Publicado: Mie, 1 Oct, 2014

La crisis del Islam frente a la modernidad

quran: Foto tomada de Internet La Habana. A lo largo del siglo XX, y en lo que va del XXI, en el Medio Oriente emergen múltiples agrupaciones con una seria manifestación de violencia. Proclamándose a sí mismos inspirados en el “verdadero Islam”, repudian tanto las normas establecidas de esa fe como los valores de progreso democrático que arriban de Occidente.

Eventos recientes de la Primavera Árabe sacuden con una ola innovadora el conservadurismo en el mundo musulmán. Diversos pueblos se pronuncian por un cambio hacia la democracia y la libertad, intentando anular de viejos sistemas y costumbres intolerantes. Y en medio de esta dura lucha, constantemente emerge una especial reacción conservadora, también opositora al viejo orden, pero para mayor mal.

Esta reacción está alimentada invariablemente por nuevas interpretaciones de las sagradas escrituras islámicas. Y a nombre de la Jihad o Guerra Santa, arriban cargadas de virulento oportunismo a los conflictos iniciados para lograr avances democráticos. Así ocurrió en el Afganistán que se liberó de los soviéticos, y hace bien poco se intentó en Chad. Y así ocurre ahora en Libia, Siria, Iraq y Nigeria, lo que sin dudas no es el casual final de esta agresiva “contrareforma”.

Intentan imponer una especie de restauración santificada de su fe, la que consideran ofendida y amenazada por estas corrientes de “occidentalización” que provocan las rebeldías. Y la erupción de fanatismo e intolerancia que proyectan se manifiestan en un amplio espectro socio-político y cultural, desde Estados teológicos como Irán, pasando por países donde aun hay sorda lucha entre corrientes de innovación y férreo conservadurismo, como Afganistán y Pakistán, hasta descender a organizaciones de corte mafioso, como Hamas y Hezbolah.

Sin embargo, todas tienen un imperioso objetivo común: frenar y erradicar el avance de la influencia de los valores democráticos de Occidente en el mundo musulmán. Y muchas veces incluso arremetiendo dentro del mismo corazón de Occidente, como se vio claramente el 11-9 del 2001. Consideran contaminantes y corruptores del verdadero espíritu universal del Islam a los retos y al “caos” de la libertad personal, la tolerancia ante las ideas ajenas, la vigencia del respeto a los derechos humanos, los derechos y preferencias individuales y la institucionalización del Estado de Derecho representando la manera de gobernar más justa y equilibrada a la que ha llegado la Humanidad.

¿Esto viola la voluntad de Dios? ¿Están verdaderamente reñidas con los principios y el espíritu devoto del Corán? ¿Acaso no será una exageración tendenciosa de los hombres que lo interpretan a su conveniencia terrena, entrañándolos de una esfera religiosa estrictamente personal y de conciencia y transformándolos en Razón de Estado?

Mas de hecho, sólo representan dictums renovados de totalitarismo, tal como los del denominado “Socialismo Siglo XXI” en nuestro continente. Arrebatados de ofendida fe, los jihadistas llegan dispuestos a borrar de los pueblos musulmanes todo lo que consideran el peligro de una ajena y perniciosa influencia. Y lo peor es que para ello cuentan con significativos sectores de población inculta y empobrecida. En su ignorancia, los acogen como restauradores de la Fe, dando por sentado que con ello también llegarán unos utópicos bienestar y paz que no modifiquen mucho el ancestral orden de la cosas. Y sólo tarde descubren que apoyaron otro nuevo despotismo, mucho más cruel que el que conocían.

Sin embargo, en principio hay algo que falla en la práctica de toda esta monolítica visión de la realidad, y bien reñido con tan añejado puritanismo. Para provecho de sus agresivos propósitos anti-occidentales, estos paladines del conservadurismo islámico utilizan a fondo las vías y medios tecnológicos modernos que precisamente son el vehículo trasmisor de ese odiado mundo de modernidades.

Y esto denota una seria grieta conceptual, de injusticia santificada, de una visión moral que se considera superior y poseedora de toda la razón. Si utilizan esos medios para llevar adelante sus propósitos de freno y destrucción, ¿lo hacen desde una posición elitista, evitando que no lleguen en toda su amplitud a los millones que no militan como elegidos del Profeta en sus estrechos círculos de guerra santa, o que no les son estrechamente allegados? ¿Hay verdadera justicia y santidad divina en esta mentalidad de unos pocos perros guardianes celando a una masa enorme y amorfa de ovejas?

Frente a todo este despropósito de lógica y franco irrespeto por la persona humana, algunos analistas y observadores prefieren considerar que es Occidente quién está en plena crisis espiritual. Basan su opinión en diversos ejemplos de lasitud y desvaluación del sano concepto de la tolerancia, extraídos de lo más conservador de las culturas de origen de sus protagonistas, los que permiten avances de intransigencia y fanatismo en diversos escenarios y países occidentales,.

Pobres inmigrantes del mundo africano y oriental son acogidos dentro de esas sociedades. Mucho más para bien que para mal, reciben un estatus y una oferta de oportunidades iguales o muy semejantes a las de los autóctonos para mejorar su nivel y posibilidades de vida. Eso, necesariamente, implica dominar el idioma de su nueva patria y aceptar el orden civil y las leyes que rigen para todos los ciudadanos como algo básico para su existencia y progreso personales y familiares.

Claro, no sería realista considerar que los prejuicios raciales y culturales desparecen por completo en poco tiempo, tanto entre los nuevos acogidos como en los por nacimiento. Erradicar el arraigo de esas ofuscaciones y desconfianzas de siglos es una lenta labor de una cultura cada vez más amplia y abarcadora como la de Occidente, precisamente por esos valores espirituales que se consideran en crisis.

Mas, no es fácil. La desagradable impronta dejada por el colonialismo, y de eventuales casos de rechazo por parte de las culturas de acogida, o por la incomprensión y desconfianza traídas y alimentadas por inmigrantes desde injustas y atrasadas sociedades de origen, donde residen algunos de sus miembros, actúan con agresividad y menosprecio de la civilización y nuevas normas, y sublimizan las costumbres ancestrales que dieran origen a su identidad cultural, olvidando que fuera la brutal vigencia de lo peor de éstas lo que provocara la pobreza, el sojuzgamiento y la emigración a la que se vieron sujetos. En consecuencia con esta distorsión, en ocasiones intentan imponer esa visión en su país de acogida.

Lo que fracasa ahora con ese Islam agresivo, como fracasara con la intolerancia religiosa en Occidente hace medio milenio, es la imposición teológica sobre la sociedad civil, es la ausencia de libertad y democracia. Los ejemplos de lasitud frente a sus agresivos avances en Occidente no superan la firme defensa institucionalizada que rige los valores de libertad, tolerancia y democracia para todos. Los valores espirituales de Occidente no están en crisis. Se demuestran cada día de tal manera que influyen con su modernidad y libertad en todo el mundo. El Occidente que conocemos hoy es fruto del cristianismo que le dio origen, pero éste ya no rige como un tirano sobre su herencia de libertad y democracia. Por igual les deseamos a los hijos del Islam.

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