Publicado: Mar, 28 Oct, 2014

Yadiel vino del yuma

Sonia, la madre de Yadiel en la casa Santa Fe, La Habana. Es mucha la propaganda que tiene que hacer el régimen castrista en sus periódicos, revistas, emisoras de radio, canales de televisión, etc., para enfrentarse a esas explosiones de comentarios desfavorables al régimen que, como huracanes, se desatan cada día en cualquier barrio, cuando llega un cubano del Yuma, o lo que es peor, cuando llega un ex balsero.

¡Yadiel vino del Yuma¡ ¡Yadiel vino del Yuma¡ Gritaban unos y comentaban otros a media voz, sorprendidos, porque el notición no era para menos. Yadiel se había ido en una balsa inventada hacía tres años para Estados Unidos. Siete veces se había lazado al mar, muerto de miedo. En el séptimo intento, pudo llegar, sano y salvo. Luego se propuso trabajar para triunfar en ese país de oportunidades. Nunca lo había podido lograr en su país.

Los muchachos del barrio estaban con la boca abierta. La sorpresa no los dejaba ni hablar. Hasta los perros de la cuadra salieron, alegres a recibirlo y verlo caminar con sus ropas elegantes, sus zapatos de primera, sus espejuelos sofisticados a la moda y su cadena de oro al cuello, como los artistas cubanos que viajan al extranjero.

No podían creer que delante de ellos estuviera Yadiel Yánez, aquel muchacho esmirriado, casi siempre descalzo, porque como el resto de sus amigos carecía de zapatos, sin un centavo en el bolsillo y siempre huyéndole al policía jefe de la zona, que le prohibía hacer trabajos particulares de albañilería y lo amenazaba con llevarlo preso si visitaba las casas de los opositores pacíficos.

“Te tengo entre ceja y ceja”, le decía el tozudo policía y Yadiel lo miraba sin responderle, confiado en que su vida cambiaría pronto.

La noticia se propagó como la pólvora y hasta aquellos que parecían revolucionarios, fueron a verlo a su casa, en calle 19, número 30617, entre 306 y 308, en la comunidad costera de Santa Fe, oeste de La Habana.

Con apenas 24 años, como constructor, tenía un buen trabajo en Pennsylvania, un apartamento que disfrutaba por primera vez en su vida, un auto y un refrigerador que le guardaba su comida diaria. Todo gracias a su salario.

Hace apenas unos días, cuando sus padres Sonia y Pedro lo vieron descender de un taxi de turismo, cargado de maletas para regalos, en la misma puerta del miserable pasillo donde nació y vivió, no paraban de llorar. Sólo la sonrisa del hijo y su rostro radiante de felicidad, pudieron controlar una escena tan conmovedora.

-Nada de llanto, mami. ¿No te dije que todo saldría bien? Pude más que Fidel y que los tiburones. ¡Mírame aquí¡

¿Era el mismo Yadiel quien decía algo así? ¿Es el mismo que me visitó el domingo pasado, para despedirse de esta vecina suya y vieja periodista independiente? El no se olvidaba de una crónica que yo había publicado en CubaNet, en diciembre de 2013, titulada Soñar en Cuba con un bistec, sobre los años que cumplió su padre, Pedro Yánez, cuando cumplió largos años de cárcel por ayudar a matar una vaca.

Claro que Yadiel era el mismo. Sólo que parecía otro, acostumbrado ya a la libertad.

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