Publicado: Mar, 7 Oct, 2014

El batey

HPIM0415 Historia y presente de un elemento fundamental de la arquitectura campesina

La Habana. Mientras las ciudades se debaten entre estilos arquitectónicos y símbolos de poder, entre construcciones imaginarias y planes urbanísticos con sus experiencias diarias, sensuales, perceptuales, estéticas, dinámicas, existe otra realidad material, socialmente construida, también imaginada, poblada, en el campo cubano. Aunque en los textos de historia de la arquitectura en Cuba apenas se hacen referencias al batey, como una de las tipologías más recurrentes en la campiña cubana, lo cierto es que desde hace siglos está anclada en la visualidad de todos los cubanos.

El origen del batey está asociado a las primitivas comunidades aborígenes de la isla. Si bien el impacto de la colonización desarticuló su organización social y cultural, algunos de sus elementos quedaron incorporados en nuestra memoria como pueblo. Proveniente del tronco lingüístico aruaco, el batey se integra a la lista de los toponímicos que aún permanecen en nuestra habla cotidiana.

Los bateyes constituían las plazas abiertas de la comunidad, donde la distribución a su alrededor de las viviendas –caneyes, bohíos y barbacoas- no era de forma ordenada. Este antiguo estilo de organización urbana fue luego trasplantado a la nueva sociedad criolla y expandido a largo del país a partir del desarrollo de la industria azucarera. Tanto los barracones como los bateyes formaron parte del imaginario visual del campesino y el esclavo rural durante casi todo el periodo colonial. Con la instauración de la República en 1902, comenzaron a dársele otras lecturas al empleo de la arquitectura tradicional, y entre ellas al batey.

El acelerado desarrollo económico de la industria azucarera desde comienzos del siglo XX -mantenido hasta la crisis de los años veinte- abrió espacio para inversionistas de diferente origen. Los norteamericanos asumieron los servicios urbanos y canalizaron sus inversiones en las propiedades agrícolas, lo que como mecanismo de adaptación de los intereses económicos foráneos en la isla, al mismo tiempo significó un rescate de las propias tradiciones locales.

Los centrales azucareros mantuvieron cercanos a su industria la concepción del batey en el planeamiento de las viviendas de los trabajadores vinculados a la misma. La distribución de las casas se modificó bajo la influencia urbanística norteamericana, así como su estilo arquitectónico, aunque permaneció la predilección por el uso de la madera.

El nuevo escenario rural adquirió además un carácter poli-funcional en los diferentes poblados en que se ubicó, al cubrir disímiles necesidades básicas de su población de manera autosuficiente: tienda, asistencia médica, escuela. Una especie de microespacio dentro de un plan urbanístico mayor. Para tener una idea de su importancia, este tipo de solución autónoma e independiente comenzó a ser aplicada en pequeños núcleos espaciales, citadinos, europeos –fundamentalmente- sólo a partir de la década veinte del siglo pasado. La entrada de esta solución llegó a nuestro país únicamente a finales de los años cincuenta, a través del diseño de edificaciones autosuficientes como el Focsa.

Las viviendas emplazadas en los bateyes de los centrales -como popularmente se les conoce- fueron concebidas aisladas, biplantas o uniplantas, rodeadas de jardines y de estructura compacta, rectangular o con salientes. Corredores abiertos o cerrados, cubiertos o no, y alrededor o solamente frente a la casa. El empleo de la madera fue incorporado en paredes y pisos, con diferentes tratamientos ornamentales, al igual que el uso de la teja.

Algunas construcciones también fueron diseñadas al estilo norteamericano del bungalow: cimentación pétrea o sobre pilotes –como en algunos ejemplos de las comunidades aborígenes- con galerías, cuartos, cocina, comedor, sala, baño, incorporando además el moderno mobiliario doméstico norteño. De esta manera se han mantenido -durante un siglo- con relativas modificaciones hasta hace algunos años.

A pesar de que el batey forma parte de la realidad rural cubana, la desaparición paulatina de su enclave natural, los centrales azucareros, ha provocado el progresivo abandono y deterioro de ese patrimonio cultural e industrial de la nación. Demoler parte de la industria del azúcar en el país, tratando de reconducir por otros caminos la política económica insular, también tiene sus bajas colaterales con un alto costo cultural.

La necesidad de reinsertar los bateyes en otras dinámicas sociales y urbanas resulta perentoria ante el peligro de la pérdida de funcionalidad y por tanto consecuente migración hacia otras zonas económicamente activas. Perder el batey -por la indolencia estatal y del Consejo Nacional de Patrimonio- significa también renunciar a parte de la cultura campesina del cubano, a lo que hemos asumido y construido como nuestro a lo largo de la historia, nuestro legado e identidad.

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