Publicado: Mar, 16 Dic, 2014

El fracasado secuestro del pueblo colombiano

Dibujo La Habana. Los insurrectos dejan al descubierto su pretensión de no renunciar a la violencia para imponer sus fines

El reciente episodio de la captura, “retención” y liberación de un alto general del ejército, soldados y una civil colombianos a manos de las insurrectas FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), quizá como ningún otro ejemplo reciente, deja al descubierto lo que pretende representar este grupo insurrecto: el de un Estado, con todos los atributos que goza y ejerce el colombiano.

Ensayan disponer de igual legitimidad y los mismos derechos, mas no de las mismas responsabilidades que el Estado colombiano. Sin embargo, éste es fruto de la elección del soberano. El pueblo y sus representantes optaron por la república, y por sus autoridades, los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Todas estas jurisdicciones están a disposición del escrutinio público, de las elecciones periódicas de partidos organizados con programas de gobierno. Aspiran llegar al poder por métodos y vías pacíficos, a través de las urnas. Ante estas garantías y orden civilizado para emular con un programa político para la nación, no tiene ninguna justificación elegir la vía armada para pretender lograrlo. Descarnadamente, es la imposición de una minoría ínfima, armada y agresiva, sobre una enorme mayoría pacífica y arrollando la paz nacional y regional.

Las FARC son ese pequeño grupo. Desde hace mucho se impusieron en el escenario colombiano mediante la más brutal violencia. El resultado ha sido una enorme cuota de víctimas mortales, desplazados y destrucción de la economía en un país que afirman querer mejorar. Nadie los eligió. No se disponen al escrutinio público, no rinden cuentas, no aceptan ni responden ante la justicia por sus continuas ilegalidades y violencias. Han actuado sin responsabilidad, como facinerosos, protegiendo y lucrando de la producción y tráfico de la droga. ¿Cómo pueden considerar seriamente que son un interlocutor respetable y con legitimidad, una institución responsable?

Independientemente de lo convulso, inestable o injusto que pudo ser el proceso legal y electoral hace más de cincuenta años en Colombia, transcurrían en una medía regional de un continente que no estaba ajeno al contradictorio embate inicial de la Guerra Fría. Sin embargo, aun así, ya estaban establecidas las bases para la vía de elección soberana, para todos, mas no para que un pequeño grupo armado se impusiera sobre la mayoría nacional.

Ante este escenario, resulta meritorio lo que han podido impedir el pueblo y Estado colombianos. En más de 50 años, y pese al estrago de una guerra civil tan extendida y atroz para la población, con el extra del desmesurado poder que en un momento dado llegaran a alcanzar las mafias narcotraficantes, ese país supo mantener el rumbo, venciendo los factores de desestabilización y el peligro de degradarse a un Estado fallido.

En Cuba tuvimos otra amarga experiencia. El pueblo apoyó o fue indiferente a la marcha hacia el poder de un diminuto cuerpo armado, alzado contra los poderes del Estado. Pese a la interrupción de la institucionalidad por un incruento golpe militar en 1952, cubanos responsables intentaron llegar a un pacto civil nacional que impidiera una situación bélica incontrolable. Además, se efectuaron dos procesos eleccionarios generales, uno de ellos con más del 50% del patrón registrado y con más del 90% de los colegios electorales funcionando normalmente (1). Mas todo fue inútil ante la violencia armada.

El aventurerismo y la utopía triunfaron en el imaginario popular de los cubanos. Consideraron como salvadores y verdaderos defensores del pueblo a un puñado de aventureros. Y otra vez con entusiasmo y mayoritaria indiferencia, de inmediato anularon todos los poderes que trabajosamente se constituyeran en la hasta entonces corta vida republicana. Y la población presente y futura quedó sin salvaguarda ante un desenfrenado capricho totalitario. Aun lo estamos pagando.

El pueblo y el Estado colombianos han luchado denodadamente para que algo semejante no ocurriera en su país. La paz que ahora se quiere alcanzar con los beligerantes se puede lograr, más que por otras razones, debido a esa entereza y decisión de la nación de no dejarse imponer una agenda política por la violencia y la coacción. Esa voluntad es la que forzó sentarse a pactar a este grupo armado, no el convencimiento de que la violencia no es la vía de imponer su criterio. La prueba final la aporta este último plagio.

Nota:

Fuente: Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa-Calpe, Suplemento 1953-1954, página 780.

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