Publicado: Mie, 10 Sep, 2014

Silvio Rodríguez ¿disidente?

Silvio_Rodrígueze, foto tomada de Wikipedia La Habana. No sería nada raro. Los artistas, esa raza conflictiva, pero fácil de domar por un dictador, tarde o temprano reaccionan y se le escapan al mismísimo diablo en busca de libertad.

Muchos, es cierto, cieguecitos, o haciéndose los cieguecitos, hasta se  regalan y se acuestan con el dictador, encantados de probar la miel del  Poder, aunque sea en cuclillas. Luego, cuando las abejas del poder le pican el trasero, deciden ir detrás de la verdad, como si la verdad, ya descubierta, pudiera perdonarlos.

El primer y último recuerdo que tengo de Silvio Rodríguez, ese excelente artista de la música y la poesía del pentagrama, que gracias a Dios pertenece a los cubanos, ocurrió en 1972, en la casa de una querida  amiga que teníamos en común. Era un joven que inspiraba pena, de ojos tristes, mal vestido. A pesar de su talento, estaba prohibido en la radio y la televisión, tal vez porque cantaba aquello de “Ojalá que Fidel Castro se fuera al infierno, para no oír más su voz…”

Tenía fama de rebelde y lo era, con su melenita a la moda extranjera de John Lennon y su delgadez casi esquelética por falta de buena comida. Como todo artista genuino, era osado Silvio Rodríguez. Tan osado que, pese a su bolsillo vacío y aunque terminara lloriqueando, se apostaba una botella de ron cuando se empeñaba en conquistar a una mujer con dueño.

Casi sin darme cuenta seguí su trayectoria musical y política durante cuarenta y dos abriles y debo confesar que, en ocasiones, descubrí su verdadera veta, la de disidente.

Un día, en los primeros años de la década del noventa del siglo pasado, en pleno Período Especial, cuando poco faltó para que los cubanos nos muriéramos de hambre, conocí a su padre, ya anciano, sentado ante una mesita de carpintería, en su casa de la calle San Rafael y Gervasio. El viejo Rodríguez era todo un personaje con el que me gustaba conversar. Como tenía que pasar por su puerta casi a diario, siempre llegaba a verlo. Aún así, nunca me encontré con su querido hijo artista. Silvio estaba demasiado ocupado en sus andanzas con el régimen castrista.

Tan cieguecito estaba nuestro enriquecido juglar, o mejor dicho, tan abstraído lo tenían los altos paisajes de sus bellas mansiones hogareñas, que no pudo descubrir que el socialismo es mucho peor que un ataque aéreo con bombarderos, cazas o drones, capaz de atrasar el desarrollo de un país por más de un siglo, donde un verdadero artista puede quedarse hasta en calzoncillos y lloriqueando.

Hoy, al cabo de casi medio siglo, descubrió que vive en una dictadura, o lo que es peor, a los pobres de esa dictadura, esos que, según él, en su andar por los barrios insalubres, sintieron un aire de esperanza con sus canciones. Lamentablemente, esas canciones no les representaron un plato de comida, una ventana para sus covachas, o un salario para vivir decentemente. Fue entonces que Silvio descubrió que “la gente en Cuba está muy jodida”. Así acaba de decir. Como jodido estaba él cuando yo lo conocí en la casa de Mercedes.

 

 

 

 

 

 

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