Publicado: Mie, 1 Oct, 2014

Quema de libros a la cubana

Diario Juventud Rebelde Donde se queman libros se acaba quemando también seres humanos. Heinrich Heine, 1821

La Habana. El pasado 24 de septiembre, casi a la misma hora que el presidente de Venezuela Nicolás Maduro se estrenó en la ONU como pichón de gallo de pelea contra la pared, digo, contra Estados Unidos, y era felicitado -claro- por Fidel Castro, millones de cubanos vieron con sus propios ojos en la pequeña pantalla cómo una montaña de libros se convertía en pulpa, para producir papel sanitario de baño, según un reportaje de la periodista Milenys Torres.

Se detuvo la cámara de la colega oficialista –ojalá no sea despedida- en dos ejemplares: Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski y un libro sobre Carlos Rafael Rodríguez, viejo político y ¡padre del canciller cubano¡ Al finalizar el vídeo, se pudo captar el rápido rictus de disgusto que reflejó el rostro de Agnes Becerra, la conductora del NTV.

Como lo hicieron dinastías de Asia y dictaduras como las de Hitler, Pinochet y otras malas yerbas, donde la quema de libros representaba la mejor manera de quemar las ideas que se oponían al régimen en el poder, el castrismo cubano, convertido en el reino del terror contra los que pensaban distinto, se ha destacado en verdaderas cruzadas contra la libertad y la democracia, bajo el lema fidelista de ¨Con la Revolución todo, contra la Revolución, nada¨.

De esa forma, numerosas quemas de libros se hicieron de forma oculta. Eran los tiempos en que nadie escuchaba.

En los años setenta, por ejemplo, durante el llamado Quinquenio Gris, muchos libros fueron considerados prohibidos, convertidos en pulpa de papel y sus autores eran llevados a prisión o a su casa en pijamas, como el poeta Francisco Riverón Hernández, Eduardo Heras y muchos otros. La lista de los que sufrieron prisión es larga. Entre todos, se destacan Angel Cuadra, Jorge Valls, Heberto Padilla, Belkis Cuza Malé, Manolo Ballagas, Reinaldo Arenas, Lina de Feria, Teo Espinoza, René Ariza, Crecencio Mesa Royé, María Elena Cruz Varela, Raúl Rivero, Manuel Vázquez Portal, Jorge Olivera, Ricardo González y la autora de esta crónica.

También no podemos dejar de mencionar a Nelson Rodríguez, joven fusilado en 1971 y autor de un excelente libro de narraciones, El Regalo, publicado dos años antes por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Quemas de libros a la cubana han ocurrido, repito, en muchas ocasiones. Sin embargo, solo las últimas han sido reflejadas en la prensa nacional, como si se tratara de actos individuales de irresponsabilidad, y no de algo propio de un régimen de censura.

Un recorte de prensa del periódico Juventud Rebelde, del 19 de noviembre de 2007, lo demuestra, cuando la colega oficialista Zenia Regalado descubre un gran cementerio de libros valiosos en San Juan y Martínez, provincia de Pinar del Río. En su reportaje, narra cómo en el pueblo se perdieron más de quince mil libros, a causa del deterioro de la casona donde estaba ubicada la Biblioteca Municipal, libros incluso que habían pertenecido al antiguo Centro de Veteranos de la localidad.

Otra historia de este tipo apareció el 19 de junio de 2009, firmado por A. Cruz, quien denunció un basurero creado en los terrenos del Parque Lenin de La Habana, donde un camión descargó miles de libros para ser quemados. Allí se encontraron numerosos libros de textos y sobre todo diccionarios técnicos inglés-español y diccionario ruso-español. El o la periodista no señaló el espectáculo como monstruoso, sino que lamentó que afectara el ornato público y que no se hubiera usado como material reciclable, dada la situación económica de Cuba. Tampoco que en muchos pueblos, como Santa Fe, donde vivo, o Cangrejera, Baracoa, Bauta y Jaimanitas, no exista una biblioteca pública, al oeste de La Habana.

Es bueno señalar que, mientras estos lamentables hechos ocurren en el país, el gobierno cubano, durante años, no sólo se ha empeñado en hacer desaparecer las bibliotecas independientes surgidas al calor del Movimiento de Derechos Humanos de Cuba, con el decomiso de libros y llevando a prisión a bibliotecarios, bajo el supuesto delito de Propaganda enemiga, sino además lo más insólito: prohibiendo páginas de Internet y bloqueando el Google, una verdadera y amplia fuente de información cultural.

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