Publicado: Mar, 18 Nov, 2014

Lo que trajo la Ley Seca para Cuba

LEY SECA. Manuel D. Ortiz Derechos exclusivos Prensa Libre. La Habana. El turismo más beneficioso del país fue norteamericano. Las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos se remontan hace más de una centuria. Y aunque desde la segunda mitad del siglo XIX el vecino del norte se convirtió en el centro de irradiación y referente cultural para los cubanos -mucho antes de convertirse en referente mundial- lo cierto es que los intercambios comerciales permitieron la mayoría de estas conexiones. Así resultó en la década del veinte con el fomento del turismo en la isla y la influencia en su desarrollo y expansión de la Ley Volstead.

La ley, aprobada en 1920 en Estados Unidos, se proponía erradicar el consumo de bebidas alcohólicas mediante la prohibición de su venta. Esta legislación tan peculiar tuvo su origen en el incremento de la inmigración hacia ese país a largo del siglo XIX y las diferentes corrientes fundamentalmente religiosas que llevaron a cabo campañas por la templanza y la eliminación del alcohol. El transitar de un siglo a otro recrudeció las actividades de los grupos de presión legislativa defensores de la prohibición. Al finalizar la Primera Guerra Mundial el terreno para la aprobación de la Ley estaba asegurado.

A partir de la implementación y aplicación de la conocida Ley Seca en suelo norteamericano, comenzó a expandirse a nivel internacional la demanda de espacios turísticos para un nuevo viajero. La cercanía y las relaciones culturales, políticas y económicas con la isla favorecieron el flujo creciente de turistas norteamericanos, sobre todo en la capital del país. En ese entonces los planes de expansión hacia zonas naturales privilegiadas en el territorio nacional aún no habían sido detectados y cualificados con fines turísticos, como por ejemplo Varadero, como lo sería más adelante, en las décadas del cuarenta y cincuenta.

Por supuesto, el turismo proveniente de Estados Unidos resultaba familiar en la isla. En el periodo del Capitán General Miguel Tacón -hace casi dos siglos- se concibió un proyecto basado en el fomento de relaciones turísticas entre la isla y los norteños. La proliferación de hoteles -y el diseño en altura de los mismos- desde finales del XIX, se debía en parte a la afluencia de sus visitantes. El ciclo de construcción hotelera que se reinicia a partir de la década del veinte, así como la creación de la Comisión Nacional para el Fomento del Turismo, vendrían a diversificar y ampliar casi un siglo de relaciones turísticas entre ambos países.

En los años veinte, el viaje a La Habana estaba circunscrito a la navegación marítima. Los turistas arribaban en barcos que zarpaban desde Nueva Orleáns y La Florida. La zona de Centro Habana, Habana Vieja –así como el barrio de Colón, San Isidro- el Paseo del Prado y el emergente espacio del Vedado, sobre todo el área cercana al litoral y la calle 23, resultaron los lugares idóneos para los forasteros, y por tanto para la demanda hotelera. De esta época datan los hoteles Plaza, New York, Sevilla Biltmore, Parkview, Packard, Royal Palm, Regis, Regina, Nueva Isla, Isla de Cuba, Lincoln, Alamac, Bristol y el Hotel Nacional.
Los puntales de este turismo -además de los hoteles- , apoyados en una Ley aprobada por el Congreso Cubano, eran el Hipódromo Oriental Park, el Casino Nacional y el balneario de las playas de Marianao, a lo que se sumaba la recién instaurada Lotería Nacional.

Y en este periodo también proliferaron los bares, como el renombrado Sloppy Joe´s –reinaugurado recientemente- con su mítica barra de caoba negra, la más larga de Cuba -desaparecida misteriosamente en los años 60, y recuperada ahora para su reapertura- y el Floridita, asiduamente visitado por Ernest Hemingway. Bares y salas de juego también fueron desarrollándose en hoteles y diversas edificaciones.

Este auge del turismo en Cuba, con todas sus resultantes, duró hasta que la Ley Seca fuera derogada en Estados Unidos en diciembre de 1933. Durante los casi quince años que se mantuvo, el territorio cubano y principalmente la ciudad de La Habana, alcanzaron un visible florecimiento arquitectónico en la década del veinte, además de reportar considerables ganancias a la economía insular. En el año 1930, entre temporales y pasajeros, casi 164 000 turistas visitaron La Habana, gastando cerca de 13 millones de dólares. Habría que esperar algo más de una década para que el turismo volviera a florecer en la isla, pero esa… será otra crónica.

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