Publicado: Mie, 17 Sep, 2014

Impuestos… ¿para qué?

¿Qué se hace y piensa hacer con las recaudaciones impositivas?

Impuestos...para que La Habana. El sistema impositivo cubano lleva pocos años en marcha. Apenas ha tocado directamente al sector laboral, concentrándose ávidamente en el trabajo privado, denominado “cuentapropismo” en neolingua totalitaria. Sin embargo, hace rato se viene anunciando por parte de las autoridades la amenaza de extenderlo a todo lo que se mueva y tenga posibilidad de producir en beneficio particular.

Muchos simpatizantes extranjeros del régimen militar, y algunos inamovibles entusiastas del patio, consideran que esto es muy justo. De hecho, incorporar al sistema financiero y laboral nacional un procedimiento arancelario que recaude para al gobierno-Estado una buena parte de lo que la población se produzca en beneficios es una práctica generalizada de los gobiernos. Teóricamente, así redistribuyen la renta nacional de una manera más justa y hasta estimulante.

El problema es que los últimos acontecimientos que en mayoría provocaron, y aun sostienen, la larga crisis económica mundial en buena parte de los países contemporáneos, es precisamente la política de “justicia social” y clientelismo subvencionador que los sucesivos gobiernos democráticos ejecutan luego de recaudar impuestos.

Mas, por mala que haya sido esa política, ni comparación tiene con los extremos a que por decenios pone en práctica nuestros inmutables estadistas, para colmo nada democráticos, basado en supuestas gratuidades que reparten, como las maltrechas salud y educación públicas. Y es que, a fin de cuentas, en realidad han sido pagadas en su mayoría con un tercio de lo que percibe por su trabajo el 90% de la fuerza laboral de la isla, faenando sólo para un empleador abrumadoramente mayoritario.

Desde mucho es una dura realidad conocida en carne viva que la mayor parte de los salarios que paga este insensible patrón no alcanzan para cubrir ni siquiera un mes. La política de Castro II de emprender el “fin de las gratuidades”, o de las subvenciones clientelistas a la población, no incluye la correspondiente y proporcional liberación económica sin excesivos controles burocráticos para que cada cubano libremente emprenda y produzca en su beneficio. Por el contrario, cada vez se hace más patente que los que controlan el poder de la nación no quieren una pujante prosperidad general que se les vaya de sus férreos registros.

El resultado cosechado de este prolongado “sí, pero no” es una enorme frustración, una sensación de sinsentido de la vida, que pesa cada vez más sobre el cuerpo y el alma de la nación, y así lo demuestra la creciente emigración de los más jóvenes.

Cómo única respuesta a este contrasentido, sólo se oyen las exhortaciones oficialistas de aumentar la producción para ganar más. De estar vivo, le darían una alferecía de muerte hasta ese gran equivocado propugnador de la economía estatal que fuera John M. Keynes, quien precisamente promulgaba lo contrario.

Y pese a todo este callejón sin salida, continuamos con un trabajo privado muy limitado en autorizaciones de oficios y servicios, sin un mercado mayorista que lo suministre, y con recientes mayores restricciones a la importación particular hasta para lo que no se produce en el país (que es infinito, en lugar de autorizar la importación particular por conteiners, pues se carece de cualquier cosa imaginable).

Y todo ello sin que siquiera se conozca esa gran revelación que pone todo en su crudo sitio, y que permanece extrañamente ausente de informes oficiales, discusiones a alto nivel o al menos un diminuto titular en la prensa: el “índice de inflación”.

¿Qué índice de inflación tenemos en Cuba? Es algo tan innombrable, aunque muy presente, como “cólera” o “índice de humedad”. Pero sin saber de ese termómetro económico, sin llevar una constante pública de cómo va subiendo o bajando (tal nos parece decir Decemer Bueno), ¿cómo vamos a saber si mejoramos o, como todo el mundo sospecha, nos hundimos más cada día?

Entonces, si se mantiene la obsesión estatal por sacarle más los centavos al poco pueblo que aun tiene ánimos para empeñarse en ser emprendedor, ¿por qué no aplicar esos montos en mejorar la precaria existencia del pueblo? Por ejemplo, ¿por qué no se les subvenciona la medicina a los más ancianos? ¿O por qué no se alivia la carga impositiva a los productores de alimentos en la agricultura, para que estimule la cantidad y variedad de alimentos sanos y con precios más accesibles a la población? ¿Y por qué no se impone un buen gravamen al salario de los militares? A fin de cuentas son los que más ganan y más gastos inútiles producen.

En suma, si se va a aplicar una política impositiva para toda la población y con ello desapareciendo las “gratuidades”, se impone que hay que abrir sin tapujos el mercado laboral y que la política de los impuestos no puede seguir arrumbando por donde va. Se tiene que terminar con esa concepción de castigo desmesurado contra el que más valores crea. No se puede tener una nación rica si no se permite a sus ciudadanos enriquecer. Esa visión de una Cuba en desarrollo para el Estado y el mayoritario resto inamovibles en una cada vez más deprimente etapa siboney, no pasa de ser un orgasmo totalitario, sin base real.

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