Publicado: Mar, 21 Oct, 2014

Travestí en los tiempos napoleónicos

Dibujo La Habana. Henriette Faver (o Favez) Caven nació en 1791, en Place de la Riponne, Lausana, Suiza. No hay muchos datos sobre sus orígenes. Se sabe que la familia era huérfana y se encontraba bajo la protección de un tío militar. Apenas una adolescente, el tío la casó con el joven oficial Jean Paul Renau y los tres, integrando las huestes napoleónicas, marcharon a la guerra en Alemania.

Henriette tuvo una hija que murió a los 8 días de nacida. Su marido pereció en batalla y la joven viuda de 18, sola y desamparada, tuvo que elegir entre las pocas oportunidades de una mujer de entonces para poder sobrevivir: casamiento o prostitución.

Mas, de armas tomar, encontró una tercera vía. Viajó a París para ingresar en la universidad la Sorbona y estudiar cirugía. Y aunque por entonces las profesiones de cirujano y médico eran por separado, no se diferenciaban en prejuicios: a las mujeres no les estaba permitido estudiarlas.

La Revolución y el Código Napoleónico habían despenalizado el travestismo como delito en Francia. Aprovechando esto y siendo una desconocida en la ciudad, Henriette se disfrazó de hombre. El engaño fue exitoso. Pronto fue conocida como el estudiante de cirugía Henri Faver.

Al graduarse, ejerció su nuevo oficio en las fuerzas armadas. Enrolada bajo las órdenes del célebre cirujano Dominique Jean Larrey, fue una más en el contingente de 600, 000 hombres reunidos por Napoleón I para invadir a Rusia en el verano de 1812.

Es conocido el resultado que tuvo esa desastrosa expedición. Sólo su gran tesón y suerte la ayudaron a ser una de los 58,000 sobrevivientes de la terrible retirada. Enviada a España con el ejército francés de ocupación, tras la derrota en la batalla de Vitoria en 1813, cae prisionera de las tropas del Duque de Wellington. Sin embargo, logra sobornar al carcelero y escapa a caballo, volviendo a Francia.

Pero al parecer lo español le atraía demasiado. Vuelve a cruzar la frontera y sin que se descubra su verdadero sexo, ejerce como médico en el hospital de Miranda del Ebro. A la firma de la paz de 1814, viaja de retorno a París y desde allí decide tomar rumbo a la isla de Guadalupe, en las Antillas Francesas. Pero las cosas no le salen bien en la isla, por lo que pone sus ojos en la Antilla Mayor.

En el velero La Helvecia, el cirujano Henry Faver arriba a Santiago de Cuba el 19 de enero de 1819. A sus 25 años era la primera médico en la historia de la isla. De inmediato viaja a La Habana a intentar legalizar su situación para ejercer la profesión. El elemental castellano aprendido en la Península bastó para el examen de sus conocimientos y se le autorizó a ejercer, agregándole el cargo oficial de fiscal del Tribunal de Protomedicato en Baracoa, en el extremo oriental de Cuba.

Todo parecía ir de maravillas, pero era un espejismo de felicidad. En fueros internos, harta de la soledad en que la encerraba su falsa personalidad, deseaba compañía, quién la cuidase, guardase sus ganancias y le diera estatus respetable para el cargo oficial que ejercía. Eso la impulsó a casarse con otra mujer. Fijó sus ojos en una joven y pobre campesina enferma de tisis a la que trataba, Juana de León. Sin revelar su secreto, Henrriete le propuso un matrimonio sin interés sexual, mas con seguridad económica. Juana, que por entonces las pasaba negras no sólo de salud, sino también de economías, aceptó el beneficioso trato. Y el 11 de agosto de 1819 se celebró la boda por la iglesia.

Mas pasado un tiempo, y sintiéndose mucho más repuesta, la joven esposa repudió el acuerdo inicial y reclamó insistentemente sus fueros maritales. Al regresar de un viaje a la capital, la Faver fue tan apremiada por la consorte que reveló su verdadera identidad a la asombrada esposa y le propuso relaciones lésbicas. Mas Juana, fervorosa católica, se escandalizó tanto que Henriette optó por huir. Pocas semanas después reapareció por el agreste Tiguabos, en las montañas de Guantánamo. Su carácter se había agriado y comenzó a frecuentar gente pendenciera y participar en escándalos.

Denunciada por Juana en 1823, es detenida. Se revela su verdadera identidad y queda despojada del cargo que ostentaba. Tras un largo y escandaloso proceso fue declarada oficialmente mujer, su matrimonio anulado y obligada a pagarle una indemnización a la agraviada ex. La condenaron a diez años (finalmente quedaron en cuatro) de confinamiento, como sirvienta del Hospital de Paula, en La Habana, “siendo conducida en traje propio de su sexo”, según reza en acta.

En el hospital de Paula tuvo muchas reyertas y fue capturada en un frustrado intento de fuga. Hartas de ella, las autoridades de la isla la embarcaron rumbo a Nueva Orleans, con destierro perpetuo de las colonias hispanas. Allí fue internada como monja y murió a los 62 años, aunque otras fuentes afirman que falleció en 1856, cumplidos los 66. Nunca más ejerció de cirujano.

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