Publicado: Mie, 10 Sep, 2014

Las esperanzas de Eduardo

Eduardo en su cuarto de Jaimanitas Jaimanitas, La Habana. Durante décadas, la prensa independiente viene informando desde la isla sobre injusticias, arbitrariedades judiciales y violaciones a los Derechos Humanos ocurridas a ciudadanos, y aún no dejamos de asombrarnos ante los casos que aún perviven en el olvido y necesitan ser sacados a la luz.

Uno de ellos es Eduardo Macías Matos, nacido el 5 de octubre de 1963 en la provincia Santiago de Cuba, con número de identidad permanente 63100510768, hijo de Héctor y Sonia,  que desde joven  se trasladó a vivir con su familia a La Habana, en la calle 242, número 114, entre 1era B y 238, en Jaimanitas,  y  cuenta  cómo  su vida cambió violentamente cuando solo contaba  los 16 años, se encontraba de vacaciones en su tierra natal y se despertó en medio de las revueltas populares  por  los sucesos ocurridos en  la embajada del Perú, que concluyeron con el éxodo del Mariel.

Eduardo salió a la calle entre la gente que se aglomeraba en una esquina del barrio Chicharrones, y  se unió a las voces de sus primos reclamando libertad. De pronto lo  empujaron  junto a otros  hombres  dentro de un auto patrullero, su cabeza chocó contra el cristal divisorio interior y el impacto lo destrozó, causándole los vidrios heridas importantes en su cabeza. Fue trasladado a una celda tapiada en la prisión de Mar verde. Luego sancionado a tres meses de prisión  en la cárcel de Boniato, por ¨Daños a la propiedad¨, un delito que le imputaron   injustamente.

Al salir en libertad  fue llamado a un curso de soldador en el Servicio Militar, donde se graduó como Primer expediente, pero  por  sus antecedentes políticos no le permitieron entrar a las Fuerzas Armadas. Comenzó a trabajar en los astilleros de Casablanca, donde  culminó su preparación  de Soldador A, y  lo trasladaron  para el aeropuerto José Martí. Allí   laboró por espacio de 15 años, y fue quien construyó todos los hangares y los silos de almacenaje de combustible las Terminales 2 y 3, resultando en varias ocasiones ¨Mejor trabajador¨, ganando los  beneficios de viajes de estímulos a países socialistas,  que  siempre les fueron boicoteados por sus antecedentes penales.

Ante la marginación de que era víctima en su centro de trabajo, Eduardo decide en 1991 tirarse al mar en una balsa con varios amigos de Jaimanitas, para emigrar a los Estados Unidos, pero es interceptado a 10 millas de las costa por barcos guardafronteras y  sancionado por la causa 510 de 1991 a Trescientas cuotas de un peso cada una.

Aguzado por el jefe de sector de la policía a incorporarse a  la vida laboral, Eduardo Macías continuó trabajando como soldador en importantes centros de interés económicos y sociales, como fueron la Hilandería del Wajay, el Instituto de Biotecnología de La Habana, la Antillana de acero y  la refinería Ñico López, donde recibió  el Certificado de Homologación de soldador A por la RCB Sociedad Clasificadora, título que ostentan muy pocos  soldadores en  el país, pero  tampoco lo dejaron viajar a Curazao, en una oferta  sustanciosa de trabajo, ni  lo seleccionaron  para  integrar la Brigada Constructora de Cayo Largo. Sus jefes alegaban que podía ser el mejor soldador del país,  pero por la  mancha que oscurecía su  expediente  desde los 16 años, nunca podría salir del país.

Cansado de  marginación y agobio,  comenzó a preparar un  expediente para solicitar asilo político en el Programa de Refugiados, cuando  lo tenía listo, su madre, (que acaba de casarse con el jefe de sector de la policía de Santa Fé y  comía comunismo por los cuatros costados),  se lo  rompió en pedazos, y  lo acusó con el padrastro de ¨Contrarrevolución¨,  recibió una golpiza en una  celda de la estación.

Desplazado por la familia, por la sociedad, y el régimen, buscó un empleo en la Unidad Básica de Producciones Varias, pero en la primera semana de trabajo un camión lo atropelló y por poco le causa  la muerte. Al salir del hospital encontró que su mujer se había marchado y en el cuarto solo le había dejado la cama.

Realizó una denuncia a la policía que no prosperó, entonces comenzó otra vez los trámites para el Programa de Refugiados, pero los Antecedentes penales por aquella causa de 1980,  donde le rompieron la cabeza contra el cristal del auto patrullero y lo acusaron de ¨Daños a la propiedad¨, no aparece por ninguna parte. En los registros judiciales  jamás estuvo preso en  una tapiada de Mar Verde,  ni en un piso de menores en Boniato. Tampoco cuentan sus viejas  heridas,  que aún conserva en la cabeza,  producidas por los vidrios del cristal del auto.

En su cuartucho junto al mar, envuelto en los recuerdos de tantas injusticias y decepciones, Eduardo  dice no haber perdido las esperanzas de marcharse a otro país. Dice que sueña con el día  en que pueda despertar y  levantarse, dirigirse a un puesto de trabajo decente, donde sea  respetado por sus jefes, y por su trabajo recompensado con la paga justa, de acuerdo a la calidad y a la importancia de los bienes que produce.

 

Frank Correa

Frank Correa es periodista independiente y miembro de APLP

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  1. grasias correa por hacer publico estos tristes hechos que sufren nuestros amigoas de jaimanitas,un abrazo eduardo y hector

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