Publicado: Mar, 14 Oct, 2014

La oratoria cautiva

La Habana La fructífera tradición nacional anulada por el monopolio del discurso oficial

La Habana. Al llegar al Nuevo Mundo, y a Cuba, conquistadores, cronistas, misioneros y viajeros en general se vieron obligados a plantearse una mirada diferente de la exuberante nueva realidad a la acostumbrada en Europa. Significó no solo un gran reto para la estrechez del universo medieval, sino la incorporación de métodos distintos a los acostumbrados para observar, describir, caracterizar y comparar lo conocido con lo inédito. Con todos sus géneros de la mano, la literatura vendría a aportar e ilustrar un mapa sobre tan diverso escenario.

Entre los primeros géneros que hoyaran terreno propicio en la isla se encontraba la oratoria, un arte tan antiguo como la propia necesidad de comunicación del hombre. Desde ese entonces, predicadores, intelectuales y políticos la utilizaron como espacio de legitimación de temas religiosos, culturales y políticos. Las contradicciones sociales, económicas, raciales, clasistas, nacionales y partidistas se debatían en el ámbito de este género que llegó a alcanzar en suelo patrio una cardinal preponderancia.

La enseñanza de la oratoria estuvo ceñida a las instituciones educativas religiosas, como parte de su discurso y práctica eclesiástica y fundamentalmente católica, así como en ciertas carreras de Humanidades de la universidad cubana, cuya proyección social y cultural implicaba el empleo de técnicas oratorias: Filosofía e Historia, Filología, Derecho, Pedagogía.

De hecho, la oratoria se convirtió en Cuba en un mediador muy eficaz en la construcción de un proyecto de nación en términos de símbolos e ideologías; de igual modo que permitió lecturas diferentes del complejo proceso cultural cubano. Desde el siglo XIX la oratoria capitalizó los espacios de discusión; la politización de la realidad nacional; los cambios y alternativas en los virajes históricos y la socialización de las problemáticas identitarias. Pretensiones, ideales, desvíos, resistencias, pesimismo u optimismo en el futuro del país también devinieron objeto y sentido para este género.

La intensa actividad oratoria en la isla siempre estuvo permeada de polémicas sobre todo en los momentos en que la sociedad cubana era un hervidero de crítica, resistencia y agitación social e intelectual. Los oradores, de disímiles corrientes de pensamiento se percataron de la capacidad de reconducción o desintegración que tenía la oratoria para el mantenimiento o derrumbe de los sistemas políticos.

A partir de este momento, a lo largo de nuestra historia las relaciones entre la oratoria y el poder se fueron configurando por un doble vínculo: la oratoria del poder y el poder de la oratoria. La primera devino mecanismo idóneo de control de la opinión pública. El segundo permaneció en el terreno de la crítica o la exposición de disímiles opiniones sobre el orden social y político, tanto en la etapa colonial como republicana.

No obstante, ambas perspectivas terminaron por transformarse en resortes eficaces para rastrear y conocer –como en la prensa- los estados de opinión sobre temas sensibles como la gobernabilidad y el orden; la orientación y participación social y política; el rol de las instituciones en las disputas sobre la realidad nacional; derechos civiles, valores, costumbres. Algunos oradores, por su parte, llamaban la atención sobre determinados asuntos simplemente con el fin de distraer la mirada pública sobre problemáticas esenciales de la realidad nacional.

La oratoria en Cuba reclamó la concurrencia de una pluralidad de actores sociales. Partidos políticos –liberales, conservadores, independentistas, autonomistas, integristas, anexionistas, reformistas, auténticos, constitucionales o no-; instituciones religiosas; sociedades; liceos; clubes; grupos de presión; movimientos intelectuales…, contaban con todo tipo de oradores: prestigiosos, mordaces, auténticos, ilustrados, histriónicos, autodidactas, académicos, heterodoxos, retóricos, demagogos… Ello se debía a que la oratoria implicaba tanto representatividad y reconocimiento social como ejecutoria política.

No es difícil imaginar, a estas alturas, por qué no tenemos oradores o por qué no se enseña oratoria actualmente en Cuba.
La encrucijada de la oratoria hoy en la isla es si debe permanecer -como hace décadas lo está- en el terreno de la práctica religiosa y no en el fértil campo de la proyección social y política. Esto es todo un reto para la estrechez de la sociedad cubana presente y una evidencia de sus limitaciones para enfrentar el desafío de pensar y cambiar.

La oratoria del poder monopolizó un escenario que nuestra memoria cultural reconoce como plural. Convirtió la oratoria en un espectáculo, controlado y utilizado en discurso e imagen, de acuerdo a sus fines particulares. El reencuentro con esta tradición no es más que el rescate de nuestra conciencia histórica; la posibilidad de potenciar y promover alternativas y compromisos sociales; de viabilizar la reconstrucción de un proyecto de nación.

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