de comprar medicamentos y alimentos que no siempre son subsidiados. Es muy poco lo que reciben y tienen razón en intentar buscar la vía para mejorar el escaso ingreso.

Son los que hacen las faenas cotidianas en sus casas para ayudar a los más jóvenes en edad laboral. Si por casualidad enferman, se vuelven un problema porque no todos los trabajadores, ante una situación fatal, dejan sus empleos para cuidar a familiares enfermos que pasan a ser minusválidos y necesitan ayuda para comer, caminar, bañarse, entre otras acciones. Pocos son los trabajadores sociales que los asisten y apenas hay personal médico que les preste atención.

Entre los 65 y los 75 años, las personas de la llamada Tercera Edad debieran tener una vida más útil. La negativa no es por ellos. Este pertinaz impedimento al sentirse marginados y no poder dar todo de sí, cuando en un pasado, muchas veces reciente, ayudaban a su familia en todos los ámbitos, hace que se agudicen enfermedades ocasionadas por el estrés y la depresión.

Habría que pensar más en el potencial que aun pueden ofrecer los ancianos con experiencia en sus profesiones. Muchos podrían reinsertarse en distintos centros de trabajo para dar su contribución a la economía. Son nuevos tiempos, de durezas hasta en lo más elemental, en los que este sector poblacional enfrenta el desafío de trabajar con grandes dificultades, impulsado por una creciente necesidad.

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