Publicado: Mie, 1 Oct, 2014

Confidencias de tragedias

IMAG0189 La cola: el conglomerado social donde los cubanos se cuentan sus vicisitudes

Jaimanitas, La Habana. Es en las colas donde se puede saber lo que realmente piensa y opina la gente. Y como el socialismo es un sistema social de colas, a la espera de que ésta avance y les llegue el turno para que los atiendan, las personas tienen tiempo suficiente para socializar. Entonces se conocen y se cuentan historias que los identifican y acercan.

La cola de la CADECA en la barriada de La Palma, tiene que hacerse obligatoriamente en la acera, muy estrecha y concurrida por estar bordeando la Calzada de 10 de octubre, justamente donde otras dos peligrosas arterias viales, Calzada de Managua y la Avenida Porvenir, se cruzan bajo un relumbrante semáforo. Es un verdadero peligro hacer cola en esta acera. Hay que estar pendiente de los vehículos que con la luz verde arrancan a toda velocidad y pasan rozando a las personas que están en la fila.

Bajo el fuerte sol de julio, mientras esperábamos su lento avance hacia la ventanilla de la cajera, escuchamos a un hombre de la cola decir en voz alta que había que denunciar aquella tortura de estar aguardando en pie, con el peligro de los autos al acecho, y los tropezones y empujones que provocan el paso de los transeúntes por entre la cola que obstruye la acera.

-No permiten que los timbiriches oferten directamente a la acera porque afirman que dificulta el paso peatonal. Pero sin embargo esta cola está cerrando el paso de verdad y a nadie le interesa. Hay que esperar a que haya un muerto para descubrir el problema.

Entonces la mujer que tenía delante de mí comenzó a sollozar. Entre lágrimas reveló que ese mismo día se conmemoraba el decimotercer aniversario de la muerte de su hijo en aquella misma avenida, atropellado por un auto que se llevó la luz roja y luego se dio a la fuga. Afirma que jamás encontraron al asesino. Hallaron el auto a unas cuadras del lugar, pero fue declarado robado. La policía les comunicó que había una investigación en curso, pero jamás apareció el culpable.

Su esposo anduvo como un loco, investigando por su cuenta. Y cuando estaba muy próximo a una pista, fue citado a la estación de policía. Rodeado de uniformados, le advirtieron que no buscara más porque estaba entorpeciendo la investigación.

-¡Una investigación que no ha llegado jamás a ninguna parte!- concluyó la congojada señora.

La que la seguía en la cola la compadeció, y también narró otra historia trágica, que llamó La muerte de un burócrata, Segunda Parte, ocurrida el fin de la semana anterior.
La llamaron por teléfono al anochecer del sábado, para comunicarle que un amigo de religión había muerto y su cadáver sería velado en la funeraria de 70 y 29, en el municipio Playa.

Ella y otros allegados acompañaron al difunto hasta el mediodía del domingo. Mas cuando fueron a cumplir con su última voluntad, ¨que lo cremarán¨, los funcionarios encargados les pidieron un documento oficial de la policía que aseverara las causas de la muerte. El hombre había fallecido ahogado en la playa, y tenían un certificado de Medicina Legal que lo aseveraba, pero aun así les exigían otro, esta vez de la policía.

Tuvieron que regresar el ataúd nuevamente a la funeraria. El hijo del fallecido se dirigió a la unidad policial y allí le expidieron el documento oficial. Pero de todas maneras ya era tarde y no había más cremación hasta el lunes.

Como ella era una de los pocos dolientes, se quedó una noche más junto al féretro. Mas, cuando lo sacaron el lunes para cremarlo, les comunicaron que en el certificado de la policía no se especificaba claramente la causa del fallecimiento y que se debía volver a la allá para registrar oficialmente ese dato en el documento.

Entonces el hijo colapsó de ira y viró el buró de la oficina al revés. Llamaron a la policía y fue conducido esposado a la estación.

La mujer que narraba la historia dice que se quedó sola con el fallecido, nuevamente asentado en su nicho funerario. Entonces fue que se percató de que llevaba tres días allí y sólo había ingerido agua sin hervir y café mezclado con chícharos. Repentinamente se sintió mal y se desmayó sobre en un sillón. Así estuvo hasta que volvió en sí, sin que al parecer nadie reparara en su mal estado ni la auxiliara.

El hijo del difunto fue liberado y regresó al mediodía con la noticia que tenían que enterrar al muerto en el cementerio. Pero ella no pudo acompañarlo con el cadáver hasta el Camposanto. Tuvo que acudir directamente para el hospital, donde le pusieron suero y le trataron una crisis de la diabetes que padece.

En la cola comenzaron a emerger otras historias, por igual trágicas y espeluznantes, de la vida diaria en Cuba. Pero ya nos tocaba el turno para efectuar el cambio de dinero y nos las perdimos.

Frank Correa

Frank Correa es periodista independiente y miembro de APLP

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